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México D.F., a 26 de mayo de 2009 | 10:00 AM

Ricardo Raphael
Accidente televisivo
25 de mayo de 2009
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Los programas cómicos con más alta audiencia en México son aquellos dedicados a la ridiculización del otro. Un otro que suele escogerse dentro de un repertorio limitadísimo de personajes seleccionados por su identidad o condición: “la mujer”, “el homosexual”, “el travesti”, “el indio”, “el naco”, “la persona con discapacidad”, “el obeso”, “el pobre”.

Les viene de maravilla a las televisoras, a sus productores y a sus actores abusar, porque saben bien que del otro lado existe una mayoría de espectadores que son rápidos y fáciles para aplaudir la burla impuesta sobre quienes son valorados como distintos.

La justificación para reír a carcajadas a costa de la persona socialmente vulnerable es simplísima: “mientras ‘yo’ no caiga en esa circunstancia discriminatoria conservaré para mí el papel de burlador”. Un acto de humor que ocurre gracias al escape que ofrece el comediante al demostrar que hay quien se encuentra en un lugar de menor valía social dentro de la comunidad a la que se pertenece.

Accionando excesivamente sobre este mecanismo facilón de la conciencia, los hacedores de estos programas crean y recrean relaciones injustificadamente asimétricas para atraer a su auditorio. Ante las críticas, argumentan que ningún principio antidiscriminatorio puede atentar contra su libertad de expresión. También advierten que sin estos recursos grotescos desaparecería la comedia en México.

Desde que tengo memoria, por primera vez ha surgido una crítica abierta a esta forma de comicidad gracias al airado y bien reflexionado texto que Katia D’Artigues detonó desde su columna y su blog publicados por EL UNIVERSAL, el viernes de la semana pasada.

He de confesarme aquí sorprendido por la abundante cantidad de comentarios y críticas que surgieron a propósito de la representación que Galilea Montijo, Roxana Castellanos y los hermanos Santiago y Rubén Galindo montaron para el programa Hazme reír y serás millonario transmitido dominicalmente por la empresa Televisa.

Sorprendido porque esta discusión no había siquiera rozado el debate público donde todos los días nos construimos los mexicanos. Al contrario, burlarse y discriminar al otro en televisión por su identidad o condición de vulnerabilidad era, hasta hace muy poco, considerado una circunstancia impecablemente normal.

Estamos tan habituados a la discriminación que no tenemos anticuerpos intelectuales para detectarla cuando ésta ocurre. Si se nos coloca en situación de superioridad la toleramos, la promovemos y la reproducimos sin contención. Basta con que, en el caso mencionado, podamos identificarnos con los papeles de las señoras Montijo o Castellanos —o de perdida con el de un travieso perico de peluche— para que el grotesco acto impuesto sobre el individuo burlado termine defendiéndose con los razonamientos más inverosímiles.

Ni siquiera el crítico juez del programa, Rafael Inclán, contó con herramientas intelectuales para transmitir las razones de su instintiva incomodidad. Con gran ligereza y demasiado apremio, llamó a la persona discriminada “accidente de la televisión” y “anormal”. A lo que la señora Montijo respondió con una cándida y muy manipuladora sentencia que devolvió la acusación señalando de discriminador a quien intentó cuestionar la moralidad del acto.

Todo este episodio es un nítido fresco sobre el estado que guarda la discusión del papel que juegan los medios de comunicación a propósito de la reproducción de actitudes y mapas mentales discriminatorios.

Largo tramo falta todavía para que el derecho a no ser discriminado, inscrito apenas hace ocho años en nuestra Constitución, deje de ser letra muerta para leguleyos y se convierta en un valor honrado por nuestra inteligencia, nuestras prácticas cotidianas y, sobre todo, nuestro sentido del humor.

Sólo si nos apropiamos de esa ética dejaremos de aplaudir la comicidad estúpida y forzaríamos a quienes la hacen para que confeccionen, con algo más de ingenio, sus tramas y argumentos. En concreto, para que diviertan con humor y no con la ramplonería de lo abusivo y lo grotesco.

