alejandro.villagomez@cide.edu/wwwtinteroeconomico.blogspot.com
Cuando uno se enferma y sabe que la cura requiere de algunas semanas, pienso que lo mejor es que el enfermo conozca la información disponible sobre ésta y lo que no se sabe, su duración posible, los tratamientos alternativos, adecuados y factibles y los riesgos de complicación existentes. Creo que esto permite que el individuo tome las decisiones pertinentes y adecuadas, que además debieran contribuir a salir del problema. Claramente una situación de ignorancia o desinformación lo llevan a posiciones como “mañana estaré ya bien” o “me voy a morir”. Pienso que algo similar sucede con una crisis económica como la actual. Conocemos la enfermedad y sabemos, aunque de manera limitada, cómo se desarrolla. Contamos con tratamientos alternativos, pero como en la medicina, ninguno garantiza el 100% de efectividad. Además existen riesgos de complicaciones que muchas veces no podemos controlar, aunque sí intentar evitarlos o mitigarlos. Pero tampoco tiene sentido asumir a priori que todo estará bien pronto, como por arte de magia, ni otorgar probabilidad cero a mayores complicaciones. En este sentido, primero hay que recordar el origen de la crisis y sus consecuencias. La ruptura de la burbuja inmobiliaria y el inicio de la disminución en precios de las casas en Estados Unidos conduce a la ruptura del mercado de créditos hipotecarios, inicialmente en su segmento subprime, y a la creciente insolvencia de los deudores. Esto se traduce en pérdidas para los intermediarios financieros poseedores o vinculados a estos instrumentos, conduciendo eventualmente a una contracción crediticia. Al reconocerse estas pérdidas en los libros de las instituciones que los otorgaron, se tiene como contrapartida una reducción en su capital en la misma magnitud. Hay que recordar que este capital es el respaldo de su cartera de préstamos e inversiones (sus activos). Al disminuir el capital por debajo de un nivel considerado adecuado por el regulador, el intermediario empieza a ser percibido con mayor riesgo por el mercado, aumentando sus costos de fondeo, reduciendo el precio de sus acciones, disminuyendo su capacidad para obtener más capital y, por ende, limitando su expansión crediticia. Pero de manera importante, cuando registra pérdidas por créditos impagables, para ajustarse a la caída de su capital debe reducir su cartera crediticia u obtener más capital. En las condiciones actuales ya no son sólo instrumentos subprime, sino que se extendió prácticamente a todo tipo de préstamo: hipotecario, comercial, empresarial, tarjetas, préstamos para automóviles y educativos, y otros instrumentos y bonos como los corporativos o los soberanos. El fenómeno es global alcanzando a todo tipo de intermediario, dentro y fuera de EU. Tenemos mercados disfuncionales, con altos niveles de incertidumbre y desconfianza y con una creciente dificultad o imposibilidad de valuar diversos activos, varios de los cuales ni siquiera cuentan ya con un mercado. El proceso de remates (fire sales) sólo retroalimenta y profundiza el problema, deprimiendo más los precios, requiriendo mayores reducciones de activos y acrecentando las pérdidas. Claramente la posibilidad de obtener capital adicional del mercado privado es prácticamente nula. Este es el proceso de desapalancamiento que estamos observando y que se mantendrá mientras continúe la disminución de precios de las casas y la enorme dificultad de los intermediarios para atraer nuevo capital (los casos de Citi y AIG son los más visibles en este momento). Dicho sea de paso, el poco apetito al riesgo, la incertidumbre y desconfianza alimentan la búsqueda por instrumentos seguros (básicamente los bonos del Tesoro), lo que continuará afectando los mercados de divisas, sobre todo los emergentes como el nuestro. En segundo lugar, la astringencia crediticia ha tenido un enorme impacto en las economías reales, y éste es un proceso que viene desfasado. Mientras no se estabilicen los mercados financieros, no sabremos la magnitud del impacto en el mundo real. No sólo eso, sino que entre más se prolonguen los problemas en los mercados financieros, mayores serán las consecuencias en la economía real. Cada vez son más voces reconocidas, en Estados Unidos y Europa que plantean como inevitable una recesión tipo “L”, y recientemente Barro otorgaba una probabilidad de 20% a una depresión. En la próxima reunión del G-20, el llamado será a incrementar los paquetes fiscales y lograr una mayor coordinación mundial en su ejecución. Tercero, nuestro ciclo económico está muy ligado al estadounidense, en particular en cuanto a la producción industrial, y salvo que encontremos una medicina mágica, no desaparecerá esta vinculación, por lo que podemos imaginarnos lo que viene. No obstante, también sabemos que estas crisis no son permanentes, sino procesos cíclicos, y resulta fundamental pensar en el futuro. Cuando se inicie la salida, las economías mejor armadas podrán hacerlo de manera más rápida. Es en esta idea en la que deberíamos estar trabajando ya como país, o sufriremos además la resaca de la crisis. PD. Varios lectores me han solicitado discutir el asunto de las minusvalías en pensiones, pero el espacio y los temas no me han dado la oportunidad. En mi blog “Tintero Económico Diario” he colocado un par de notas este fin de semana pasado. Investigador del CIDE y de la EGAP-ITESM-CCM |