Vivimos una época donde la gente se pone fomentos de internet para aplacar la soledad o la realidad del espejo. Me pregunto si el temor a concurrir sitios públicos volverá al ligue un asunto cuya ruta preferencial será el encuentro virtual. Hace unos meses, llevado por curiosidad literaria y cierta dosis de picardía antropológica, realicé un experimento social inaudito para mí. “Alguien” me invitó a acceder e inscribirme a una página de gente bonita que ofrecía varios objetivos precisos. El primero de ellos consiste en descubrir qué tan sexy es uno en la escala del uno al 10, según opinen del resto de los afiliados. Por cierto, se puede votar por sí mismo cuantas veces se quiera. El segundo, conocer gente, socializar, tener sexo, etc., según las categorías posibles de edad, ciudades y países, así como tendencias sexuales comunes o más allá de lo común. La página en cuestión, hay que reconocerlo, advertía sobre castigos a quien enviara fotos de personas ajenas a los participantes, así como la cancelación total si se contravenían varias reglas básicas de respeto y convivencia. Por supuesto, un tercer objetivo de la página era que los narcisos y demás náufragos sociales ahí inscritos pudiésemos apreciar el espejismo de la publicidad incluida… Cuando hay tres razones para explicarnos un asunto ilógico, la más certera será siempre la más sencilla o aquella que captamos al final. Confieso que envié una foto, previa consulta con mis tres hermanas y mi sobrina, que eligieron una en especial, donde porto un sombrero de explorador y tengo por escenografía el faro de una isla africana. Mi compañera sentimental, una mujer inteligente y divertida, estuvo de acuerdo con el experimento. No me fue mal. Califiqué una medida aceptable y recibí algunos mensajes de personas que desearon conocerme, por lo general de mi misma ciudad. No inicié ninguna relación: la mayoría de las damitas fueron algo tímidas y sólo deseaban tener amistad a partir de charlas en chat, cosa a la que nunca he estado capacitado. Sin embargo, un porcentaje mínimo deseaba ponerse en contacto para dejarse ver en cámara web a ciertas horas, previo depósito en una cuenta bancaria. Es justo decir que esas mercenarias del voyeur por lo general eran eliminadas con prontitud por los invisibles administradores de la página. Sobre su imagen se colocaba el aviso de “Perfil cancelado por mal uso de la cuenta”. Más allá del cibersexo o la búsqueda de nuevos caminos para el ligue sexual, descubrí detalles inesperados. He aquí mis sorprendentes hallazgos. Uno es que aquí en México, al menos en la muestra de esta página, la sección de mujeres bisexua les es la segunda más utilizada. La de mujeres homosexuales es más bien breve. Sin embargo, la mayoría de las usuarias bisexuales dan en su presentación la advertencia de no desear ningún contacto con varones. (“Hola, soy una dulce chica atrevida, deseosa de nuevas experiencias, hombres NO POR FAVOR, etcétera.”) En otros países latinoamericanos —especialmente en Brasil— no se daban esas contradicciones de doble personalidad. La página homosexual era igual en proporción con la sección bisexual. Otro detalle preocupante. Algunas damas muy guapas mantenían calificaciones de 10, demostradas por votaciones mayores al promedio normal. Hasta cuatro mil votos llegue a detectar en algunas princesas, mientras que otras, de belleza y antigüedad similar, no pasaban de los 160. En los meses que mi foto estuvo colgada, no superé los 50 votos. Como los perfiles no se pueden omitir sin votar, ya que son consecutivos, no cabe duda que, al menos en México, sólo 50 personas habían visto mi página. Esas chicas que votaron por sí mismas en tanta cantidad, ¿qué era lo que pensaban? ¿A qué tanto desgaste de oprimir el ratón una y otra vez para demostrarse lo bellas que son? Sus fotos caseras, tomadas con celular, donde se ven osos de peluche contra un muro de ladrillo y un impertinente mango de escoba, ¿son su única ventana al mundo real o a una realidad mejor que esta? ¿Por qué para mentirle a los demás debemos mentirnos primero a nosotros mismos? El espejo de la bruja de Blanca Nieves, al menos una sola vez, le dijo la puritita verdad. ¿Verdad? |