Mientras tanto, no les caería mal a las televisoras celebrar una revisión a sus códigos de ética y nombrar también a un defensor de sus audiencias, con el explícito propósito de hacer compatible su negocio con la libertad de expresión y con el derecho a no ser discriminado. No vaya a ser que antes de hacerlo, la Constitución termine cayéndoles encima bajo la forma de una costosa demanda judicial.

Este hecho también debería despertar el interés de la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión (CIRT), en cuyo código ético no aparecen, ni por asomo, los principios relativos a la no discriminación.

Analista político

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Comentarios 1-20
Delacroix
2009-05-25|17:44
México
La pobreza de los programas televisivos es evidentel. La mayoría de las producciones locales de telenovelas, programas dizque cómicos y de concursos, son malísimas. No existe un programa, en el ramo del puro entretenimiento que se salve. La tradición viene desde El Chavo del Ocho que, me perdonaran sus adoradores, pero eran puros pastelazos y cubetazos. Después de haber visto un programa, los habías visto todos y duró 20 años (que diferencia con Los Polivoces que tenían libretistas de primera). Pero el problema es más de fondo; tal parece que a los mexicanos nos gusta el estilo mafioso en todos los ámbitos. Dos o tres personajes se enquistan en un ámbito y nomás no entra nadie que no sea de su claque, por más bueno que sea. Desde el reinado del Señor Telenovela (en el ámbito telenovelero), pasando por el de Paco Stanley o el de Jorge Ortiz de Pinedo (en el de los programas cómicos) hasta llegar a las altas esferas de la política, no hay manera de que a los talentos se les permita brillar si el capo en turno no se los concede, y por lo visto, no tienen ninguna intención de hacerlo. Por eso las producciones argentinas y colombianas, con mucho menos dinero, tienen más éxito (Por ejemplo, los Sánchez que fueron un refrito de los Reyes en Colombia que a su vez lo fueron de Los Roldán en Argentina; o Bety la Fea de Colombia). En México hay una esterilidad pavorosa y no por falta de talento, sino por exceso de mafiosos.
VíctorAdriánTrujillo
2009-05-25|17:36
Mexico D.F.
Don Ricardo: Tantos años de condesa y no ha aprendido a mover el abanico. Leyes, organismos y políticas contra la discriminación van y vienen, pero la única forma de acabar con esa comicidad estúpida y degradante es dejándola de ver, y creo que es precisamente lo que Usted y Katia D´Artigues no hacen. Un saludo
sariux
2009-05-25|17:27
d.f.
YO CREO QUE EN MUCHOS PROGRAMAS PASA LO MISMO CON LA DESCRIMINACION Y GROSERIA, NO HAY MAS QUE VER VENTANEANDO Y ESCUCHAR LOS COMENTARIOS DE DANIEL BISOGNO
EduardoQ
2009-05-25|17:22
México
Hace años que no veo programas de humor en Televisa o Televisión Azteca precisamente por lo están llenos de racismo y la burla fácil. Me alegro en cierta manera que este bodrío de hazme reír haya provocado al menos por unos días un debate sobre la discriminación y el papel de los medios de comunicación sobre este tema. Excelente artículo cómo muchos de los que escribe. Enhorabuena y que las autoridades, las televisoras y sus trabajadores reflexionen sobre la importancia de respetar a los otros.
sociologohidro
2009-05-25|14:11
aguascalientes
excelente articulo !!!feliciades¡¡¡ pasale el tip a unos de tus compañeros
Johnix
2009-05-25|12:42
Culiacán
La discriminación se ha visto desde hace tiempo en la pantalla chica, desde los tiempos de "madaleno" y el finado Paco Stanley, este último precursor de la actual escuela discriminatoria actual, quien no recuerda el programa Andale! donde se ridiculizaba a Mario Bezares, músicos e inclusive hasta al propio público por ser ojones, pelones, panzones, etc., con el paso del tiempo he visto surgir comediantes y pseudo conductores que bajo la misma fórmula consiguen un raro "éxito" alimentado por la idiosincracia mexicana que al parecer no tuvo mas opciones que la televisión abierta.
paulonabor
2009-05-25|12:07
puerto madero
