Durante décadas uno de los mitos de la política exterior mexicana era que podíamos ser y éramos cuates de todo el mundo. Qué México era de los pocos países que, como no se metía en los asuntos internos de ningún otro país —para que no se metieran en nuestros no siempre defendibles asuntos—, llevábamos la fiesta en paz con todo el mundo.Así, presumíamos de estar por encima de las diferencias ideológicas de la guerra fría: éramos amigos de Estados Unidos y de Cuba al mismo tiempo y por ello todos amaban a los mexicanos. Este mito, repetido una y otra vez por los medios de comunicación mostraba a todos los extranjeros enamorados de México y contribuía a reforzar la idea de que éramos el país más fregón del mundo. Teníamos las mejores playas, la mejor comida, la mejor música, las mejores telenovelas, las mujeres más bellas y éramos los más hospitalarios, no como los racistas de nuestros vecinos del norte. Era un mito que se sostenía en buena medida gracias a que los mexicanos viajaban poco al exterior —¿para qué viajar si México era el ombligo del mundo?— y a que, en general sabíamos poco de lo que otros países pensaban de nosotros. Sin embargo, esta percepción comenzó a cambiar en los años 80 con la globalización. De repente nos comenzamos a enterar que una buena parte del mundo veía a México como un país autoritario, que no trataba a los extranjeros tan amablemente como decía la propaganda oficial y que el amor que nos profesaban los demás países no era tan real. A pesar de ello, el mito subsistió. Y cuando el presidente Fox se comenzó a pelear con algunos países no democráticos, varios nostálgicos del mito del “chico más popular del barrio” pusieron el grito en el cielo. ¿Cómo era posible que abandonáramos la valiosísima tradición mexicana de ser cuates de todos, en especial de nuestros amigos latinoamericanos? Incluso hubo quienes en el paroxismo de la política del cuatismo universal, defendían abiertamente las bondades del régimen de Saddam Hussein y que sugirieron que podíamos ser amigos de ETA, de Al-Qaeda y de las FARC. Como buena parte de estas voces defensoras del cuatismo internacional dominaban el Congreso mexicano a la llegada a la Presidencia de Felipe Calderón, éste decidió recuperar dicha tradición para tener la casa en paz. Así, desde su llegada al poder el gobierno actual se ha dedicado a llevarla bien con todo el mundo, suponiendo, ingenuamente, que con ello todo el mundo nos trataría bien. Pero ¡oh sorpresa! Con esto de la influenza tipo AH1N1, la mitad de nuestros cuates latinoamericanos y algunos de otras regiones nos han pintado un violín, incluido el “amiguísimo” gobierno cubano. No cabe duda que la epidemia de influenza ha afectado seriamente al país: ha dañado la salud y al vida de varios mexicanos, el quehacer cotidiano y la economía, pero también ha dinamitado uno de los mitos de la política exterior tradicional: el de que todo el mundo nos ama. Tal vez sea ya tiempo de que el gobierno mexicano revise su política exterior y aprenda a diferenciar entre los países amigos y los que no lo son. jorge.chabat@cide.edu Analista político e investigador del CIDE |