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México D.F., a 29 de julio de 2009 | 9:34 AM

Álvaro Enrigue
Cortázar quebrado
25 de junio de 2009
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Nunca he tenido una buena relación como lector con Julio Cortázar porque, cuando siendo adolescente descubrí sus perfectos libros tempranos, corrí a comprar los más recientes y me pareció que era un autor que se había vendido.

Que la claudicación de su espíritu crítico haya caído a la izquierda nunca quitó que me incomodara el hecho de que el autor de Rayuela no sólo le haya entregado a los regímenes nacional revolucionarios americanos su tiempo político, sino también su pluma. Algo se descompuso en su imaginación y escritura a partir de mediados de los setenta y nunca se lo pude perdonar. Si García Márquez, que fue también un militante durísimo, nunca le vendió su médula creativa a un partido político, ¿por qué Cortázar sí?

Soy de una generación inmune a la ética sartreana y siempre he pensado que los deberes civiles y los profesionales están en lugares distintos del cerebro. Si nunca he creído que un escritor tenga compromisos más altos o más bajos que un abogado o un carpintero y me da lo mismo el partido por el que vota mi dentista, me siento más cómodo cuando el escritor al que estoy leyendo no trata de indoctrinarme.

Todo lo anterior, por supuesto, no implica que haya descartado al Gran Cronopio: al contrario, lo he leído con un ahínco de santo peleonero y creo que fui el primer mexicano que compró sus Papeles inesperados, el que más veces pateó rabiosamente el volumen por su habitación y tal vez el único que ha encontrado tramos que ameritan el grito de “Maestro, maestro” —bastante incómodo porque suele brotar de las exaltaciones propias sólo de la madrugada—.

Esto implica que de entrada no suscribo la posición general en los suplementos culturales latinoamericanos, según la cual los materiales que componen los Papeles inesperados son tan secundarios que al final no dan un libro, sino un negocio. Cuando un autor tiene suficiente jerarquía, hasta los postits cuentan.

Y no es sólo que haya ahí algún cuento estupendo o una buena dosis de crónicas periodísticas memorables. De los Papeles inesperados brota un dato que finalmente cierra mi duelo y me permite concederle a Cortázar la partida y hasta el reino —sin implicar, por supuesto, que necesitara de mi ridícula bendición crítica—.

Como los editores decidieron publicarlo absolutamente todo en el libro, incluyeron también las actas y reportes que Cortázar escribió trabajando en defensa de los Derechos Humanos. Esos papeles, agrupados bajo el apartado de “Circunstancias”, justifican de manera transparente la repentina desintegración de la escritura cortazariana hacia el final de su vida.

En febrero de 1975 se reunió en la ciudad de México una Comisión Internacional de Investigación de los Crímenes de la Junta Militar en Chile en la que el autor participó —al igual que hizo posteriormente en el Tribunal Russell y en la Fundación HABEAS—, revisando expedientes que contenían testimonios sobre los inverosímiles métodos de tortura utilizados por los militares argentinos y chilenos. Lo que Cortázar leyó en esos expedientes es a su juicio simplemente indecible. Cito rapidito un solo ejemplo de los pocos que él utiliza para justificar su discreción: aplicarle la picana a un niño enfrente de sus padres —no queda claro, nunca podrá quedar claro, por qué—.

¿Quién que pase dos o tres años de su vida leyendo esos expedientes puede volver a escribir como antes? Es a la luz que dan estos documentos tan inhóspitos que se debe releer la última etapa de la escritura cortazariana: me parece —y hay teoría académica al respecto, pero tiende a ser ilegible— que ninguna gramática puede quedar salvada después de haber sido expuesta a eso. Si escribir ficción es siempre moralizar críticamente a través de la reformulación del lenguaje a su nivel atómico, una escritura que experimentó la lectura de los expedientes sudamericanos tiene que registrar necesariamente ese estar quebrado, roto, descompuesto. Si no, es inmoral.

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Comentarios 1-20
valmiller
2009-07-29|09:30
Naucalpan
Aunque simpatizo con el autor de La muerte de un instalador, no comparto su opinión sobre Julio Cortázar por la siguiente razón: El hecho de que Julio Cortázar eligiera una opción política (en su caso, la izquierda) por sus convicciones no es ningún pecado ni significa que se venda, ya decía César Vallejo "El artista es, inevitablemente, un sujeto político. Su neutralidad, su carencia de sensibilidad política probaría chatura espiritual, mediocridad humana". Es como si criticaramos una elección por sí misma, aunque fuere equivocada.
latigonegro
2009-06-25|15:38
DF
Para Álvaro Enrigue y Marianaddhh. A propósito de endoctrinar o indoctrinar, llegó a mis manos el libro de René Avilés Fabila, El amor intangible. Y pues ¿qué podría decir del libro? Honestamente, creo que no aporta nada y presume mucho. Hasta el autor mismo es un personaje del libro que se codea con otros intelectuales mexicanos. Pero lo que resulta patético es cuando intenta indoctrinar y arremete contra López Obrador y el PRD. Ese fragmento del libro está escrito en el mismo tono que los artículos que publica en la revista Siempre. No, no se trata de simpatizar o no con el mentado López Obrador, sino que, precisamente, como dice el maestro Álvaro Enrigue, “me siento más cómodo cuando el escritor al que estoy leyendo no trata de indoctrinarme.” Saludos y gracias por el buen artículo sobre Cortázar.
Marianaddhh
2009-06-25|12:42
D.F.
Sé que como escritor, Álvaro Enrigue no busca endoctrinar (¿¿indoctrinar??) a sus lectores como él menciona en su artículo, pero tal vez en esta ocasión podemos leer su columna como eso, un artículo de opinión y no una de sus obras literarias. Se agradece este tipo de colaboraciones donde la literatura (o el periodismo en este caso) y la denuncia y defensa de los derechos humanos se cruzan. No conocía esta faceta de Cortázar y agradezco al Maestro Enrigue (porque fue mi maestro de narrativa latinoamericana II) por compartirnos este descubrimiento.
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