Una sociedad no puede tener una forma común de ver el mundo. Ni siquiera de ordenar las diferentes alternativas de acción posibles. Sólo cuando las preferencias de una persona se imponen al resto de la sociedad, es posible imaginar esa forma común. La democracia no permite eliminar el conflicto, sino procesarlo. Es el mejor sistema para identificar las preferencias que tiene la mayoría de la población. No necesariamente lleva a buenos gobiernos ni da como resultado sociedades armónicas. Simplemente procesa conflictos, cuando pueden procesarse.Suponer que se puede tener un sistema democrático sin conflicto es absurdo. Convertirlo en ley, como se ha hecho en México, es demencial. Los hechos, como vemos, se imponen a las restricciones normativas que no tienen sentido, y el conflicto aflora. Frente a ello, muchas personas se preocupan. Si su preocupación deriva del conflicto en sí, entonces es que todavía no pueden superar el pasado. Añoran la armonía del cementerio social que fue el régimen autoritario, y frente a ello no puede hacerse nada. Simplemente, la democracia les es ajena. Si la preocupación no es por el conflicto en sí mismo, sino por sus temas, tal vez haya algo de razón en su desasosiego. Puede resultar molesto que los partidos políticos discutan acerca del apoyo que cada uno brinda en la lucha contra el narcotráfico, o de si han tomado seriamente sus labores legislativas. Pero aunque sea molesto el tema, efectivamente debe discutirse públicamente. Para todos es claro que el PRI optó en esta Legislatura por negociar con el gobierno federal, ya que aprendió que su postura renuente en el gobierno de Fox no fue rentable electoralmente. Pero también para todos es claro que esa negociación se ha llevado a cabo aprovechando el error estratégico del PRD, forzando al gobierno a ceder todo lo posible. Dicho de otra manera, el PRI ha sabido aprovechar, y abusar, de su poder de negociación. En algún momento su contraparte los pondría en evidencia, y ha resultado ahora, con las reformas asociadas a la lucha contra el crimen organizado. Es muy posible que las reformas enviadas por el Ejecutivo requirieran modificaciones, cirugía mayor si se quiere, pero en el contexto de dos años de tortuguismo legislativo utilizado para cosechar, es perfectamente creíble que el PRI escatima apoyo al Presidente. Y de eso los acusan. Pero tal vez la preocupación no sea el conflicto en sí ni los temas, sino por la “altura del debate”, frase usada para no decir que lo que no les gusta es el modito. Si la preocupación es esa, no tiene sentido. El modito lo calificarán los electores, no los opinadores. Y los gustos de estos grupos no coinciden. Hay una preocupación un poco diferente, que no tiene que ver con el conflicto, sus temas o sus modos, sino con las consecuencias. Se argumenta que una campaña basada en el conflicto necesariamente llevará a una situación de ingobernabilidad después de la elección. Incluso se utiliza el caso de 2006 como evidencia de ello. Me parece que quien sostiene esto se equivoca, y si utiliza el ejemplo de 2006 se equivoca doblemente. En primer lugar, el conflicto de 2006 no tiene mucho que ver con si la campaña fue o no agresiva. Tiene que ver con que quien perdió no supo aceptar su derrota. Y no la iba a aceptar de ninguna manera, como se dijo en su momento. La agresividad de las campañas, vuelvo al inicio de mi argumento, es consustancial a la democracia. Un breve recorrido por elecciones en diferentes partes del mundo puede confirmar esto. Una elección es una lucha por el poder llevada a través de canales institucionales. Esto no reduce ni el tamaño del premio ni las ganas de obtenerlo. Nada más canaliza, perdóneme la redundancia. Si esos caminos están mal hechos, las ganas se salen de madre, y las cosas se ven feas. Pero si uno pone caminos estrechos para llegar al paraíso, no puede sino cosechar el desbordamiento de los ánimos. A lo mejor no está claro, pero lo que se quiere alcanzar es el poder. Nada menos que eso. Pero sí hay algo detrás del conflicto electoral que lo hace más violento de lo que debería ser. Detrás de las declaraciones está la falta de una evaluación seria de cómo fue que llegamos adonde estamos. Porque ni el crimen organizado ni la incompetencia de nuestra economía surgieron por generación espontánea. Ni los millones de pobres son escenografía traída para el acto. Lo que tenemos que discernir los mexicanos es si las decisiones que se tomaron en las décadas pasadas fueron o no correctas, y en qué medida nos están ahorcando todavía hoy. Eso es lo que el PRI no quiere discutir, porque en sus vidas pasadas impidieron que este país fuese democrático, competitivo y justo, y no quieren pagar por ello. Quieren que se olviden esas décadas y que los mexicanos sólo evalúen lo que hoy ven. Muchos defectos tiene el PAN, y deben evidenciarse, pero antes que nada tenemos que discutir, públicamente, qué hizo el PRI con México en el siglo pasado. No se escondan. www.macario.com.mx Profesor de Humanidades del ITESM-CCM |