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Entre los filólogos, como en cualquier profesión, hay de todo: buenos, mediocres, espléndidos y hasta geniales. Pero los filólogos se han convertido —al lado de los “académicos”, entre cuyas filas se forman muchos de ellos; como los “teóricos”, también— en los villanos a modo de la literatura en esta época tan poco curiosa y tan desmañada.Entre nosotros, la razón de este curioso fenómeno está a medias oculta pero alguna relación tiene con el positivismo del siglo XIX, mal afamado en México por culpa del porfirismo. En la buena crítica académica, cualquier lector puede aprender mucho de literatura; quienes disienten de estas opiniones suelen defender con brío inexplicable nebulosidades evocadoras de la docta ignorancia, la ciencia infusa y el romanticismo más chirle. Uno se cansa de oír los consejos de la escuela del sonambulismo: “ten cuidado con los filólogos, los teóricos, los académicos”, “desconfía del rigor excesivo”, “no hace falta demasiado seso ni demasiado estudio para ocuparse de poesía”. El complemento o seguimiento perfecto de esas advertencias es la siguiente serie de consejos, en mi opinión auténticamente siniestros: “lee de cualquier manera y guiado siempre por tu solo instinto”, “entiende como puedas, aunque entiendas mal: tu intuición es lo más valioso”, “para la poesía es necesaria una dosis considerable de irracionalismo y ni siquiera medio gramo de metodología”. Luego uno se pregunta por qué los poetas tienen una imagen tan cochambrosa entre la gente común y silvestre. Es como si se nos recomendara hacer las cosas con una especie de santo descuido, bendecido por los manes de la espontaneidad, la antisolemnidad y todas esas zarandajas tan de moda en México y en el mundo, y tan dañinas, tan desencaminadoras. Todo esto es consecuencia de varios malentendidos superpuestos, combinados y ofrecidos al público inocente en dosis variables, siempre perniciosas. He aquí un malentendido sobre la poesía: ésta es un asunto del corazón, de la sensibilidad vagabunda, y nada tiene que ver con las maquinaciones de la razón, ni por asomo. Otro malentendido: la filología es una actividad puramente mental, en el mejor de los casos, o mecánica, en el peor; es enemiga acérrima de la inspiración y se ocupa solamente de etiquetas y clasificaciones acaso útiles para los maestros de escuelas pero ajenas totalmente a las tareas de la creación literaria. Diré cuanto antes que prefiero leer un buen artículo filológico sobre el Arcipreste de Hita que un poema neblinoso de esos que siguen hablando del crepúsculo y la pena minúscula del “vate”, triste herederos de la batalla pasada. Eso para no hablar de tantas novelas “geniales” que para mí son puras gansadas. |