En estos días hemos visto morir a decenas de personas de gripe común y nos hemos sentido aliviados porque sus muertes no se pueden convertir en las nuestras. Hemos visto correr a unos niños junto a las fábricas de Perote al coro de “¡Ahí viene la peste!”.
Y se ha atascado la autopista México–Acapulco de los días festivos. La prensa, nacional e internacional, ha sido alarmista y ha demostrado una falta de ética apabullante. Y la impertinencia de una televisión que sigue infantilizando al espectador ha resultado abusiva. Y aun así, en verdad, estamos en riesgo de decir que no nos ha pasado nada. Que a pesar de que México haya sido Mexiwood alrededor del mundo, estamos bien. Y que aunque sea irritante la imagen del candidato priísta a gobernador a Nuevo León repartiendo gel antibacterial o resulte gracioso ver a Benito Juárez con tapabocas en los billetes de 20 pesos, todo esto no es nada más que una manifestación folclórica. Que ha sido indignante que reciban a un avión de Aeroméxico en Asia como si estuviera repleto de extraterrestres, sí. Pero que ha sido una alegría el regreso de otro avión del que descienden decenas de pasajeros cansados que son recibidos por Margarita Zavala. Ella sí: sin tapabocas.
Y ahora hay quien sugiere boicotear los productos chinos, escandalizarse con la xenofobia que han padecido los mexicanos en el extranjero o repetir las historias sobre tal pasajero que no pudo subir a un avión rumbo a Lima, el inmigrante al que agredieron en Chicago y la estudiante becada a la que le cancelaron su asesoría de tesis en una universidad francesa. Mientras López Obrador da un mitin en Tabasco sin las medidas sanitarias que ha establecido el gobierno de la Nación. Millones de personas siguen las declaraciones diarias de Córdova y Ebrard. Y Felipe Calderón, magnánimo, asegura que México ha salvado a la humanidad.
Pero tal vez deberíamos preguntar a costa de qué. O de quién.
Quiénes no han ido a Acapulco, quiénes confían en la televisión que eleva tanto su tono de voz que parece regaño, quién corre frente a las fábricas de Perote, quién ve en Margarita Zavala la calurosa encarnación de la justicia y quién se ríe diciendo que, en verdad, cómo México no hay dos.
Por qué razón, finalmente, nos hemos sentido aliviados de que decenas de personas hayan muerto de gripe común.
Y es que a pesar del miedo atávico al contagio, la irresponsable infodemia internacional a la que los espectadores de todo el mundo nos hemos visto sometidos, las actitudes xenofóbicas, los conteos finales de esta enfermedad incomprensible, los protocolos de la Organización Mundial de la Salud que parece que México se ha visto orillado a acatar, el encomiable comportamiento de muchos ciudadanos y el ingenio para burlarse del propio miedo, no hay margen para el alivio.
México no debería, de nuevo, voltear hacia afuera para tratar de ser más fuerte. No debería escudarse en que en los Estados Unidos hay quien menosprecia sin pudor a los inmigrantes, en que el gobierno chino está siendo intolerable o en que los latinoamericanos olvidan el apoyo incondicional que siempre les ha sido brindado. Aunque sea cierto. Porque también lo es que lo ocurre aquí no empieza en Europa ni en Washington. Y que lo que México ha vivido y todavía tiene enfrente es una oportunidad para asumir un problema doméstico, urgente y devastador. Más allá de los rostros de la política, de nuestras diferencias sociales y de la reacción internacional.
Ésta es nuestra evidencia: México convive diariamente con cincuenta millones de pobres.
Y ésta nuestra realidad interna: tenemos la obligación moral de convertir el debate sobre la pobreza en el auténtico debate nacional.
Y quizá haya llegado el momento de aprender algo de todo lo que ha sucedido. Porque por primera vez el miedo a la enfermedad nos ha hecho iguales. Y la tristeza de ver las reticencias con que México ha sido tratado alrededor del mundo, también.
De modo que tal vez sea tiempo de usar esa fuerza para pensar si el sentido común, la empatía y la íntima vergüenza nos pueden ayudar, finalmente, a evitar más muertes evitables de gripe común.
Y de recordar que no es cierto que no esté pasando nada.
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