La alerta sanitaria provocada por el brote de influenza en nuestro país ha despertado una serie de reacciones en la sociedad que merecen la pena un vistazo.Evidentemente, en una situación como esta, en que es más lo que se ignora que lo que se conoce, los individuos, y a través de ellos la colectividad, buscan asideros para poder comprender lo que está sucediendo. La memoria de las sociedades suele ser corta, pero en casos como este se activan recodos de la mente que permanecían inactivos y se recuperan temores, incertidumbre y supersticiones de antaño. El primer mal recuerdo es también el más reciente, y en este caso no hay que ir muy lejos para recordar la fiebre aviar, que con el ominoso nombre de SARS azotó a Asia y le dio la vuelta (y un buen susto) al mundo. Es apropiado que en plena edad de la globalidad una enfermedad así recorra el globo terráqueo y se asiente por igual en Hong Kong que en Shanghai o en Toronto, en la hasta ese momento plácida y lejana Canadá. El saldo devastador del SARS no puede medirse solamente en muertos y enfermos, sino en el impacto que tuvo para las economías nacionales, regionales y locales de los lugares afectados, desde la caída del turismo en Canadá hasta los sacrificios obligados de centenares de millares, si no es que millones, de aves domésticas, pasando por el virtual estado de sitio que vivieron algunas comunidades y el aislamiento forzoso —confinamiento, podríamos llamarlo— de los individuos que enfermaron o de quienes se pensó podrían ser portadores del virus. Distinto y menor en el impacto humano el caso de las vacas locas británicas, que tantos daños causó a la industria vacuna inglesa y que tantos buenos y malos chistes provocó alrededor del mundo. Solo la pérfida Albión podría volver locas a sus propias vacas, decían algunos, mientras que otros evocaban las incomparablemente menores locuras de los toros que tenían que soportarlas. Malas bromas aparte, ese fue un primer aviso de cómo en un mundo con fronteras cada vez más tenues las enfermedades son las que más rápidamente se ajustan a las nuevas circunstancias y requerimientos migratorios. En México la memoria no alcanza y hay que recurrir a los libros de historia o a las hemerotecas para recordar las últimas grandes afectaciones sanitarias; aunque más profundas, están las ocasionadas por la llegada de los colonizadores, que devastaron a la población local con sus nuevas y mortíferas enfermedades, que les resultaron tanto o más útiles que sus armamentos y cabalgaduras para doblegar a los indígenas. Algo tienen en común las pandemias modernas, y es que su demoledor impacto lo es tanto o más en el ánimo de la población que en el número de víctimas realmente afectadas por la enfermedad en turno. La movilidad lleva a la morbilidad, que a su vez conduce a la mortandad, lo cual suena a Perogrullo hasta que nos ponemos a pensar en lo infinitamente más transmisible que resulta hoy en día un virus que en las épocas de la peste bubónica o incluso la de la última gran epidemia norteamericana, la llamada gripe española, que mató a cerca de 700 mil personas solamente en EU, pero que tuvo un impacto desastroso en otras naciones de América y Europa. Para ver cómo han cambiado las cosas, para bien y para mal, hay que ver hacia atrás: la bubónica mató a unos 35 millones en Europa en el siglo XIV; las plagas españolas a unos 3.5 millones en el México del siglo XVI, mientras que el SARS que aterró al mundo entero le costó la vida a menos de mil personas. Sin embargo, parecería haber una curva inversamente proporcional entre el número de muertos y el impacto social de estas pandemias o epidemias. La movilidad, la rapidez y la ubicuidad de los medios de comunicación hacen la diferencia entre la localización o la amplia difusión de cualquiera de estos casos. No hay mejor prueba de ello que las calles y plazas vacías en la ciudad de México. Los centenares de casos han tenido una inmediata difusión que ha permitido que la gente tome sus precauciones y se entere de las cosas con rapidez inusitada. Lo que para algunos puede ser sobrerreacción para mí es precaución comprensible y hasta útil. Es mala influencia la del pánico, pero peor aún la de minimizar una amenaza a la salud colectiva. gguerra@gcya.netwww.gabrielguerrrracastellanos.com |