¿Cómo no va a serlo si lo dice todo mundo? Ingreso, por ejemplo, al blog en que participo y me topo con expresiones variopintas que lo postulan sin ambages. “Farsa.” “Simulacro.” “Nos quieren ver la cara.” (Falta ahora saber cómo habrían de vérnosla si la llevamos cubierta la mayor parte del tiempo por un tapabocas.) “Imagínate las risas de quien orquestó esto.” (Y, claro, las imagino —o cuando menos imagino imaginarlas a quienes las imaginan—, roncas y lúgubres pero paroxísticas, a medio camino entre Bela Lugosi y su epígono, el Conde Contar de “Plaza Sésamo”.) “Es un golpe proyectado por el ejército de EU para mitigar el efecto de la crisis financiera y reducir la población.” (Entre menos burros más olotes: he aquí toda una teoría de la administración pública en tiempos de vacas flacas. ¡Y pensar que el secretario de Defensa gringo, Robert Gates, tuvo que chutarse un bachelor of arts, una maestría y un doctorado en Historia para llegar a tan fosforescente conclusión!) Y la mejor, a manera de demostración irrefutable: “Estamos en México, señores, país de la mediocridad y de la falsedad.” (Sigo sin comprender cómo se puede ser tan eficazmente falaz y trapacero como para engañar a la población entera de un país —salvo, claro, a los pocos iluminados que nos comparten el producto de sus epifanías críticas vía internet— y al mismo tiempo merecer la calidad de mediocre. Lo que no me asombra, en todo caso, es el recurso al vocativo “señores”, misteriosamente empleado por los paranoides siempre que penan por términos suficientemente poderosos para la arenga popular.) Total que, a juicio de unos que no son muchos pero ah-cómo-se-las-dan-de-machos, la epidemia de influenza que viven México y parte del mundo no es tal, sino una mentira urdida para ampliar el poderío del gran capital (hipótesis heredera de la Gran Conspiración Judía) o para embrutecer a la población (hipótesis heredera de la Teoría de las Industrias Culturales de la Escuela de Frankfurt) o para distraer la atención de “algo muy feo” —la cita es otra vez textual—, ignoto, sí, pero seguro terrible (hipótesis heredera de… ¿el más reciente capítulo de “Lost”?). Falta ahora saber quién la urde. Muy fácil: ellos. ¿Y quiénes son ellos? Los Malos (o, regreso a “Lost”, Los Otros). ¿A saber? El presidente de la República y el jefe de gobierno del Distrito Federal (que no se dirigen el saludo ni cuando asisten a la misma reunión pero ¡ah, cómo conspiran la misma conspiración!), los medios de comunicación (Televisa y Azteca, duopolio malvado ya-se-sabe, pero también los periódicos, en un espectro amplísimo —más amplio acaso que el de los antivirales de amplio espectro— que va de Reforma a La Jornada y pasa por éste que el lector tiene en sus manos), la Organización Mundial de la Salud y, qué novedad, el gobierno de los Estados Unidos. Formulémonos una mejor pregunta: ¿por qué se empeñan algunos en leer este u otro suceso como producto de una conspiración? Rebusco en mi biblioteca y doy con un volumen notable, titulado justamente Conspiraciones y firmado por Julio Patán, que ofrece una explicación psicosocial harto plausible. Imaginarse víctima de una conspiración, aventura Patán, es “terrible, sí, pero también tranquilizador y, por qué no, cómodo […] Una teoría de la conspiración es retorcidamente consoladora, porque en ella cualquier forma de incertidumbre es sustituida por la mancha incuestionada de una lógica operativa de validez universal, una lógica sin cuarteaduras, perversa, pero que sirve también para librarnos de responsabilidades, individuales y colectivas.” ¿Necesitamos entonces una conspiración? A ver si nos satisface ésta: ¿no será éste un complot de la naturaleza, conciliábulo de virus y bacterias para la destrucción? En su Sexual Personae, la polémica Camille Paglia describe a Madre Natura como “un avispero supurante de agresión y devastación”. Y yo, que sé que los humanos somos también naturales, le doy la razón. |