Me acusaron de misógino, de moralino, de intolerante, de prejuicioso. Y no me importó. Perseveré en el sarcasmo, es decir en el ataque.Desesperado, llegué incluso a esgrimir el argumento mercadológico, que a decir verdad me importaba mucho menos que el moral pero que juzgué, por un momento, más eficaz: “A lo mejor la chica es un genio de la política”, argumenté, “o tiene una sensibilidad justiciera a la altura de Gandhi, aun pese a lo que las apariencias a todas luces indican. El problema es que, para el segmento del electorado que podría votar por ustedes, resulta repelente. A L., que fue quien puso el tema en la mesa, le repele. A A., que tomó la palabra después, le repele. Y conmigo ya somos tres. ¿De verdad les resulta rentable asociar su imagen con semejante engendro?” El contexto, en efecto, era una conversación con dirigentes de un partido político. La convocatoria era a escritores, a los que se nos invitaba a cenar para conocer nuestras preocupaciones y propuestas en materia cultural. Muy amables. Y, por si fuera poco, muy cercana su agenda partidista a varios temas que me interesan de manera particular y respecto a los cuales han alcanzado logros legislativos notables. Por eso acudí. Y porque la idea de que un partido se ocupe de recabar opiniones de la comunidad literaria a fin de integrar una propuesta legislativa en materia de cultura me parece increíble de tan feliz. Se habló de muchas cosas, acaso todas previsibles pero la mayoría de ella urgentes. De la preocupante vaguedad del diseño institucional de Conaculta. De los sindicatos del INBA y del INAH y de su capacidad infinita (y sobre todo, ilimitada) para absorber recursos que buena falta harían para la producción cultural. De la necesidad de incentivos fiscales para fomentar no sólo la participación de las grandes empresas en cultura sino también la proliferación de microempresas culturales eventualmente autosustentables. Bordábamos ya la grilla literaria —alguien pronunció en la misma frase las palabras Aguascalientes y Sicilia y, no, aunque el tema fueran las mafias, no se refería precisamente a la Camorra— y, con ella, la anticipación de la despedida, cuando L., oportuna, aprovechó su última intervención para proferir un reclamo: ¿por qué en algunos espectaculares del partido había aparecido la imagen de cierta figuranta televisiva, conocida no por sus habilidades actorales, musicales, dancísticas o periodísticas sino por su participación remota —¿o quiso decir re mota?— en un reality show particularmente insulso?, ¿y por qué el partido había coqueteado con la posibilidad de postular a dicho personaje para una diputación federal? Afortunado, sin duda, que hubieran renunciado a tiempo a semejante posibilidad pero ¿cómo pudo habérseles ocurrido? Los dirigentes tan decentes (no hay aquí ironía: en verdad me lo parecen) adujeron que la interfecta se había enfrentado al estatuto de madre soltera en una ciudad hiperconservadora y que se había acercado al partido, en tanto mera ciudadana, a fin sumarse a sus esfuerzos progresistas. En una de ésas hasta decían la verdad. Una candidata del partido (una mujer respetada y respetable pero además, como se verá, hábil) me acusó de elitismo, sexismo y gazmoñería: que si la rechazaba yo porque se dedicaba a la farándula y porque se dejaba fotografiar desnuda, que si ellos le habían permitido el ingreso porque, al fin y al cabo, una de sus principales banderas es la no discriminación. Aquella noche estaba yo ya demasiado cansado para rebatirle pero hoy, con las ideas más claras, me lo permito. Si Madonna, farandulera y proclive al encuere como es, fuera mexicana, nada me parecería más pertinente que candidatearla a una curul: primer argumento refutado. Y, claro, me parece perfecto que católicos, judíos, musulmanes, ateos, hombres, mujeres, heterosexuales, homosexuales, bisexuales, transexuales, indígenas, mestizos, blancos, negros, discapacitados y superdotados nos representen en el Congreso: segundo argumento desmontado. Hay una discriminación, sin embargo, que no sólo me permito sino cuya bandera enarbolo orondo: contra quienes nada piensan y nada dicen y nada representan, contra quienes sólo ven en la política una ventana de exposición y lucran con la desesperación electoral de los partidos. Así, recuerdo la consigna de la Francia ocupada de Vichy: “¡Muerte a los pendejos!”. Y, como a De Gaulle, ante ella no puede ocurrírseme más deseable programa. |