Bien podría decirse de Barack Obama que es el presidente viajero. Así como en su momento Juan Pablo II recorrió el mundo buscando reafirmar y acrecentar la fe de los suyos frente a numerosos retos ideológicos y sociales, hoy el presidente estadounidense, ante circunstancias diferentes pero igualmente desafiantes, se ha dado a la tarea de esparcir su propio evangelio, el de un EU que él quisiera reinventado y en camino a la redención.Pocos presidentes estadounidenses han enfrentado un entorno tan desfavorable como el que le toca a Obama. Otros tuvieron que lidiar con contracciones económicas devastadoras o con conflictos globales de gran magnitud, pero no me viene a la mente una situación como ésta, en la que EU libra simultáneamente dos guerras, tiene la peor imagen en el mundo del último medio siglo y —por si eso no bastara— ha llegado al borde del precipicio económico en el que se tambalea, un poco más para acá que para allá, pero todavía en el más precario de los balances. Hoy me ocupo de la política exterior, aquella en la que los mandatarios estadounidenses más pronto pueden imprimir su sello, en la que más rápido pueden dar un giro que supere lo simbólico para meterse a los temas de fondo. Si bien EU no puede ni quiere escapar a su condición de superpotencia, lo cierto es que lo que va de este siglo ha sido verdaderamente desastroso no sólo para su imagen, sino, lo que es más importante, para sus intereses. No se trata de criticar nuevamente la gestión de George W. Bush. Los hechos y las consecuencias hablan por sí solos, y pocas veces en su historia EU se había encontrado con tan grande brecha entre sus objetivos y la realidad, entre sus intenciones y la percepción que el mundo tiene de ellas. Consciente de ello desde su campaña, Obama se ha propuesto transformar el estilo de la política exterior estadounidense, imprimirle un nuevo tono, cambiar rápidamente las formas para tratar de hacer después lo propio con el fondo. En Washington le llaman smart power a lo que Obama y su supersecretaria de Estado, Hillary Clinton, han planteado: una combinación de la fuerza y el poderío que nadie les regatea con la habilidad de convencer, de persuadir, a través de las ideas, los valores, el comercio y la ayuda. Los viajes de Obama han estado encaminados justo a cambiar la percepción tan negativa que EU se había creado y a intentar nivelar el terreno de juego para que sea menos cuesta arriba el nuevo esfuerzo diplomático estadounidense. El impacto hasta el momento ha sido mayor. A donde ha ido, Obama ha encontrado la manera de decir lo que cada quien desea escuchar, trátese de Irak, donde ofreció un retiro ordenado y calendarizado de sus tropas; o de Europa, donde planteó una nueva manera de relacionarse, con mayor enfoque en el dialogo y en el multilateralismo y el desarme nuclear; o en Turquía, donde agradó con sus observaciones acerca del islam y su cuidado en torno a temas espinosos como el del genocidio de los armenios el siglo pasado; o ahora en Egipto, donde pronunció un discurso memorable tanto por lo que dijo como por lo que calló. Casos similares, su breve visita a México y su participación en la Cumbre de las Américas, en que mostró no sólo habilidades retóricas, sino también su mano izquierda para tratar con personajes que resultaban cuando menos antagónicos para Washington, y a los que supo mantener tan cerca como era prudente y tan lejos como era necesario, a la vez que pronunciaba el discurso que todos esperaban, el del cambio de políticas y de actitudes frente a una realidad que sucesivos gobiernos de EU se obstinaban en ignorar: la de Cuba. El impacto de este nuevo estilo es innegable, si bien muchos escépticos llaman a esperar que los hechos sigan a las palabras. No quiero hoy detenerme en cada uno de los distintos frentes que está abordando Obama, pero la conclusión que encuentro hoy va mucho más allá de lo que haya dicho o hecho en algún lugar en particular. Creo que Obama ha logrado tres cosas fundamentales, que no tienen desperdicio sea cual fuere el desenlace de cada uno de los muchos asuntos y coyunturas que enfrenta. En primer lugar, Obama nos ha recordado el valor de las palabras, de LA palabra no sólo en la política o la diplomacia, sino en la vida cotidiana. Habrá quien diga que hasta ahora es sólo retórica, pero justo ahí radica la importancia: con el puro discurso, Obama ha alterado la dinámica y el statu quo de muchos añejos conflictos. Segundo, Obama ha obligado a los estadounidenses a reflexionar acerca de sí mismos, de lo que hacen y lo que han hecho en el mundo. Para un pueblo al que le han hecho creer salvador de la humanidad, eso no es cosa menor. Nada como la duda y el cuestionamiento para el poderoso. Finalmente, esas palabras y esa retórica han roto con los paradigmas negativos que muchos tenían de EU, ese ogro que resultaba tan fácil de odiar, de descalificar, y que súbitamente asume un rostro más humano, menos arrogante, más autocrítico. Cada vez que Obama asume y reconoce alguna culpa histórica de su nación les complica la vida a sus adversarios, pues la caricatura del estadounidense malo comienza a volverse un retrato mucho más complejo y lleno de matices, y por lo tanto más difícil de descalificar. Para quien piense que son sólo palabras, vaya que sí están teniendo efecto. Ahora, a esperar los hechos. gguerra@gcya.net www.twitter.com/gguerrac |