Margarita no se parece a Marta. No. Ni en la estatura ni en la conducta. Ni siquiera en la manera de desenvolverse como primera dama. Marta era distinta. Su deseo de control y poder traspasaban Los Pinos. A Vicente no le importaba; por el contrario, decía: “No concibo mi vida sin mi esposa Marta Sahagún, pues está atada a ella”.La esposa del presidente Felipe Calderón, desde 1993, Margarita Esther Zavala Gómez del Campo, es tranquilidad; mientras que la ex primera dama era sinónimo de escándalo, polémicas, excesos, “una referencia muy negativa”, como lo señaló el investigador de El Colegio de México, Lorenzo Meyer. Margarita es también, de algún modo, el estereotipo del ideal de mujer panista: madre ocupada (de sus tres hijos), amable, católica, preocupada por hacer buenas obras. Es esa primera dama que visita a los huérfanos, pide salvaguardar los derechos humanos y reparte juguetes entre los pobres, esto, aunque ediles como Edurado Zarzosa de San Felipe del Progreso, estado de México, no se lo permitieran. A Margarita le tocó lidiar con “un odio a todo lo que tiene que ver con la primera dama”, según apuntaló Sara Sefchovich recién iniciado el gobierno de Calderón. Pero, ¿será así? ¿Margarita sólo tiene esta faceta? ¿O deseará que las palabras de Carlos Aguiar Retes, presidente de la Conferencia del Episcopado de México, cuando la celebró diciendo “que sea querida por todo el pueblo, no sólo por el señor Presidente”, sean ciertas? Si bien la primera dama se crió en el seno de una familia con una marcada influencia panista —muestra de ello es que su hermano Juan Ignacio Zavala también milita en el blanquiazul—, esto no evita que surjan escándalos, como el que la llevó a presentar una denuncia ante la PGR porque la coalición Por el Bien de Todos acusó a su otro hermano, Diego, de enriquecerse mediando contratos otorgados por el gobierno de Felipe (su esposo) cuando era secretario de Energía. Margarita no se parece a Marta. Por lo menos no hasta ahora. No tiene una fundación como Vamos México, pero sí se ha echado una “cascarita” (en 2006 acompañó a su hijo Luis Felipe Calderón Jr.) y también ha dejado ver otro lado, uno un tanto soñador —¿o quizá travieso, pícaro?—, como en esta foto en la que se cuelga de un columpio formado por una llanta. lizbeth.hernandez@eluniversal.com.mx Investigadora del Centro de Documentación de EL UNIVERSAL |