Hace un par de años me enfrasqué en la escritura de una narración sobre un hecho histórico mínimo que me pareció fascinante y misterioso: la guerra larguísima que Francia y España sostuvieron para imponer la hegemonía de sus coronas sobre el Papado tuvo en su capítulo napolitano una prenda extraordinaria: el clero regular estaba del lado de Madrid y los monasterios del de París, así que había curas que en sus ratos libres se dedicaban a cazar monjes. El relato estaba narrado en primera persona por un sacerdote y la única regla que gobernó su crecimiento era una pregunta bastante simple: ¿Qué pasa si alguien responde siempre con la verdad?Conforme iba avanzando en la historia del cazamonjes me fui enamorando irresponsablemente de él, de modo que fui complicando el relato y desplazando la artillería narrativa para salvarlo del final trágico que necesariamente pone el candado en la vida de alguien con un capital de honestidad tan mísero que ya no puede permitirse el gasto moral de otra mentira. Hice todo lo que pude para que al final fuera su antagonista y no él, quien muriera . No pude evitarlo. Cuando esa narración fue publicada como parte de una novela episódica, algunos lectores encontraron en ella cosas perfectamente inesperadas para mí, pero ninguno notó —no tenían por qué— el mecanismo no enunciado de la historia: la netas matan. Entiendo que lanzar un apotegma vitalista en un artículo que cuestiona una forma de lo verdadero es paradójico de entrada, pero va: Ninguna de las amistades con las que alguna vez me hundí en ese oscuro ritual criollo que es el intercambio de netas ha sobrevivido como tal a mi vida adulta. Tal vez el problema sea sólo mío, pero conforme he acumulado años me ha parecido cada vez más claro que los amigos no están ahí para decirnos la verdad, sino para confirmar con matices morales lo que necesitamos para sobrevivir en el momento específico en que hablamos con ellos. Si todas las verdades que de pronto se apoderan de nosotros terminan deformándose al ser enunciadas porque montar lo que sea en los mecanismos del lenguaje —la gramática, la dicción, la sintaxis— es limitarlo y restarle claridad, lo de netear —un arte en realidad de cantina— siempre termina en cataclismo. Una neta es una verdad sentimental, generalmente originada en el resentimiento: nos parece que alguien nos hizo algo que no nos hace justicia y al tercer tequila se lo soltamos. Es un rencor que hemos rumiado en el tráfico o durante los insomnios, pero no algo que hayamos pensado metódicamente. Algo que nos ha acompañado como un mal agüero durante tantos días que ya dejamos de reconocerlo como tal. Decir la neta es como rascarse un piquete de mosco: produce la satisfacción instantánea de las venganzas diferidas, pero también intensifica el problema porque quien suelta una neta sabe que está infligiendo un daño, pero ya no se puede echar atrás. Así, netear supone convencerse de que uno está invocando esos valores extremos y de supervivencia que llamamos Principios para salvar algo que está en riesgo. “Tú y yo no somos esto, sino aquello”, dice quien netea, como si alguna vez hubiéramos sido algo preciso, o como si las experiencias que se nos van acumulando no nos transformaran. Tirar una neta es demandar que las cosas sean como en realidad nunca fueron: invocar un mito. Para quien recibe la neta, la situación es todavía peor: una certeza se derrumba —“creía ser esto y alguien que me quiere dice que soy esto otro”— y hay que suplirla con un discurso sólo sentimental porque el que nos ha soltado su verdad está herido y lo ético es correr en su socorro —aunque sea sólo para que ponga su parte de la cuenta (en dinero, pero también en capital emocional). Hay que mentir sobre uno mismo pretextando lo que haya a la mano y mientras esa mentira se va articulando hay que convencerse de que el otro es el único ser humano que se atreve a decirnos la verdad —como si la hubiera. Tal vez si no existieran las netas seríamos una ciudad de complexión calvinista: los peseros irían bien formados por su carril, los partidos políticos no funcionarían como concesionarias; no existirían las rancheras —escuelas siniestras de todo netismo. |