¿Quién habrá sido el primer autor a quien se le ocurrió dedicarle una obra a otra persona, fuese ya un amigo íntimo, un jerarca distante, un amante secreto, la inspiradora clandestina del producto literario o quizás un fallecido que, por simple lógica, jamás se percató del homenaje? El misterio se pierde en la bruma de los tiempos, igual de remoto como la figura del primer antillano a quien se le ocurrió dedicarle, de viva voz y a mitad del foro, un danzón a su desprevenida dama entre la concurrencia.Siguiendo con los caribeños, Alejo Carpentier le dirigió varias de sus novelas a Lilia, su mujer, con inscripciones parcas y discretas, que recuerdan a las de Vladimir Nabokov, quien dedicó todas sus novelas a su esposa Vera, a excepción de las publicadas en Berlín, poco antes de conocerla. Guillermo Cabrera Infante es más efusivo con su esposa Miriam, a quien entrega Tres Tristes Tigres con la acotación de que ella es a quien este libro debe mucho más de lo que parece… Más críptico fue García Márquez cuando puso en el frontispicio de Los funerales de la Mamá Grande una frase secreta: al cocodrilo sagrado, mensaje en clave para su esposa, a quien ya le pondría todas sus letras en El amor en los tiempos del cólera. Incluso acudió a una expresión coloquial, seguro de que los lectores tenían plenamente identificada a la destinataria del homenaje: A Mercedes, por supuesto. Parece ser que es de rigor dedicarle a las esposas una obra fundamental. Malcolm Lowry envía Bajo el volcán a Margerie Bonner; José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis a Pilar y Fernando del Paso hace lo propio con Noticias del Imperio, donde también incluyó a sus hijos y sus padres… En cambio, Paradiso de Lezama Lima no contiene la menor dedicatoria, al igual que Rayuela, de Julio Cortázar o El arte de la fuga, de Sergio Pitol, por mencionar a tres reconocidas obras latinoamericanas. Para dedicarle un libro a la esposa - al igual que cuando una va a tatuarse su nombre en el hombro-, primero hay que tener la certeza de que el divorcio es una cosa verdaderamente imposible. Ese apuro lo padeció Borges, quien le dedicó su Antología Personal a su breve señora, Elsa Astete, y luego tuvo que dedicarle otros a María Kodama, aunque con esta última casó poco antes de fallecer. La primera dedicatoria gay de la que no tenemos dudas, ubicada en una obra maestra, es la de Truman Capote, quien puso el nombre de su compañero Jack Dunphy en Desayuno en Tiffany’s. Volvería a incluirlo en A sangre fría , junto con Harper Lee, la traviesa autora de Matar a un ruiseñor. En cambio, las dedicatorias más antiguas de las que tenemos noticia son las de la poesía griega y latina aunque, no pocas veces, ésta ya venía incluida en el título. Propercio nos legó “A Cintia”, “A Cupido”, “A Cintia ausente” para concluir con uno titulado “A Cintia muerta”. Ese puñado de poemas le garantizó la inmortalidad a ambos. Catulo dedica un poema al gorrión muerto de una amiga, lamentándose de que ahora el ave viaje por un camino tenebroso y haya enrojecido los ojos de su dueña. Horacio, sumamente previsor, incluye en sendos poemas a la diosa Fortuna y a Mecenas, que por definición y coincidencia, también fue su mecenas. Nos consuela saber que Cervantes no escribió en realidad el fatigoso y cortesano encabezado de El Quijote dirigido al Duque de Béjar. La política y los políticos se vuelven asunto complicado en este campo, debido a la fragilidad de las figuras públicas que puede durar décadas o a veces menos de un año. Exactos 86 versos tiene la dedicatoria del poemario “La epopeya nacional Porfirio Díaz”, que ocupa 30 páginas de las Obras Completas de José Juan Tablada. Aquí no sólo menciona todas sus batallas y el nombre del dictador es puesto en mayúsculas a cada invocación, sino que lo fecha el 15 de septiembre de 1909… día del penúltimo cumpleaños que don Porfirio pudo celebrar en tierras mexicanas. Tablada ya no dedicó jamás un poema a ningún político vivo y paso varios años en el exilio. Claro, no olvidemos que también fue uno de lo primeros en acercarse a Victoriano Huerta. |