Las personas secuestradas son abandonadas a su suerte por parte de las autoridades, quedando sin castigo los culpables y rara vez se les brinda ayuda médica, sicológica o monetaria. Exigen justicia e implementar mecanismos que les resarzan los daños
La semana pasada se llevó a cabo en Medellín, Colombia, el quinto Congreso de Víctimas del Terrorismo. El evento contó con la presencia de los príncipes de Asturias, así como de los presidentes de México y Colombia.A lo largo de cinco años este espacio ha tratado de darles voz, de darles rostro a las víctimas, sacándolas del anonimato y del olvido en el que están, para brindarles la oportunidad de expresar su dolor y compartir con otros lo que han hecho para salir adelante. Diana Sofía Giraldo, organizadora de este importante evento internacional, me invitó para moderar el panel correspondiente al tema del secuestro, en el cual víctimas colombianas y mexicanas dieron un crudo testimonio de su dolor. Los panelistas dejaron claro que en la mayoría de los casos las víctimas son abandonadas a su suerte por las autoridades, quedando sin castigo los culpables y que rara vez se les brinda ayuda médica, sicológica o monetaria. Así, mientras las víctimas del secuestro o de un acto terrorista tienen que aprender a reinventarse, para las autoridades son sólo estadísticas. También se presentaron casos exitosos de personas que sobreponiéndose a su dolor decidieron encarar su realidad, emprendiendo acciones personales o colectivas para contrarrestar los actos delictivos en su comunidad. Se insistió en la importancia de que las víctimas experimenten “el proceso del perdón” el cual les permite dejar atrás rencores que los atan al pasado permitiéndoles seguir adelante con su vida. Ahí estaba Irene, narrando que a sus 27 años se gana la vida en España dando clases de motivación y de baile a jóvenes, a pesar de que perdió sus piernas al explotar el auto en que viajaba cuando tenía 12 años, o María Cecilia de Colombia, que a pesar de tener quemaduras en gran parte del cuerpo y haber perdido a su esposo y a sus tres hijos, ha vuelto otra vez a sonreír. Quedó claro que el terrorismo y la violencia no conocen fronteras, que escondidos en motivos ideológicos, políticos o económicos hay quienes no dudan en secuestrar o matar a una persona o a un pueblo, destrozando con esto a la sociedad entera. Al final del congreso se emitió un manifiesto en el cual las víctimas exigen ser escuchadas, que se imparta justicia y que se implementen los mecanismos necesarios para resarcirles del daño sufrido. |