Buena opinion. Solo aclarar que (como lo hice con la columnista Katia) si se esta armando un "borlote" por este caso, deben (los columnistas) armar un "borlote" por cada aberracion televisiva y en ese sentido les llevara cientos de litros de tinta http://autorneto.com/referencia/noticias-mundiales/sociedad/te-parto-la-cara-en-el-nombre-de-dios/
autenticcamaleon
2009-05-25|12:05
D.F
EL debate no se trata sobre discriminación de una personas que para obtener ingresos aparenta debilidad mental. Es sobre la basura de Productores, actores, y personas que embrutecen día a día a los mexicanos en su total mayoría de un strato social pobre, a través del televisor.
JorgeNegrete
2009-05-25|11:58
D.F.
Otro botón que muestra lo extendido que está en nuestra sociedad la falta de "anticuerpos intelectuales" (me gustó el término) para detectar la discriminación y como los medios televisivos terminan con las neuronas que podrían generarlos, son los extensos comentarios que provocó el artículo, en este mismo diario, de Lydia Cacho el día 16 de abril de 2009, que llamó "Futbolistas contra las mujeres". Material interesante para sociólogos, psicólogos, antropólogos, cumunicadores . . .
KRATOS
2009-05-25|10:52
DISTRITO FEDERAL
CLARO! que se puede hacer reir sin burlarse de la demas gente, PERO eso estan acostumbrados, AHORA CON SAMY ES cierto que GALILEA Y ROXANA ABUSARON, porque ya para que te de indicaciones un periquito, alguien por mas cuerdo pues no LO HACE, y sospecha, ahora RAFAEL INCLAN aunque no fueron las palabras acertadas ESTOY CON EL. y que fácil es la vida me doy cuenta, TOTAL GOLPEO, ofendo y con una SIMPLE DISCULPA se arregla TODO, que fácil QUE REPAREN EL DAÑO
laschover
2009-05-25|10:22
puebla
me parece acertadisimo tu comentario, desgraciadamente las televisoras no tienen imaginacion y talento suficiente para hacer reir sin usar la denostacion y la discrinacion pero nosotros hemos cooperado siendo complacientes y sonrientes de sus bromas grotesca y de mal gusto les hemos hecho creer que tambien nos gustan. Ya basta la discriminacion es pan de todos los dias, pero una empresa que se dice de VALOR,
gerardolv
2009-05-25|09:53
df
Totalmente deacuerdo! Felicidades!
cparraz
2009-05-25|06:30
Boca del Río
En casos como éste, la CONAPRED, siglas del pomposo CONSEJO NACIONAL PARA LA PREVENCION DE LA DISCRIMINACION, debería de intervenir. Lamentablemente este organismo, consumidor de buena parte de nuestros impuestos, prácticamente nació muerto. Fué fundado por el gobierno obligado por las circunstancias, y para desagraviar a los discapacitados de México, apoyandose en la figura del insigne luchador Gilberto Rincón Gallardo, una vez que éste terminó su aventura en el proceso electoral en el que figuró como candidato presidencial. Pero la realidad es que a dicho Consejo no se le dotó de las herramientas legales necesarias para luchar frontalmente en contra de la discriminación y SANCIONAR los actos discriminatorios en forma ejemplar. Sigue siendo otro organismo ineficiente, inútil y costoso, que merma considerablemente el erario nacional.
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  Acerca del autor
email:ricardo.raphael@eluniversal.com.mx

Subdirector de Opinión de EL UNIVERSAL. Licenciado en Derecho por la UNAM. Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela Nacional de Administración (ENA) de la República Francesa. Estudios Doctorales en Economía Política y Políticas Comparadas por la Escuela para Graduados de Claremont, California, EU. Secretario General de Democracia Social, Partido Político Nacional. Coordinador de la Comisión Ciudadana de Estudios para Eliminar y Prevenir la Discriminación.

Actualmente es profesor afiliado a la División de Administración Pública del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Conductor del Espiral, programa de análisis político del Canal 11. Analista Político cotidiano del Noticiero Enfoque de Núcleo Radio Mil. Conductor del programa cultural Claves, de Proyecto 40.

Cuenta con diversas publicaciones en temas relativos a: La transición democrática. La función pública. El sistema de partidos. Los derechos. La ciudadanía.

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