Para producir alimentos, la humanidad —desde hace miles de años— ha transformado ecosistemas (bosques, selvas, praderas naturales) que por sus características (cercanía a los núcleos de población, suelos profundos y fértiles, disponibilidad de agua, etcétera) resultaban ideales para establecer cultivos, una vez inventada la agricultura y dominada la capacidad para domesticar las especies con las que se alimentaba. Este proceso se ha intensificado con el crecimiento poblacional, que tuvo un incremento exponencial en la segunda mitad del siglo pasado.Al hacer lo anterior, se ha ganado capacidad de producción de comida, indispensable para alimentar a una creciente población con crecientes demandas per cápita de alimento, pero se han perdido servicios que esos ecosistemas prestan a la humanidad, como la captura del agua de lluvia que mantiene manantiales, ríos y lagos, los suelos fértiles que se han erosionado en grandes áreas que se tornan inútiles para la producción agrícola; se han contaminado suelos, ríos, lagos y mares por el uso creciente —y frecuentemente ineficiente— de fertilizantes y agroquímicos en la agricultura altamente tecnificada. A lo largo de varios siglos, la agricultura se ha convertido en el factor más importante de transformación de los ecosistemas naturales terrestres y por lo tanto de pérdida de la diversidad biológica. No se pueden evitar la perturbación de los sistemas naturales ni el deterioro ambiental en la producción de alimentos; lo que sí se puede hacer es reducir su impacto, y, más importantemente aún, incrementar la capacidad de producirlos de manera sustentable, sin el deterioro ambiental generado en casi todo el mundo y que hace inviables, en el largo plazo, a muchos modos de producción agrícola. El problema se vuelve mucho más serio al analizar las perspectivas de intensificación de la producción alimentaria con miras a la población que existirá a mediados del presente siglo. La duplicación de la producción agrícola en las últimas tres o cuatro décadas conllevó aumentar casi siete y 3.5 veces la fertilización con nitrógeno y fósforo, respectivamente; un incremento de 1.7 veces del uso de agua para irrigación (la mitad de la cual se desperdicia en países como el nuestro) y un incremento en el área agrícola. Para alimentar la población mundial a mediados de siglo (al igual de lo que tendrá que ocurrir en México) habrá que duplicar nuevamente la producción agrícola, lo que implicará triplicar el uso de fertilizantes, aumentar sensiblemente el área irrigada y se requerirá casi 20% mayor área bajo cultivo. Los impactos de esta producción serán muy severos, especialmente en los cuerpos de agua dulce y en los mares, reduciendo aún más las pesquerías y la vida acuática de estos sistemas. El drenaje al mar, por los grandes ríos, de enormes cantidades de fertilizantes de las zonas agrícolas crea extensas zonas marinas “muertas” donde no hay vida animal. Por ejemplo, la “zona muerta” del golfo de México por el drenaje del río Mississippi, cubre unos 25 mil kilómetros cuadrados. Hay cerca de 150 de estas “zonas muertas” en el mundo. Un efecto adicional será el incremento de gases con efecto de invernadero, por la emisión de óxidos de nitrógeno por los fertilizantes. En mi próxima entrega discutiré algunas de las circunstancias centrales que afectarán nuestra capacidad de alimentar a los 135 millones de habitantes que poblarán México, y las opciones para lograrlo sin destruir los remanentes ecosistemas naturales de nuestro país. jose.sarukhan@hotmail.com Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM |