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México D.F., a 11 de junio de 2009 | 11:43 PM

Álvaro Enrigue
El último
11 de junio de 2009
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Alejandro Rossi no sólo fue el solitario mejor prosista de toda la lengua en sus últimos años; con su muerte se selló, para siempre y para nuestro desvelo, la mejor tradición de la escritura hispánica en esa cosa un poco más larga y un poco más corta de 100 años que fue el siglo XX.

Algunos libros son como los teléfonos celulares o los cajeros automáticos: una vez que aparecen en las librerías generan el efecto de haber estado siempre a nuestro alcance y no nos explicamos cómo es que anduvimos por ahí tantos años sin ellos. En el pasado reciente se publicaron de manera muy cercana en el tiempo el Borges de Adolfo Bioy Casares —lo más cercano que vamos a tener a unas memorias del escritor argentino— y Edén, de Alejandro Rossi, un libro en el que la línea divisoria entre autobiografía, ensayo y ficción era tan discreta que había que bajar las defensas y reconocer que se estaba frente a un relato que lo abarcaba todo.

Cuando se publicaron Borges y Edén, no tuve la sensatez de notar que los enormes flujos de opiniones que produjeron en la República de las Letras eran el síntoma de un temor santo: la aparición de ambos volúmenes representaba el final de una manera completa de escribir.

La estirpe de prosistas de vientos clásicos que emanó de la extraña mezcla del modernismo tardío con las vanguardias hispánicas incluye por supuesto a Borges, pero ocupa una gaveta más amplia: suma libros todavía formalmente enigmáticos como Las armas extrañas , de Lugones, El águila y la serpiente, de Martín Luis Guzmán o Las memorias de mamá Blanca, de Teresa de la Parra; a prosistas de claridad meridional y agudeza gentil como José Ortega y Gasset, Alfonso Reyes u Octavio Paz —mi formación me hace tender, naturalmente, a engordar la lista de mexicanos. Todos fueron autores que, por primera vez en la historia del castellano, cultivaron la prosa como un valor en sí mismo y no como un mal necesario para quien expresa ideas que no se pueden desplegar en un poema.

Tengo la impresión de que esta sucesión de autores que terminó por establecer relaciones casi esotéricas con el arte de alzar un párrafo tuvo a su último genial avatar en Alejandro Rossi. Su amor por la transparencia, por la organización vertical del relato y el ejercicio de la inteligencia hasta sus consecuencias más crueles, tal vez ya sean irrepetibles en el mundo de gramática múltiple y sintaxis atomizada a que nos sujeta la condición tan dispersa de internautas televidentes.

Cuando conocí a Rossi mi respeto casi sagrado por su escritura cristalizó en un uso tradicional de la lengua: nos hablábamos de usted. Durante un periodo que terminó alargándose por varios años lo visté cada que mi trabajo como editor me permitía tomarme una tarde y, cuando no, él me llamaba por teléfono a mi oficina en el Fondo o la redacción de Letras Libres, siempre un poco de malas por alguna burrada que hubiera dicho yo o algún amigo común en un artículo en no importaba qué revista tan remota. Después de las cortesías de rutina se arrancaba con un “Oiga Álvaro” que implicaba la revisión minuciosa y extenuante del pretexto para la llamada y luego se seguía con todo lo demás de lo que puedan conversar dos personas en un buen par de horas.

Un día un colega que lo conocía desde hacía más tiempo que yo se sumó a alguna de las visitas a su casa de y resultó que se tuteaban. Tanto Rossi como yo cambiamos al uso informal para sobrevivir a la entrevista.

Al día siguiente sonó mi extensión de la oficina a las 10 de la mañana en punto. “Oye Álvaro” me dijo la voz por primera y única vez un poco insegura de Alejandro. La hora era inusual porque por entonces ya hacía su terapia en las mañanas. “Dígame, Alejandro”, le respondí, y escuché como bufaba de alivio. “¿Entonces nos seguimos hablando de usted?”, me preguntó. Le respondí que así me sentía más cómodo. “Carajo, qué bien —me dijo— es que ya casi no quedan caballeros”. Ahora sí ya no quedan caballeros.

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