¿Se ha puesto a pensar, estimado lector, en la constante necesidad del ser humano de inventarse o hacerse de enemigos? Así es. Aunque no lo crea, su vida, al igual que la historia de la humanidad, está fundada en una concepción dual, es decir, que para la percepción de muchos necesitamos de enemigos para recrearnos una identidad propia. ¿Se imagina una vida sin “el bien” y “el mal” o a Dios sin el Diablo? O por qué no: ¿qué sería del América sin el Guadalajara? Seguramente, se ha encontrado con personas aparentemente muy diferentes a usted o cuyos intereses se oponen a los suyos. Es probable que estas tensiones hayan derivado en enemistades. Pero ¿ha sentido que alguien que apenas conoce “le tira mala vibra”, le hace “grilla”, le tiene envidia? Probablemente tenemos la necesidad de inventarnos enemigos imaginarios. Pero ¿por qué la necesidad de inventar enemigos? David Barash, en su obra Beloved Enemies, sugiere que cuando un individuo se siente agredido por otro y se ve incapaz de vengarse o responder, probablemente transferirá su dolor con un tercer sujeto. Esto es a lo que los sociólogos llaman agresión redirigida, proceso con el que solemos inventar chivos expiatorios: enemigos falsos en los que vertimos nuestras frustraciones y estrés. Según Barash, hay una razón evolutiva para que esto suceda. Cuando un individuo es agredido y no responde a la agresión, está enviando el mensaje de que puede ser abusado. Así, es útil en términos evolutivos mostrarse agresivo con otros individuos para no ser víctima de todos y sobrevivir. Aun si la agresión redirigida sea natural, no es necesariamente positiva para nuestra sociedad. La creación de enemigos imaginarios contribuye a la formación de identidades. Primero el agresor enfoca su blanco, lo nombra peyorativamente y, por último, lo reta. Yo les he preguntado a muchas personas: ¿cuál es el pecado que más cometes? Nadie me ha dicho que la envidia y, sin embargo, todos me han dicho que alguien los envidia. Sentirse envidiado le permite destacar las diferencias entre usted y su enemigo imaginario (v.gr. el extraño que usa su cajón de estacionamiento sin al menos saber que usted existe). Con ello usted puede calificarlo de envidioso y, por tanto, calificarse y definirse a sí mismo de envidiable ya sea por su éxito, su atractivo o cualquier otro atributo. En un momento específico, usted es importante porque hay un enemigo latente a su alrededor. ¿Acaso cree que es importante para sus amigos? La respuesta es no; definitivamente para sus amigos usted es aburrido, pero ¿qué me dice de sus enemigos? ¡Claro! Para ellos es necesaria su existencia y esto lo hace importante. Este sistema tradicional que consta en tener enemigos se convierte en una dependencia. ¿Cuántas veces no ha sonreído usted ante los fracasos del “otro”? ¿O disfrutado de la derrota del equipo contrario? El placer de este tipo de actos perversos ofrece un tipo de satisfacción única. Incluso algunos y —espero que usted, lector, no lo sea— gustan de imaginar y crear enemigos unilaterales a los que humillan con sus logros. Tenga cuidado: cuando se crean enemigos imaginarios surge el peligro de deshumanizar al “otro”. En el siglo XVI los conquistadores argumentaban que los nativos de América carecían de alma y por lo tanto Dios los creó para servirles. En su ensayo ¿Por qué la guerra?, David Livingstone Smith dice: “Durante la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, los soldados australianos comparaban el dispararle a los enemigos combatientes con ‘cazar canguros en los arbustos’, mientras que los americanos y los británicos hablaban de dispararles a ‘conejos humanos’”. ¿Usted alguna vez se ha referido a un ser humano como “ese perro”, “esa víbora” o “esa manzana podrida”? No obstante, la imagen del enemigo puede ser útil para la salud. Crear y conservar la relación con el enemigo no está tan lejano del acto de comer o dormir, ya que todos estos hábitos mantienen la salud física y mental de los individuos. Ya que el enemigo es su ayudante, ámelo, cuídelo y presérvelo. Recuerde: hay enemigos reales, de quienes conviene tomar precauciones. Mientras que la creación de enemigos imaginarios es peligrosa y distorsionante puede, sin embargo, servir para formar identidad y hacernos más competitivos. Pero que esto no sirva de pretexto para odiar al otro y confirmar una visión equivocada del mundo que violente la humanidad del “otro”. Bush inventó enemigos para manipular a su gente, Bismark los creó para unificar Alemania, Hitler para legitimizar su maldad. Por todo lo anterior, se requiere examinar el cerebro que llevamos dentro, distinguir entre el enemigo real y el imaginario, revalorizar que cuesta más un enemigo —a nuestra salud y esperanza de vida— que el beneficio que nos ofrece el autoengaño para manipular nuestra existencia. En suma, debemos preguntarnos reiteradamente: ¿pensamos que pensamos lo que pensamos? aroemer@podercivico.org.mx Doctor en Políticas Públicas y presidente de Poder Cívico, AC |