Nunca he tenido una buena relación como lector con Julio Cortázar porque, cuando siendo adolescente descubrí sus perfectos libros tempranos, corrí a comprar los más recientes y me pareció que era un autor que se había vendido.Que la claudicación de su espíritu crítico haya caído a la izquierda nunca quitó que me incomodara el hecho de que el autor de Rayuela no sólo le haya entregado a los regímenes nacional revolucionarios americanos su tiempo político, sino también su pluma. Algo se descompuso en su imaginación y escritura a partir de mediados de los setenta y nunca se lo pude perdonar. Si García Márquez, que fue también un militante durísimo, nunca le vendió su médula creativa a un partido político, ¿por qué Cortázar sí? Soy de una generación inmune a la ética sartreana y siempre he pensado que los deberes civiles y los profesionales están en lugares distintos del cerebro. Si nunca he creído que un escritor tenga compromisos más altos o más bajos que un abogado o un carpintero y me da lo mismo el partido por el que vota mi dentista, me siento más cómodo cuando el escritor al que estoy leyendo no trata de indoctrinarme. Todo lo anterior, por supuesto, no implica que haya descartado al Gran Cronopio: al contrario, lo he leído con un ahínco de santo peleonero y creo que fui el primer mexicano que compró sus Papeles inesperados, el que más veces pateó rabiosamente el volumen por su habitación y tal vez el único que ha encontrado tramos que ameritan el grito de “Maestro, maestro” —bastante incómodo porque suele brotar de las exaltaciones propias sólo de la madrugada—. Esto implica que de entrada no suscribo la posición general en los suplementos culturales latinoamericanos, según la cual los materiales que componen los Papeles inesperados son tan secundarios que al final no dan un libro, sino un negocio. Cuando un autor tiene suficiente jerarquía, hasta los postits cuentan. Y no es sólo que haya ahí algún cuento estupendo o una buena dosis de crónicas periodísticas memorables. De los Papeles inesperados brota un dato que finalmente cierra mi duelo y me permite concederle a Cortázar la partida y hasta el reino —sin implicar, por supuesto, que necesitara de mi ridícula bendición crítica—. Como los editores decidieron publicarlo absolutamente todo en el libro, incluyeron también las actas y reportes que Cortázar escribió trabajando en defensa de los Derechos Humanos. Esos papeles, agrupados bajo el apartado de “Circunstancias”, justifican de manera transparente la repentina desintegración de la escritura cortazariana hacia el final de su vida. En febrero de 1975 se reunió en la ciudad de México una Comisión Internacional de Investigación de los Crímenes de la Junta Militar en Chile en la que el autor participó —al igual que hizo posteriormente en el Tribunal Russell y en la Fundación HABEAS—, revisando expedientes que contenían testimonios sobre los inverosímiles métodos de tortura utilizados por los militares argentinos y chilenos. Lo que Cortázar leyó en esos expedientes es a su juicio simplemente indecible. Cito rapidito un solo ejemplo de los pocos que él utiliza para justificar su discreción: aplicarle la picana a un niño enfrente de sus padres —no queda claro, nunca podrá quedar claro, por qué—. ¿Quién que pase dos o tres años de su vida leyendo esos expedientes puede volver a escribir como antes? Es a la luz que dan estos documentos tan inhóspitos que se debe releer la última etapa de la escritura cortazariana: me parece —y hay teoría académica al respecto, pero tiende a ser ilegible— que ninguna gramática puede quedar salvada después de haber sido expuesta a eso. Si escribir ficción es siempre moralizar críticamente a través de la reformulación del lenguaje a su nivel atómico, una escritura que experimentó la lectura de los expedientes sudamericanos tiene que registrar necesariamente ese estar quebrado, roto, descompuesto. Si no, es inmoral. |