Una de las primeras víctimas de la crisis global parece ser la lógica económica. En su lugar, regresa esa vieja intuición que sostiene que no hay manera de que un mecanismo descentralizado funcione, sino que debe existir alguien, una persona u organización, que dirija y planee las acciones de la sociedad. O más fácil, regresan los adoradores del Estado, los estatólatras, que en México son legión, pero que también existen en otras partes del mundo.Según esta tribu, la crisis que hoy enfrenta el mundo entero es una muestra flagrante de que el mercado es incapaz de funcionar, y que es necesario el Estado para guiarlo. De nada sirve explicarles que esta crisis es producto, precisamente, de la intervención del Estado. Porque nunca hubieran podido endeudarse las familias en Estados Unidos como lo hicieron si no fuese por decisiones de los gobiernos de Estados Unidos y de China. En el primer país, se decidió promover la vivienda para todos, aun para quienes no tenían con qué pagar un crédito, y por ello se amplió la capacidad de las financieras casi gubernamentales (Fannie Mae y Freddie Mac) para que otorgaran créditos a quienes no cumplían los criterios normales. Son ellos los que se llaman subprime. No sólo eso, sino que la Reserva Federal promovió el crecimiento de esta burbuja inmobiliaria al reducir las tasas de interés para evitar una recesión más profunda en 2001, después del derrumbe de las torres gemelas. Justo en esta semana, el entonces director de la Fed, Alan Greenspan, escribe un artículo para defenderse, argumentando que no fue esa reducción de tasas la que promovió la burbuja, sino la que ocurrió debido al exceso de recursos chinos que se movieron a Estados Unidos. Y esta es la tercera intervención del Estado: el gobierno chino, preocupado por impulsar su economía, decidió crecer con base en exportaciones desde hace ya un par de décadas. Para ello, decidió mantener su moneda subvaluada, lo que implicaba deshacerse de los dólares que obtenía por exportaciones. Y qué mejor forma de deshacerse de ellos que colocándolos en los bonos del gobierno de Estados Unidos. Esa gran cantidad de dinero provocó la reducción de las tasas de interés de largo plazo en el país vecino, efectivamente ampliando la burbuja. La crisis, así como la ve usted, es producto de decisiones del Estado, que impidieron que el mercado actuara normalmente. Si quiere añadirle una explicación adicional, la regulación sobre el mercado, que sí existía, no fue utilizada adecuadamente. Una falla más del Estado. Pero no debería sorprendernos, es exactamente lo que ocurrió en México en los primeros años 90. El Estado, el gobierno de Salinas, impidió que el mercado ajustara el tipo de cambio, hasta que no pudo más, con los resultados que todos conocemos. Pero es muy difícil entender que el mercado resuelve problemas mejor que el Estado. En el fondo, esto significa que muchas cabezas piensan mejor que una, puesto que en el mercado tenemos millones de personas decidiendo sobre pequeñas cosas, mientras que en el Estado tenemos pocas personas decidiendo sobre millones de cosas. Visto así, debería ser evidente que el mercado tiene más probabilidades de funcionar mejor. Sin embargo, no nos es natural entender las cosas de esta manera. Preferimos, porque así estamos hechos, asociar las decisiones con personas concretas, y cuando no podemos hacerlo, nos da miedo. Y es el miedo el que nos lleva a adorar al Estado. Este miércoles pasado, Mauricio Merino nos narraba su hazaña: la revisión detallada de las plataformas electorales de los partidos políticos. Obtiene tres conclusiones: que los partidos ven al Estado como un ente casi omnipotente, que no existe un diagnóstico común, y que usan a la pobreza y la desigualdad como ejes para atraer votantes. Lo diré de otra forma: estatólatras, confundidos y populistas. Adoradores del Estado, porque tienen miedo. En eso son representantes de la sociedad, una sociedad de eternos adolescentes, incapaces de decidir y asumir su responsabilidad, y por lo tanto siempre necesitados de un padre, el Estado, que resuelva los problemas. Confundidos, incapaces de coincidencias en el diagnóstico, porque no hemos sido capaces de discutir en serio cómo fue que llegamos al punto en que nos encontramos. Populistas, porque todo el tratamiento de la pobreza y la desigualdad se hace, precisamente, sin tener el diagnóstico de su origen. Es decir, no se entiende a la pobreza y la desigualdad como resultado de diversas fuerzas económicas y políticas, sino como una cosa en sí misma, que puede aparecerse o desaparecerse a voluntad. El miedo a decidir, el miedo a entender, el miedo nos paraliza. www.macario.com.mx Profesor de Humanidades del ITESM-CCM |