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México D.F., a 27 de junio de 2009 | 11:43 PM

Martín Casillas de Alba
La guía del espectador
26 de junio de 2009
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Las variables que hacen del Sueño de una noche de verano una obra de arte tan disfrutable y memorable son varias, siendo la principal el hecho de que desaparece la frontera entre la realidad y la fantasía, y por eso vemos con toda naturalidad al legendario Teseo, duque de Atenas, preparando su boda con Hipólita, la reina de las Amazonas, a quien había raptado y ahora intenta tratarla bien y con delicadeza, como si se tratara de una verdadera dama. Luego están las dos parejas de enamorados que sufren de los avatares de la magia en el bosque y, con toda facilidad, se aman y se dejan de amar.

Como espejo del poderoso duque e Hipólita está Oberon, el rey de las hadas, quien aprovecha los artilugios mágicos —la flor del “pensamiento”— para garantizarnos un final feliz, enfrentando primero a su esposa Titania, la bella reina de la noche que nos explica por qué el caos de la naturaleza se debe a que ellos dos se enojan, sólo para que nos enteremos del poder que tienen.

Luego está Puck, el lugarteniente de Oberon, el duende que asusta a las doncellas por la noche, hace que la leche se descreme, impide que cuaje la mantequilla y que se fermente la cerveza y, a un lado de todos estos personajes, estamos nosotros y los artesanos: Peter Quince el carpintero, Nick Bottom el tejedor; Francis Flute, el remienda fuelles, Tom Scout el soldador, Sung el ebanista y Starveling, el sastre y todos ellos, emocionados, se preparan para poner la trágica pero divertida historia de Tisbe y Príamo, una obra que podría ser parte del entretenimiento en la boda de Teseo.

Bodas, sueños, magia, dioses y las pequeñas hadas que nos atienden como lo que son: Chicharín, Telaraña, Polilla y Mostaza que sirven a Bottom, el invitado de la reina Titania en esa noche de verano, un tejedor con cabeza de burro, para que mejor me entiendan, parte importante de los sucesos en esta obra concebida y escrita por Shakespeare en 1596 para celebrar la boda de Elizabeth Carey, sobrina de su patrón, Lord Chamberlain.

Este fin de semana, sacada de la manga de los sueños de Juliana Faesler la pone en escena en la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM hasta el 28 de junio para celebrar el aniversario número 200 del nacimiento de Félix Mendelssohn-Bartholdy (1809-1847) quien compuso la Obertura de Sueño de una noche de verano cuando tenía 17 años, después de haberla leído varias veces, inspirado porque encontró que era una “gran obra maestra romántica”.

Qué bueno que podremos disfrutar esta obra de Shakespeare que gira alrededor de la música de Mendelssohn con los músicos en escena, la dirección musical de José Luis Castillo y unos bailarines con la coreografía de Alberto de León, en una producción que será una buena sorpresa.

Pero el Sueño por sí solo —como obra maestra— aguanta y resiste cualquier versión, pues Shakespeare tomó de la madeja sólo dos de sus hilos: los juegos del amor y los sueños y con eso tejió un gran manto que nos cubre desde hace años —con todo y sus estrellas como las tiene el manto oscuro de la noche—, para que soñemos como lo hizo Bottom, entre los brazos de la reina de las hadas o nos casemos con la marcha nupcial después de haber pisado fondo y de haber sacado de ahí, lo que teníamos guardado para seguir adelante en la vida, que es más extraordinaria que las hadas y, como buenos espectadores, salir preguntándonos si lo que vimos fue un sueño o una ilusión, pues, al final de la obra también los actores se despiertan y también les cuesta trabajo reconocer lo que pasó, como nos pasa a nosotros cuando vemos al atardecer algo que parece una montaña y no es otra cosa que unas nubes gordas y oscuras, como las vemos en los sueños.

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