Los cuerpos y la Villa espectaculares. Mujeres de piernas largas, piel joven y expuesta. Rostros ocultos, salvo el del personaje que escandaliza: Berlusconi. Por ahí el cuerpo desnudo, excitado, de un hombre de rostro tampoco reconocible. Él se identificará después: M. Topolanek, ex primer ministro checo —declaró que lo habían photoshopeado; curiosa defensa de alguien que visualmente, por lo menos, no salía tan mal parado.Así amaneció el 5 de junio el diario español El País: con la publicación en exclusiva de las fotografías que mostraban a Berlusconi, controvertido primer ministro italiano, rodeado de mujeres jóvenes, en Villa Certosa, su residencia privada. El titular del diario ya decía mucho (“Las fotografías que Berlusconi no quiere que vean los italianos”), y en su versión en línea, algunas de estas imágenes fueron vistas casi 4 millones de veces. ¡Vaya rating! Soy lectora asidua de El País, desde hace muchísimos años. Me parece un diario inteligente, que no oculta su PSOE-filia, con buenas plumas; que entiende que hay un mundo allá afuera. Pero, sobre todo, un diario que cuida: redacción, estilo, relación con sus lectores. Por ello, mi sorpresa inicial cuando vi las fotografías que exhibían a Berlusconi en lo que parecía una fiesta privada. Pensé que, con todo, el señor estaba en su derecho de pasar el tiempo libre, en su residencia privada, como mejor le viniera en gana. Luego otros elementos matizaban la situación: que si había usado aviones oficiales para el traslado a la Villa, que si solía tener relaciones con menores de edad, etcétera, etcétera, etcétera. La defensora del lector de El País, Milagros Pérez Oliva, tomó el tema; muchos lectores se manifestaron no sólo sorprendidos, sino incluso molestos: esperaban de ese periódico que no cayera en la trampa amarillista. Eran fotos, así se decía, para otro tipo de publicaciones. Pérez Oliva concluye, en su reflexión que justifica la publicación de las imágenes: “Lo fundamental es que las fotografías tienen valor informativo, no sólo porque han sido objeto de una acción judicial destinada a restringir el derecho a la información, sino porque además son relevantes para un debate que se había situado en el centro mismo de la esfera pública italiana”. Lo de Berlusconi, entonces, no era sólo una fiesta privada, sino una muestra más del abuso de autoridad, tráfico de influencia y cinismo de un personaje que acomoda las leyes a su peculiar interpretación de la realidad. El País me dio muestras de haber deliberado. México, 2009. La Suprema Corte de Justicia de la Nación emite criterios que limitan los derechos a la privacidad y al honor de los funcionarios públicos y los políticos (entre otros). En aras de defender la libertad de prensa y de expresión (a partir de un caso en Acámbaro), los ministros de la Corte arguyen que no se debe criminalizar ninguno de los eslabones que participan en la cadena de difusión de noticias y opiniones; que no hay que propiciar la autocensura, ni otras restricciones directas o indirectas a la libertad de expresión. Y que los asuntos de interés público deben difundirse. Aun cuando haya actos privados de por medio. Me gusta la resolución: soy partidaria de más libertades, no de menos; de diálogo civilizado, no de imposiciones; de entornos más horizontales, no de nostalgias verticales; de responsabilidad y rendición de cuentas, no de subterfugios enquistados. Como decía la defensora del lector de El País, si un acto o hecho privado tiene implicaciones públicas, no hay duda: debe darse a conocer. PERO… Siempre hay un pero; festejar un logro obliga a evidenciarlo. Para que la libertad de expresión se ejerza en beneficio de la sociedad deben confluir leyes que lo permitan, audiencias que lo exijan y medios que se responsabilicen. En México, me preocupan algunas partes de esta ecuación: por un lado, una sociedad más exigente, no sólo morbosa; y por el otro, medios de comunicación más profesionales: que verifiquen datos y fuentes, contextualicen, investiguen, menos revanchistas, activos no sólo reactivos, respetuosos, que debatan públicamente sus decisiones más controvertidas; y jueces con criterio. Hacer visible lo que es de interés público, bien. Ampliar espacios para la libertad de expresión, bien. Irresponsabilidad, vendettas, emboscadas mediáticas, no. Vivimos en una sociedad hiperexpuesta, que todo lo youtubea. Justo por eso debemos ser más exigentes: porque ejercer las libertades nos obliga a estar a la altura de ellas. No se trata sólo de tener permiso para balconear. Gabriela.Warkentin@gmail.com Defensora del televidente en Canal 22 |