La indignación que nos provoca el narcotráfico es cada vez un tema de conversación más común. Y repetimos hasta la saciedad frases como: !Qué espanto!, el gobierno no va a hacer nada, quién puede confiar en políticos así, tienen el país en sus manos, estamos atrapados... Porque el narco es, casi de forma oficial, nuestro tema escandaloso. Nuestro refugio social para contarnos lo mal que va el país, la impunidad del poder.Se ve en la televisión, se lee en la prensa, se escuchan anécdotas y nos contamos los unos a los otros, una y otra vez, horrorizados, los casos de violencia extrema que arrastra: los decapitados, los secuestros, la corrupción policial, el fracaso militar o las aventuras de los narcotraficantes. Que a veces incluso nos hacen sonreír porque parecen escenas de un cómic. O porque creemos que son el recurso de los valientes. Pero está bien. Es justo y necesario que nos escandalicemos constantemente. Porque lo que está ocurriendo en México en torno al narcotráfico es en verdad un escándalo: acción o situación que se considera intolerable y genera indignación (María Moliner). Un desastre. Aunque no sólo político, no sólo jerárquico. Sino también moral. Y tal vez deberíamos cuestionárnoslo desde un punto de vista mucho más honesto. Y pensar por qué la producción y la distribución de drogas están tan desvinculadas del discurso que habla de todo lo que (nos) está sucediendo. Cuestionarnos por qué razón nuestro discurso social sobre la droga no está respaldado por un discurso ético que no nos permita mantener una postura hipócrita sobre el narcotráfico. Los datos son de miedo: se calcula que por la frontera de México – Estados Unidos pasa un 40% de la heroína que se consume en el mundo, en la última lista de Forbes el narcotraficante Chapo Guzmán ocupaba el lugar número 17, el año pasado murieron en México miles (traten de imaginarlos: miles) de personas vinculadas al narco, se supone que trabajan para los cárteles de droga más de medio millón de mexicanos y que los narcos compran más armas que el ejército. Pero, aun así, a pesar de tener estos datos y de conocer la situación de extremo desamparo social que enfrenta el país, todos esto no son los elementos que usamos para construir ni el discurso ni el debate urgente sobre la legalización o la venta controlada de las drogas. Sino que cuando hablamos de droga, solemos hablar del drama de los adictos, de la desprotección a la que se enfrenta el país, de nuestro miedo, de cómo afecta la dependencia a quien la padece y a quien convive con ella, de la incompetencia de la clase política, de la corrupción policial. Cuando hablamos de la droga, hablamos de la exclusión social de los consumidores. Porque para nosotros la droga no es un problema ético, sino médico y político. Un tema que tiene que ver, sobre todo, con nosotros mismos: nuestra adicción, nuestra diversión, nuestro miedo. Y para hablar de ella dejamos de lado los niños que extraen opio de las amapolas porque sus manos son más delicadas, las familias que empacan droga para sacarla del país y que se convierten en adictos por el hecho de olerla a todas horas, de los miles de mexicanos que trabajan en las plantaciones en régimen casi de esclavitud, la estructura terriblemente jerárquica de los cárteles de droga y, sobre todo, la violencia que genera la terrible combinación de droga y poder. No la que aparece en la prensa. Sino la cotidiana, la silenciosa, la normal. Pero no nos importa: nos drogamos y basta. Y muchos de nosotros sabríamos dónde encontrar droga y cómo consumirla. Y es más: hemos normalizado la escena de alguien consumiendo y escandalizándose por las consecuencias de vivir en un país sitiado por el narco. Esta indignación es cada vez más común. Pero en verdad: ¿ podemos consumir y escandalizarnos? Y si no contéstense en silencio: ¿se han drogado alguna vez? ¿O acaso el desastroso impacto social de la producción y el consumo lo ha impedido? Quiero decir: ¿ha dejado usted de drogarse por razones éticas? |