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México D.F., a 17 de abril de 2009 | 10:57 PM

Sara Sefchovich
El arte de entrevistar
05 de abril de 2009
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Las entrevistas son consideradas el mejor testimonio de quién es, cómo vive, qué hace, piensa o desea el sujeto al que entrevistan o de sus conocimientos sobre algún tema que nos interesa comprender. Al menos eso es lo que esperamos que sea, el problema es que no es así.

Porque lo que vemos son entrevistadores que lo que quieren es hablar ellos. Y entonces allí está el pobre invitado, atrapado frente a las cámaras o detrás de los micrófonos, resistiendo con paciencia los comentarios, opiniones y saberes de quien lo invitó supuestamente para decir los suyos, pero que no suelta la palabra ni para respirar.

O vemos entrevistados que de plano convierten a Perogrullo en genio, como una importante funcionaria de un organismo internacional que apareció diciendo que “viene una época de vacas flacas” y que “la crisis va a tocar todos los ámbitos de la vida”. O como un senador que aseguró que “el presente cuenta mucho para el futuro”. ¿Qué haríamos sin los que saben y nos explican?

En los medios escritos las entrevistas se aderezan, editan y acomodan al gusto del entrevistador (a su capacidad o ideología). No en balde las secciones de correo de los diarios están llenas de quejas de “no dije eso” o “se sacaron de contexto mis palabras”.

Hay casos en que de plano se la inventa completita. Hace algunos años un periódico publicó una entrevista con un funcionario del IFE, y éste aseguró que jamás la había concedido. El supuesto entrevistador todavía se permitió responder furioso diciendo que “a él le habían contado que un señor con ese nombre había dicho lo que se publicó”.

A veces hasta se le puede hacer daño al entrevistado. Hace algunos días, en carta enviada a un diario de circulación nacional, una entrevistada se “deslindaba de cualquier responsabilidad por las opiniones, expresiones y juicios emitidos en los reportajes, en vista de que se hallan algo fuera del contexto en el que me entrevistó. La publicación se basa en recopilaciones de carácter periodístico con juicios emitidos por la entrevistadora”. Y aseguraba algo grave: que se dieron “datos y acusaciones que no puedo afirmar públicamente, ya sea porque no me consta la veracidad o porque aún siguen su curso en los juzgados correspondientes”.

Hasta hoy, no conozco casos de “usted disculpe”, “me equivoqué” o “siento mucho haberle hecho daño”. Cuando ya se dignan responder, los entrevistadores siempre se justifican. En el caso de la tremenda acusación que acabo de citar, la respuesta fue de un paternalismo ofensivo: la entrevistadora le declaró “su respeto” a la quejosa y le deseó que pronto supere sus heridas.

La pregunta es: ¿por qué, si se sabe que así es, las personas aceptan que se les entreviste?

Porque como bien dice la escritora española Rosa Montero, “ya se sabe que las cosas sólo existen si salen en las noticias”. Por eso cualquier convocado abre de par en par las puertas de su oficina o de su hogar para recibir a un periodista y corre a cualquier hora del día y la noche por la ciudad para una entrevista, así sea de tres minutos.

Un ejemplo que no tiene desperdicio sucedió recientemente cuando el presidente Obama nombró a la nueva secretaria de Trabajo. En una estación de radio, una locutora emocionada anunció una entrevista “exclusiva” con ella. Palabras más, palabras menos, la tal entrevista fue así:

—Muy buenas tardes, señora Hilda Solís, le llamamos desde México, estamos felices, contentos, entusiasmados, por su nombramiento.

—Gracias.

—Nos sentimos orgullosos, es un triunfo de todos nosotros los latinos, que han llegado a sitios cada vez más altos.

—Gracias.

—Me imagino que se va a ir a festejar, que se ve radiante, maravillosamente vestida y peinada, alegre, feliz, porque es un sueño hecho realidad.

—Gracias.

Y el broche de oro:

—No sé si quisiera agregar algo para nuestros radioescuchas.

—Gracias.

No conozco un mejor ejemplo para demostrar lo dicho: una entrevistadora que no deja hablar a su entrevistada y una entrevistada que, con tal de estar en los medios, acepta conceder una entrevista a cualquiera que se la pida.

sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM

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email:sarasef@prodigy.net.mx

Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia de México. Desde hace tres décadas se dedica a la investigación en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, en temas de cultura y discurso.

Es conferencista, traductora y narradora, autora de libros, capítulos de libros y artículos en revistas y periódicos nacionales e internacionales, comentarista en radio y profesora en universidades de México y del extranjero.

Entre sus ensayos están La suerte de la consorte y País de mentiras y entre sus novelas Demasiado amor, La señora de los sueños y Vivir la vida. Su obra literaria ha sido traducida a ocho idiomas y llevada al cine y al teatro.

Ha obtenido premios de ensayo, novela y periodismo, entre ellos el Agustín Yáñez, El Plural y la beca Guggenheim y forma parte del Sistema Nacional de Investigadores.

Página electrónica: www.sarasefchovich.com

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