¿Alguien me puede decir el nombre del diputado que va a elegir? Las campañas electorales no encuentran espacio para desplegarse. Tienen en su contra demasiados elementos distractores entre emergencias y escándalos. La emergencia sanitaria y la grave crisis económica atraen la atención de los medios y los ciudadanos. Los partidos, ensimismados como están, no han logrado conectar con una ciudadanía agobiada por los temas ya mencionados. Nunca había visto con tanta rotundidad la enorme brecha que separa el universo de los políticos del mundo real.
Los candidatos son los grandes ausentes de la campaña. El PAN ha basado, hasta ahora, su campaña en el apoyo al Presidente; el PRI tiene un mensaje genérico sobre las provocaciones y su inquebrantable paciencia. Y el conglomerado de partidos que apoya a López Obrador sigue financiando el noveno año de su eterna campaña presidencial. Pero de los candidatos a diputados y de lo que podrían hacer para que la gente viva mejor, no se dice casi nada. Vamos, ni sus nombres figuran. Después se asombran de la escasa consideración que la gente tiene del Poder Legislativo y sus integrantes. Son tan triviales que ni siquiera en las campañas de sus partidos pintan.
Para completar el cuadro, los escándalos más recientes han atraído a su campo gravitatorio la atención de los ciudadanos. El libro de Ahumada y las revelaciones del ex presidente De la Madrid son materia suficiente para mandar a un tercer plano los mensajes genéricos de los partidos. Lo escrito por Ahumada acredita que en el sistema político de la alternancia la decencia de los principales cuadros gobernantes ha brillado por su ausencia; el más limpio tenía sarna. Los que hicieron el complot demostraron su falta de respeto por los procedimientos democráticos institucionales, prefirieron turbios arreglos entre Salinas y Televisa a proceder por la vía del estado de derecho (al que tanto dicen admirar). Actuaron como lo que son: facciosos. Y por el lado del régimen GDF-PRD, que lleva 12 años gobernando la ciudad, queda al descubierto el nexo entre intereses económicos y políticos que la izquierda no tiene ningún interés en desmontar. Al igual que los mejores tiempos del PRI, el PRD en la ciudad de México afianzó su poder con una combinación de partido corporativo, chanchullos con los poderes económicos y un silencio cómplice de su prensa adicta. Nada de lo que un demócrata puede estar orgulloso.
Las revelaciones de De la Madrid nos dejan inermes a quienes no participamos en el juego del poder o en la lucha por el mismo. Escuchamos que desde el más alto despacho del país se podía conspirar contra los intereses nacionales sin que hubiese un sistema institucional que lo impidiera o un sistema legal que lo castigara. Es verdad que el PRI, que intentaba presentarse como un partido renovado, recibe del ex presidente una bocanada de realismo. Salinas de Gortari empobreció al país y lo desfondó moralmente. No se puede presumir demasiado de un legado así. Pero el panismo, que llama ahora a hacer un juicio en las urnas en contra del PRI, no puede eludir en estos nueve años de gobiernos panistas que no ha habido ningún combate creíble a la corrupción que azota a este país. Para llorar. Pero ¿y las campañas?
Analista político