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México D.F., a 28 de mayo de 2009 | 3:27 PM

Álvaro Enrigue
Formas de cumplir 40
21 de mayo de 2009
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Absolutamente harto de las violencias de un mundo mucho más duro que el nuestro, enfermo y con la certeza de que se deslizaba hacia un estado terminal en todos sus asuntos, Michael de Montaigne se encerró en la torre del señorío que todavía lleva el nombre de sus antepasados “…a no hacer otra cosa que pasar descansado y apartado la poca vida que me resta”. Sabemos el día exacto de su retiro porque lo celebró como un acto solemne en su cumpleaños: 28 de febrero de 1571. Cumplía 38. Ese mismo día empezó a escribir Los Ensayos, un momento inaugural para la manera moderna de ver las cosas; un libro cuya materia no era ni Dios ni el mundo, sino él mismo. Fue a los 39 que produjo sus primeros ensayos verdaderamente maestros: “Que filosofar es aprender a morir” o “La moderación” siguen siendo meditaciones inagotables, tal vez porque fueron escritas al filo de ese abismo tan complicado de cruzar y sobre el que hay que fingir con tanto denuedo que no nos importa cruzar: los cuarenta años.

Pocos meses después del retiro de Montaigne, nació en el pueblo lombardo de Caravaggio otro caballero –o no tanto— al que también recordamos por el nombre de su pueblo. A lo largo de una vida que a mí me parece más bien cortísima, Michelangelo Merisi se dio espacio para violentar todas las convenciones de su tiempo: hacía cuadros de vagos y estafadores en plena contrarreforma romana, era abiertamente gay, vivió siempre del lado amargo de la justicia, pasaba más tiempo en las canchas de tenis que en su estudio. También impuso el estándar para lo que hoy llamamos barroco: pintó los primeros cuadros sin composición previa de la historia, todos de contenido tan intensamente humano que a veces lo implicaban a él mismo como modelo. La cabeza cortada de su San Juan Bautista es el más célebre de sus autorretratos. Hizo ese cuadro perfecto, que proyectó al resto de la historia del arte hacia la interioridad del creador, a los 39 años. Al poco tiempo lo asesinaron.

¿Qué tiene esa fecha que produce tanto vértigo? Acercarse a la cuarentena es contemplar el abismo entre la fascinación y el miedo. Si Dante decretó que la mitad de la vida –il mezzo del camino— son los 33 años cristológicos, hacia los cuarenta se empieza a correr pendiente abajo.

A los 39 años Gabriel García Márquez era un periodista con poca fortuna y un escritor de culto que tal vez tuviera más amigos que lectores. Todo el mundo tenía clara su promesa literaria, pero ya iba a cumplir cuarenta y estaba escribiendo –exiliado y casi en la miseria– un libro suicida. Era una novela gordísima, de anécdota desmesurada y estilo tan duro que no había modo de que hacerlo pasar por comercial: Cien años de soledad.

Francis Scott Fitzgerald publicó A este lado del Paraíso a los 26 años y vendió tanto que se convirtió de inmediato en la figura emblemática de la era del jazz, en que los gringos conquistaron el derecho a disfrutar de su éxito como país. En 1936 publicó en cuatro entregas desgarradoras a la revista Esquire “The Crack-up”; un ensayo magistral sobre su propia vejez, en el que comparaba la atroz decadencia de su cuerpo de alcohólico con cáncer a la salud económica de los Estados Unidos, destruida y sin esperanzas para ese año. Tenía 39.

Todos sabemos que el arribo a la cuarta década es decisivo desde que vimos padecerlo a nuestros padres. Lo que nadie nos dice, yo creo que porque si uno no se convence de que la vida empieza a los cuarenta va y se mata, es que el marcador biológico del periodo es tan claro como el que padecimos en el tránsito a la adolescencia, pero apuntando hacia abajo. ¿Puedo ser franco? Yo intuía lo de la migración capilar y la barriga, pero nadie me dijo que me iban a crecer la nariz y las orejas, que el sueño profundo iba a pasar a ser una provincia que se visita de vez en cuando y que el jetlag me iba a durar el triple con todo y ansiolíticos. Tal vez los gigantes emprendan sus obras decisivas a los 39 porque el del arte ya es el único espejo que se puede tolerar.

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