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México D.F., a 20 de junio de 2009 | 11:43 PM

Martín Casillas de Alba
Los puritanos y la locura por amor
19 de junio de 2009
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Cada vez que pensamos en los puritanos, imaginamos a esos fanáticos calvinistas del XVI, rígidos en su manera de vivir que practicaban una moral rigurosa y pensaban que cualquier cosa que aparentemente era frívola podía ser pecado mortal y aquellos que lo disfrutaban, estaban condenados a los infiernos, tal como lo predicaban en Londres, asegurando que los que entraran al teatro El Globo, para disfrutar de los amores de Antonio con su Cleopatra o de Romeo con Julieta, cometían pecado mortal. Cuando tuvieron el poder en sus manos a partir de 1648 con Olivier Cromwell (1599-1658) a la cabeza, durante la primera guerra civil depuró al Parlamento y, al años siguiente, condenó a muerte al rey Carlos I, estableciendo el gobierno de la Commonwealth y ordenando que se quemaran todos —repito—, todos los teatros de Inglaterra.

Casi dos siglos después, Vincenzo Bellini (1801-1835), que había estudiado música en el conservatorio de Nápoles donde conoció a fondo las obras de Haydn, Mozart y Pergolesi, decidió salir de Italia, pasar un tiempo en Londres y, finalmente, establecerse en París donde se convirtió en el niño mimado de las artes escénicas parisinas y donde compuso su última obra, “I Puritani” (Los puritanos), estrenada en enero del 1835, ocho meses antes de morir, a los 34 años de edad.

Tal vez durante su estancia en Londres imaginó ese siglo XVII decadente y luego aprovechó para componer una historia de amor y de locura que se lleva a cabo entre las fuerzas antagónicas de los puritanos como el padre de Elvira y su amante que defendía la monarquía de los Estuardo. Se trata de una ópera donde Bellini enfatiza el carácter melódico y rebosante de una pasión romántica compuesta con gran sensibilidad.

La versión de esta obra interpretada por Anna Netrebko como parte del reparto de la Metropolitan Opera House, será presentada mañana sábado a las 12:00 horas en la gran pantalla de HD del Auditorio Nacional —en una versión pregrabada— y con la misma calidad de esas otras que vimos el año pasado en vivo y en directo.

El compositor siciliano murió joven y su trayectoria, trágicamente efímera, fue un modelo de las obras románticas de esa primera parte del siglo XIX, en donde la personalidad del compositor la expresaba con pasión, exaltación y con una melancolía ciertamente pesimista.

Cuando Bellini vivió en Paris iba al salón de la princesa Cristina Belgiojoso donde hizo amistad con el poeta Heine y con los músicos Chopin y Rossini, quien siempre se mostró generoso con el joven siciliano y le encargó esta obra para la Ópera Italiana. En ella, la joven Elvira pierde la razón cuando su padre trata de casarla con Ricardo el puritano y no con su amante Lord Arturo Talbot. En esa escena de su locura, el pivote del drama, fue interpretada en 1835 por la gran cantante Guilia Grisi provocando gritos y susurros en el público y, para acabarla de gozar, hubo aplausos hasta el cansancio para el dúo heroico de Ricardo y el tío Giorgio cuando cantan “Suoni la tromba” (Suenan las trompetas), el símbolo de la lucha patriótica que luego sirvió como modelo para un ciclo de variaciones compuestas por los artistas que iban a la casa de la princesa Belgiojoso, como fueron Liszt y Chopin que compusieron unas paráfrasis entrañables de aquello que había compuesto el joven Bellini.

Arturo, partidario de los Estuardo vive en pleno puritanismo y durante los preparativos de la boda realiza sus actos políticos para ser descubierto y ser acusado de infidelidad y traición. Elvira pierde la razón y no la recupera hasta que todo vuelve a la cordura con un final feliz, tal como lo adaptó Carlo Pepoli tomado de la novela Tétes rondes et cavaliers de Jacques Ancelot y Boniface Saintine. La bella soprano, Anna Netrebko nos vuelve a conmover desde el foro del MET allá en Nueva York.

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