En mi anterior entrega ofrecí explorar los factores que pueden impedir encarar el reto de alimentar, sin inequidades, a los cerca de 135 millones de habitantes de México a mediados del siglo y al mismo tiempo lograr una producción agrícola sustentable, sin destruir los ecosistemas de los que depende nuestra vida.La agricultura sustentable consiste en tener prácticas que satisfacen las necesidades actuales y futuras de la sociedad por alimentos y fibras, manteniendo la provisión de servicios ecosistémicos y vidas saludables, y que al satisfacer esas necesidades, maximizan el beneficio neto a la sociedad actual y las generaciones futuras, al considerar el balance de costos y beneficios de dichas prácticas. Las prácticas agrícolas que se utilicen en México determinarán el futuro de los niveles y la calidad de la producción alimentaria y, en gran medida, el estado de conservación de nuestro ambiente. Una proporción poco definida (si no me cree vea el último censo agropecuario) pero grande de nuestro territorio se dedica a la agricultura y a la ganadería, ambas intensivas o extensivas; gran parte de esa extensión no ha tenido vocación agrícola o ganadera y ha causado enormes pérdidas de nuestro capital natural. En la práctica no hay más área adecuada para extender la frontera agrícola. Los incrementos en producción tendrán que venir de aumentar la productividad, lo cual también presenta problemas serios. ¿Cómo minimizar costos ambientales y simultáneamente aumentar la producción de alimentos? Esto implica resolver las contradicciones existentes entre intereses agrícolas y ecológicos, y enfocar la atención en los siguientes puntos: a) incrementar los rendimientos agrícolas; b) aumentar la eficiencia de uso de fertilizantes, que oscila entre 30% y 50%; c) aumentar la eficiencia del uso del agua; d) mantener y restaurar la fertilidad del suelo; e) mejor control de plagas y enfermedades; y f) diseñar nuevos sistemas agrícolas y adoptar los existentes que hacen uso de la diversidad biológica. Además, será imposible diseñar una agricultura sustentable fuera del contexto de mayor eficiencia de las demandas de energía. Los análisis de varios especialistas del tema sugieren que hay pocas probabilidades de alcanzar los rendimientos agrícolas de las últimas cuatro décadas, ya que las mejores tierras han sido abiertas ya a la actividad agrícola y casi todas las nuevas serán tierras marginales de bajos rendimientos y muy susceptibles a la degradación, con un acceso a la irrigación casi nulo por su ubicación y por la escasez del recurso, cada vez más competido. En adición, la producción de los tres principales cultivos (maíz, trigo y arroz) ha alcanzado en la mayor parte del mundo niveles tope de rendimiento y su susceptibilidad a plagas y enfermedades, por ser monocultivos, ha aumentado. Aprovechar la diversidad agrícola, evitar sistemas estándar de producción, propiciar cercos vivos, mantener policultivos, etcétera, son todas ellas prácticas comunes en las zonas de “agricultura tradicional” de nuestro país. Estas prácticas son ahora sujetos de subsidios enmascarados en los países desarrollados por el papel importante que tienen en mantener un mejor equilibrio ecológico en y alrededor de los campos agrícolas. Debemos dejar de ser más papistas que el Papa y proveer de subsidios a nuestros productores agrícolas, especialmente a los rurales, que, en vez de manipularlos políticamente o de propiciar corrupción, estimulen un acercamiento a una agricultura más sustentable y ecológicamente menos dañina. Más en mi próxima entrega. jose.sarukhan@hotmail.com Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM |