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México D.F., a 19 de junio de 2009 | 11:43 PM

Juan José Rodríguez
El ladrón del shendo
18 de junio de 2009
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Ha muerto en el lejano Oriente David Carradine y su leyenda prevalece. El místico solitario, el memorioso Funes de la sabiduría oriental que nos diera una visión inédita del western televisivo, hoy camina por los secretos espacios del Tao.

David Carradine y su emblemática serie “Kung Fu” han sido apreciados por diversas generaciones gracias a las retransmisiones, la pluralidad de canales y la actual facilidad de adquirir series completas. Los más jóvenes lo ubican por “Kil Bill”; aquellos que son demasiados jóvenes para morir pero ya algo gastados para el rocanrol lo invocan con la misma nostalgia que despiertan los libros de Lobsang Rampa, el periodo oriental de Los Beatles, las escenas de Vietnam en el noticiero y las coreografías voladoras de Bruce Lee.

Yo de niño vi varios episodios y me parecieron bastante tediosos e incomprensibles. El hecho de que “Los Polivoces” se burlaran del programa tampoco añadía gran mérito ante mi criterio de cinco años.

Me costó trabajo entender que el programa se basaba en la estrategia del flash back. En busca de la China perdida entre los bosques y desiertos del suroeste gringo. Parafraseando a Borges, a esa vasta migración también debemos la línea del ferrocarril unida por un clavo de oro; el chop suey; la película “Chinatown” y una sociedad que defendió su identidad sin necesidad de alzar murallas físicas.

Cada vez que Kwai Chang Caine necesitaba darle un catorrazo a un forajido le sobrevenía el inevitable recuerdo del maestro Po, quien en su claustro constelado de velas, le explicaba al Pequeño Saltamontes la necesidad de no desear las cosas para que éstas llegaran por sí mismas… Luego de esa inoportuna interrupción, sobrevenía la escena donde ponía fuera de combate a Harrison Ford o defendía el derecho de José Feliciano a tocar su guitarra a media calle (ambos figuraron en “Kung Fu” a su propio momento). Claro que entonces yo prefería unos programas con más acción —e incluso verdaderamente infantiles— que se llamaban “El túnel del tiempo”, “Viaje al fondo del mar” o “Perdidos en el espacio”, pero llegó un momento en el que entendí el asunto al presenciar un episodio fundamental, aquel que profundizaba en el motivo por el cual Caine había huido de China y buscaba a su hermano: El ladrón del Shendo.

Dicho capítulo transcurría totalmente en la China profunda y veíamos cómo el joven Caine se involucraba con una princesa fugitiva y terminaba en una batalla de reinos combatientes. El inicio era impactante: un anciano montañés aparecía ante el templo Shao Lin exigiendo ver al maestro Po para solicitar ayuda ante una conjura militar en la región. Dos jóvenes monjes trataban de impedírselo y para sorpresa de todos, el viejo de larga cabellera los dejaba fuera de combate… Po lo reconocía como un antiguo amigo suyo y ponía a su disposición un ejército, su Shao Lins para resolver la amenaza. Para mayor azoro, el único ejército que solicitaba el intruso era el propio Maestro Po, el cual accede halagado a ir a combatir con él, acompañado tan sólo por su Pequeño Saltamontes.

Al recordar al Maestro Po, ciego y derribando a jinetes con su báculo y adivinando sus movimientos, me pregunto si no habrá sacado de ahí George Lucas la idea de presentar a Yoda como un ser frágil y sabio, capaz de hacer gala de fuerza física a la hora de la verdad. El final de este episodio, donde todos los shao lin morían a excepción de Caine que escapaba a California, parece prefigurar un poco el futuro aniquilamiento de los guerreros Jedi, además del retiro de Obi Wan al desierto y sus posteriores apariciones místicas.

Carradine-Caine ha fallecido en Bangkok y ya corren los rumores sobre si las causas fueron la práctica de una sexualidad bizarra o si cayó víctima de una secta secreta del Kung Fu, algo dicho en su momento de Bruce Lee. Esos detalles los dejaremos a quienes vean al morbo como un tao: nosotros nos quedamos con el rastro de sus huellas en la arena mientras los sensacionalistas escuchan el aplauso de una sola mano… Como decía John Ford: cuando tengamos que elegir entre la verdad y la leyenda, elijamos la segunda. Y la leyenda continúa.

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