Emergencia: he de hacer un comentario radiofónico sobre Rigoletto, en anticipación de su montaje a cargo de la Compañía Nacional de Ópera y he aquí que mi grabación —una edición de Deutsche Gramophon con la Filarmónica de Viena dirigida por Carlo Maria Giulini, Piero Cappucilli como Rigoletto y Plácido Domingo como el Duque— parece haberse esfumado de mi discoteca personal. Horror. Y no me porque me guste Verdi —la mera verdad detesto el verismo— sino porque me quedan apenas unas horas para hacer llegar el disco a la cabina de transmisión, a fin de que mi participación quede adecuadamente musicalizada. Por si fuera poco, me espera una mañana fragorosa. Así, mi única posibilidad es una parada veloz entre cita y cita en la Sala Chopin de la colonia Roma, a fin de comprar el disco y despacharlo ipso facto con un mensajero. Allí voy. Conozco bien la Sala, pues es a ella a donde solía conducirme mi familia cada semana hace una treintena de años, cuando surgiera mi inexplicable afición infantil por el bel canto. Conozco, sí, pero no reconozco. Y no sólo por la fachada ahora de transparente cristal sino porque, si bien las puertas están abiertas, las luces permanecen apagadas y las escaleras eléctricas en paro. La planta baja aparece sembrada de pianos y órganos y puedo atisbar otros instrumentos musicales junto a los barandales de los pisos superiores; lo que no logro divisar es la sección de discos, aquella otrora poblada de LP en la que comprara mi primera Carmen (con Maria Callas y la Orquesta de la Ópera de París) y mi primer Tannhäuser (otra vez Plácido Domingo, ahora con la Ópera de Covent Garden). Deben de haberla movido de sitio, infiero. Y contra mis instintos de macho autárquico, pregunto al dependiente: “Disculpe, ¿dónde están ahora los discos?”. Respuesta funérea: “¡Uy, no, joven! Aquí ya no trabajamos discos”.Agradezco enfurruñado y salgo furioso. Sigo sin resolver mi problema práctico e inmediatísimo: necesito con urgencia un Rigoletto. Así, me precipito a Plaza Insurgentes, apenas a unas cuadras, donde me espera una sucursal de Mixup. Corro hacia la sección de música clásica y rebusco en las estanterías: más DVD que CD y ningún letrero visible con la etiqueta Ópera. Derrotada nuevamente mi infalibilidad, pregunto. El dependiente me conduce a un anaquel pequeñito, una de cuyas secciones contiene un repertorio operístico más limitado que el de mi propia casa. Hay un Rigoletto, sí —y por cierto uno espléndido, con mi favorito, Dietrich Fischer-Diskau, en el papel del Duque— pero muy poco más. Verdi, Puccini y Wagner, sí. ¿Dónde, sin embargo, la Lulu de Alban Berg que compré justo en un Mixup hace no tantos años? ¿Dónde La verbena de la paloma? (La zarzuela, confieso, es una de mis perversiones.) Mi primera tienda de discos llevaba por incongruente nombre Disco Inn Jusé. (Mi abuela la llamaba Josué y, aunque entonces me irritaba su pifia, hoy reconozco que habría sido un nombre marginalmente menos ridículo). En ella mi madre me introdujo a sus gustos musicales —Donna Summer, Serge Gainsbourg, Lalo Schifrin—, que hoy a la fecha comparto. Después vino Zorba, donde compré mi primer The Cure, mi primer Bauhaus, mi primer Art of Noise. De viaje, buscaba siempre visitar una tienda de discos: HMV en Londres, Tower en Los Ángeles, Sam Goody en Houston. Más tarde todavía llegó la era de las Virgin Megastores, cornucopia de tentaciones discográficas en París, en San Francisco, en Barcelona y, sobre todo, en la apoteósica sucursal de Nueva York. Hoy que tanto lamento la inexorable extinción de la idea de un comercio físico dedicado a vender música —cosas del iPod y la piratería e internet—, constato que Sam Goody ya no existe, que Virgin ha cerrado operaciones en casi todo el mundo, que Tower no sobrevive sino en unos pocos países, entre ellos México (donde no es sino un Mixup disfrazado, puesto que ambas pertenecen a Grupo Carso). Entonces celebro, por una vez, vivir en un país tecnológicamente subdesarrollado. Y es que, sí, Mixup es cada vez más una tienda de películas y, sí, los dependientes de Tower no han oído jamás hablar de Janis Joplin (lo juro) pero, cuando menos, nos quedan unos cuantos años de poder ir a comprar discos, de vivir en un mundo en que un par de billetes de cien pesos pueden ser trocados por un objeto que emite sonidos conmovedores. (Huelga decir que, ya sólo con este texto, asumo mi condición de reliquia del siglo XX.) |