Tengo presentes los rostros de los amigos, los vecinos, los conocidos, mis padres: caravana de preocupados, desencajados, que no se atrevían a ver lejos porque allá estaba lo peor. (Tenían razón.) Hablo de 1995, 1996. Afortunadamente era joven, o más joven que esos a los que me refiero. Y dos pilares hacen fuertes a los que creen que tienen todo por delante —ambos derivados de la juventud—: la esperanza y la redención que, se cree, está contenida en la idea de revelarse un día de estos. En medio de aquel golpazo me imaginaba el nacimiento de una nueva clase de mexicanos. Eso me daba aliento. La crisis de 1982 estaba lejos y desdibujada. Pensaba, también, con borrones.Reflexiono lo anterior mientras mido los efectos de la crisis económica que azota al país. Los analistas calculan que este segundo trimestre la caída del PIB rondará 10%. Carajo. A veces me arrepiento de ese otro que fui, y quisiera desconocerlo. Tan pasivo, tan ilusionado. Hace 12, 15 años pensaba que el cambio había empezado y era imparable. Soñaba con darle vuelta a la página y gritar un México nuevo, uno que no estuviera secuestrado por unos cuantos. Qué iluso. Ya ven: estamos otra vez en la vorágine. Mis abuelos vivieron en crisis, mis padres vivieron en crisis, mis hermanos mayores no se diga. Y yo. Como usted. Una y otra vez, la crisis. Ni un solo respiro: generaciones completitas al tobogán. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cuáles opciones tenemos? Haga a un lado estas elecciones. Salga y vote si quiere, y si no quiere, quédese en casa. Pero, ¿qué vamos a hacer? La pregunta no es un tiro al infinito. No me refiero, y entiéndaseme por favor, a un abstracto. Escribo de casos y eventos concretos. ¿Qué hacemos con Elba Esther Gordillo, con Diego Fernández de Cevallos, con Carlos Salinas de Gortari y con todo lo que estos y otros personajes representan? ¿Cómo desterramos a los vetustos que manejan los sindicatos? ¿De qué manera abrimos los partidos a la razón? ¿Cómo renovamos a la clase política, si los nuevos y los viejos ya son lo mismo? Partido Verde mis polainas. PAN, PRI, PRD, PT, el Panal de los muchos zánganos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo retomamos la idea de una nación menos egoísta que vea hacia los pobres, que rompa con los monopolios y las inercias que siguen instaladas en las altas esferas (que ya ni disimulan que lo tienen todo)? Mi padre votó por el PRI. Mis tíos, por la izquierda. Mi madre tuvo claro que votar era un acto en solitario y recomendó (sólo eso) que, excluidos por pertenecer a una religión minoritaria, no lo hiciéramos por el PAN. Yo he votado sin falta desde que tengo 18 años. Hicimos muchas veces lo que nos llamó el deber. ¿Qué vamos a hacer ahora, amigos? Durante la semana pasada, leí que varios advirtieron a quienes han decidido no votar o anular su sufragio que “deberán abstenerse de opinar, criticar, señalar o auditar a los gobiernos que salgan de esa elección”. Caray, qué manera de confirmar sus aspiraciones dictatoriales. El mundo que plantean es justamente el que me separa de ellos como ciudadano: Que debo aportar dinero, vía impuestos, a sus ejercicios de partidocracia; que debo comerme enterita su torta hedionda, en la que no caben candidatos de la sociedad civil; que no debo auditarlos, dicen, ni aspirar a medir sus aciertos o desaciertos. Pues malas noticias: votemos o no, lo vamos a seguir haciendo. No hay mexicanos de segunda. Que si no votamos, no podemos opinar, criticar, señalar o auditar a los gobiernos que salgan del 5 de julio. Ajá. Ese es un sello de la mezquindad: los que no son parte de la partidocracia cada tres años, que se vayan. Ese es un principio del fascismo. Pues no tenemos otro país, ¿qué tal si comparten el que tienen secuestrado? Otra vez en crisis económica. ¿Qué no se suponía que eran cosa del pasado? Que si ésta nos llegó de afuera. Sí, cómo no. Nos hundimos más que ningún país de la región, y no hay manera de maquillarlo. Tengo frente a mí los rostros de los amigos, los vecinos, los conocidos, mis padres: caravana de preocupados, desencajados, que no se atreven a ver muy lejos porque allá está peor. No hablo de 1995, 1996. Hablo de 2009, de usted, de mí. ¿Qué vamos a hacer, amigos? No quiero avergonzarme mañana del hombre que soy mientras escribo estas líneas. Periodista, escritor |