Las declaraciones del ex presidente Miguel de la Madrid con respecto a su sucesor, Carlos Salinas de Gortari, en entrevista con Carmen Aristegui son, sin duda, históricas. Más allá de la tradicional pugna de un presidente con quienes le antecedieron y sucedieron, en este caso hay acusaciones concretas de corrupción, de un presidente a otro. No habíamos tenido un enfrentamiento de ese tamaño desde la fundación del régimen de la Revolución, y por ello hay necesidad de abordar el tema y dejar el día del maestro para otra ocasión.Un primer elemento es confirmar que a nadie le sorprende en México que se acuse a un político, incluso a un presidente, de corrupción. Lo anormal, en este caso, es la fuente. No es fácil entender las razones que llevaron al ex presidente De la Madrid a expresarse así, ni las que lo llevaron a desdecirse unas horas después. Conflicto entre grupos, derrumbe de reglas, cisma en la élite, todas son hipótesis viables, que no podremos confirmar por un tiempo. Pero independientemente de las razones que hayan guiado a De la Madrid, el hecho es ya histórico, y cabe considerarlo un momento de los que puntean el desarrollo de la nación. Debería ser el final definitivo de una etapa política, pero no es claro que así suceda. De la Madrid confirma que el régimen de la Revolución llevó a este país al fracaso total, al pozo de heces en que nos hemos convertido en donde no sólo no sorprende la corrupción, como ya decía, sino que ni siquiera puede enfrentarse porque todos participamos de ella, limitados sólo por las posibilidades de cada quien. Hay que ser muy claro en este punto, porque es fundamental para cualquier intento serio de recuperar a este país: la corrupción se ha convertido en una forma de vida en la que todos participamos. Por eso ha sido imposible enfrentarla. La apropiación de bienes públicos para beneficio personal, desde la partida secreta presidencial hasta el franelero, es exactamente lo mismo; el uso de recursos públicos para proyectos políticos, sea el segundo piso del Periférico o la concertación con un sindicato corporativo, es exactamente lo mismo; el aprovechamiento del fuero legislativo, del poder del micrófono, el abuso en la ventanilla, son todas formas de corrupción que hemos construido por décadas. Para muchos, la corrupción en nuestro país es herencia de la Colonia, porque en ella pueden encontrarse algunos comportamientos parecidos a los actuales. Pero eso es incorrecto: hace unos pocos siglos, muchos comportamientos que hoy deben considerarse corrupción no eran tales, y existían no sólo en el imperio español, sino en prácticamente todo el mundo. No. La corrupción en este país supera por mucho lo que puede uno encontrar en países europeos, pero también latinoamericanos. Es algo que hemos hecho nosotros mismos, y que me parece que podemos asociar con claridad al régimen de la Revolución. El punto de partida fue el gobierno de Villa en Chihuahua. Puede uno encontrar otros valores que guiaron al régimen durante el siglo XX, pero la honestidad no fue uno de ellos. Peor aún, la corrupción, entendida como el uso de recursos públicos para beneficios privados, es parte indisociable del régimen. Fue indispensable para garantizar la recuperación de la economía después de la Revolución, como han mostrado Haber, Razo y Maurer; fue fundamental para permitir la construcción y funcionamiento de un régimen corporativo que exigía repartir prebendas a cada uno de los grupos que lo sostenía. Fue el “sueño mexicano”: que te haga justicia la Revolución. Hoy algunos se llenan la boca acusando a los “poderes fácticos”, como si hubiesen aparecido antier. Se trata de lo que el régimen construyó desde su origen: son grandes empresarios quienes el régimen prohijó y con quienes hizo negocios; son grandes sindicatos los que se construyeron desde el Estado para ser su soporte; son grandes universidades las que se doblegaron a ese mismo Estado. A este país lo ha destruido el régimen que inventó la Revolución para legitimarse. Régimen del que fueron parte Díaz Ordaz y Echeverría, lo mismo que De la Madrid y Salinas, que no por tener otra orientación económica significaron un cambio de régimen. Una vez más: México fue un fracaso en el siglo XX y amenaza con seguirlo siendo en este siglo XXI, y la causa es un experimento político retrógrado, con un discurso justiciero pero una práctica profundamente corruptora, que no podrá llegar a su fin hasta que no decidamos aceptar la miseria en que nos hemos convertido. Crimen organizado, corrupción, ineficiencia, pobreza, son distintas facetas de lo mismo: una sociedad profundamente enferma. Reconozcamos la enfermedad, dejemos atrás ese pasado, con todo y sus adalides, y construyamos, de una vez, el país que podemos ser. Que muera ya la Revolución con su corrupción. www.macario.com.mx Profesor de Humanidades del ITESM-CCM |