En menos de 100 días elegiremos diputados. En esa elección se cumplirán 12 años del derrumbe final del régimen de la Revolución. Dos sexenios enteros de vivir sin un régimen político en México, es decir, sin que haya claridad en cuáles son los valores que guían las decisiones colectivas en nuestro país, ni cuáles son las reglas por medio de las cuales se llega al poder, se usa, distribuye y abandona.Dos sexenios de interregno, de disolución lenta del antiguo régimen sin el establecimiento claro de nada que lo sustituya. Parece claro que la dirección original era hacia un régimen democrático, pero es difícil estar seguros de que mantenemos ese rumbo. Los órganos autónomos que tan importantes fueron en el arranque del proceso hoy yacen desprestigiados, rehenes de la oligarquía partidista o de la económica. En 1997, cuando el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados, se cerró definitivamente el periodo iniciado en 1938. En el año del petróleo se habían ya subordinado el poder Legislativo y el Judicial al presidente, el partido hegemónico (más bien, único) era ya corporativo. Lo mismo había ocurrido con las fuerzas vivas, todas convertidas en las corporaciones que sostenían al régimen, recibiendo a cambio prebendas y privilegios: obreros, campesinos, empresarios, universidades. El régimen de la Revolución inicia entonces, y termina hace 12 años. Sin embargo, no se logra construir algo que lo sustituya. En 1997 era imposible, puesto que el presidente y el Senado provenían de la elección previa. Pero en 2000 tampoco pudo hacerse, porque el partido que obtiene la Presidencia no tiene mayoría en las cámaras, y el PRI, a pesar de perder la Presidencia, mantiene durante todo el sexenio el primer lugar en las elecciones. En esos años, el PRI creyó que había perdido la Presidencia frente a Fox, pero no el poder. Sólo habían prestado Los Pinos, y era seguro para ellos que regresarían. Por eso se negaron a cualquier negociación que llevase a un nuevo acuerdo: no lo necesitaban. El cambio de partido en la Presidencia era esperado por muchos como el paso decisivo hacia un nuevo régimen, pero esa era una esperanza inútil. Si bien en el régimen de la Revolución el presidente era la piedra angular del sistema, retirarla sólo garantizaba el derrumbe, no la nueva construcción. Para eso hacía falta bastante más, y no se ha hecho. Se dice que Vicente Fox no tenía idea de cómo hacerlo, pero aunque la hubiera tenido, no contaba con las herramientas. Ni había en el PAN los cuadros suficientes ni el PRI tenía interés alguno en colaborar. Ellos regresarían en seis años. No fue así. La tradición del nacionalismo revolucionario fue enarbolada por otro candidato, y el PRI se libró por poco de su desaparición. El segundo presidente del PAN, Felipe Calderón, tampoco da inicio a la construcción de un nuevo régimen. Al igual que Fox, está corto de herramientas. El PRI ha aprendido a negociar, así sea por encimita, pero sólo porque quiere regresar a Los Pinos. Durante 12 años, el país camina por pura inercia. Desde entonces no podemos tomar decisiones de largo plazo, porque en el interregno nadie tiene incentivos para hacerlo. Gracias al TLC, la economía mexicana se mueve al ritmo de la industria estadounidense, en las buenas y en las malas, como hoy. Gracias a la reforma electoral de 1996, ahí vamos dando tumbos, con un sensible deterioro institucional. Pero no avanzamos, y 12 años son muchos para la pura inercia. El año próximo la economía no seguirá a Estados Unidos en la recuperación, porque habremos perdido el soporte del petróleo; difícilmente las instituciones electorales sobrevivirán a la elección de julio; y los fantasmas del pasado siguen ocupando el panorama. Porque ninguno de nuestros problemas surgió por generación espontánea. Ni los empresarios abusivos ni los sindicatos corporativos ni el crimen organizado son producto de estos 12 años. Pero todos ellos han crecido ante el derrumbe del régimen. Y van agotando los recursos del Estado. Los empresarios quieren diesel barato, menos impuestos, mercados cerrados; los sindicatos agotan el presupuesto, cierran plantas; el crimen organizado disputa el control territorial. El Estado se hunde sin un nuevo régimen político. Frente a ello, vemos sólo aristas: unos reclaman la ley electoral, otros la caída petrolera; unos más la lentitud del gobierno, los de más allá el autismo partidista. Que si el dólar, el petróleo, el 2012, el 2010, el loco, el crimen, la inseguridad, el desempleo. Puros pedacitos de un rompecabezas. No es otra cosa que la caída del segundo régimen político mexicano, el de la Revolución. No hay otra salida que la construcción del tercero. A ver para cuándo. www.macario.com.mx Profesor de Humanidades del ITESM-CCM |