A mediados del siglo pasado, las personas de cierta edad solían utilizar una expresión para referirse a algún asunto urgente que habían que resolver: un pendiente. Frecuentemente cancelaban algún compromiso porque tenía algún asunto pendiente que resolver. Y en ese entonces pendiente era sinónimo de urgente. Era algo que no se había resuelto y al cual, por lo tanto, había que darle prioridad. Todo el mundo entendía eso: un pendiente era algo urgente. Pues bien, ese lenguaje cotidiano del pasado parece que no funciona entre la clase política actual. Hoy por hoy, somos un país lleno de pendientes, de asuntos que hay que resolver de manera urgente, pero que simplemente no se resuelven tal vez porque su solución implica algún costo político o económico que nadie quiere asumir. Y así seguimos siendo un país con la mitad de los temas vitales pendientes.La lista de los asuntos pendientes del gobierno es muy larga: una reforma fiscal que realmente provea al Estado de recursos para hacer bien su chamba. La reforma penitenciaria, la comunicación entre el gobierno federal y los estados en temas tan importantes como la salud, el propio sistema de atención médica del Estado, la reforma laboral, la modernización de la producción de electricidad y de la distribución de agua potable para todo el país, la red ferroviaria y de carreteras, el correo federal, el combate a la corrupción en los tres niveles de gobierno, la formación de cuerpos policiacos eficientes y honestos en todo el país, la generación de empleos suficientes y bien remunerados para los habitantes de este país, la mejora sustancial en la calidad de la educación en todos sus niveles, el acceso de la población a avances tecnológicos como internet, el combate a la pobreza, etcétera, etcétera. A estas alturas es más que obvio que somos un país en el cual los gobiernos del pasado —de los últimos 500 años, para que ningún partido se sienta aludido— no han hecho su chamba. Nunca hicieron los cambios que se necesitaban y dejaron que todo se acumulara hasta hacer crisis. Estamos pues frente a un escenario de colapso en el país, porque los problemas básicos no se han resuelto. La mayoría de estos problemas requieren de voluntad política y recursos. Desde esa perspectiva, la primera reforma que se debe hacer es la fiscal, a fin de tener recursos suficientes para hacer las otras reformas. Sin embargo, nadie le entra al toro. Ni siquiera lo hacen los partidos políticos que están en campaña. Toda la propaganda es retórica: el problema del sistema de salud se resuelve con que el gobierno te dé dinero para comprar medicinas y la inseguridad se acaba combatiendo la pobreza. ¿Y la lana, apá? ¿De dónde van a salir los recursos para ello? No hay respuesta. Vivimos en un país lleno de asuntos pendientes que nadie se atreve a resolver. Seguramente habrá que esperar a que hagan crisis, a que nos quedemos sin electricidad, sin agua, a que haya víctimas. Y aun así no pasará nada. Todo seguirá pendiente. Hasta que el futuro, que nunca llega, lo resuelva. jorge.chabat@cide.edu Analista político e investigador del CIDE |