Todos sabemos que el nivel de “analfabetismo” económico y financiero entre la población es aún extremadamente alto, lo cual por cierto ocurre en la mayoría de los países.Este es un tema que en los últimos años ha sido ampliamente documentado y estudiado por algunos gobiernos, organismos internacionales y la academia, y los resultados son bastante preocupantes y alarmantes. No es un problema de cultura general que nos permita agregar una “gracia” más a nuestro acervo de conocimientos. Su relevancia estriba simple y sencillamente en que afecta de manera directa nuestro nivel de bienestar actual y futuro. Tampoco me refiero a crear “un pequeño economista” en cada individuo, sino de que éste cuente con los medios e instrumentos mínimos y básicos adecuados para poder interpretar y procesar el enorme cúmulo de información económica y financiera que recibe día con día y que forma la base para una gran cantidad de decisiones que toma durante toda su vida, afectando en este sentido su nivel de bienestar. Es algo similar a la educación médica o de prevención que se ha realizado por décadas en todo el mundo, y que seguramente ha sido un elemento que ha permitido mejorar nuestras condiciones en la materia. Tampoco se trató de crear “un pequeño médico” en cada individuo, sino de que entendiéramos causas y procesos de diversas enfermedades comunes, así como los mecanismos para prevenirlas. Mejorar hábitos de higiene personal, alimentación, ejercicio y otros cuidados personales para evitar gripes, malaria y múltiples enfermedades infecciosas requirió de introducir amplios y sistemáticos programas de educación en el tema, desde la currícula escolar hasta el uso de campañas masivas de difusión. Esto debiera ocurrir con la educación económica y financiera, y no es un asunto acotado a individuos de altos ingresos como suele creerse. Todos, absolutamente todos estamos diariamente en contacto con múltiples actividades económicas, de muchas de las cuales depende nuestro ingreso, riqueza, seguridad social y bienestar en general. No es poca cosa. Pero por desgracia, en países como el nuestro este tipo de temas suelen relegarse a segundo plano, por lo que los esfuerzos están atomizados y los avances suelen ser magros. No quiero decir que no existan esfuerzos en esta materia en nuestro país. Por ejemplo, fundaciones de bancos privados tienen programas específicos a los aspectos financieros, pero por desgracia acotados. Entidades públicas como la Condusef, Profeco o Bansefi agregan su grano de arena, muy loable, pero limitado debido a los pocos recursos con los que se cuenta, pero sobre todo porque no existe una verdadera política a nivel nacional derivada, por ejemplo, de un Consejo Nacional para la Educación Económica y Financiera, como sucede en otros países, que determine estrategias y lineamientos y coordine esfuerzos. La SEP supuestamente ha introducido esta temática en la currícula de la educación básica, lo cual es un avance en la dirección correcta, pero también limitado y no enfocado y pensado en los mejores términos al priorizar tiempos más que sustancia. Creo que un ejemplo interesante es el Museo Interactivo de Economía (MIDE), el cual es único en el mundo y recomiendo ampliamente visitarlo, pero de nuevo y por razones obvias tiene alcances limitados (al igual que recursos). Si bien he señalado que estos temas son centrales en diversas decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida y que afectan nuestro bienestar, en épocas de crisis económicas como la actual la relevancia de esta educación resulta más que evidente. Por ejemplo, cuando veo fraudes como los de Madoff o Stanford, pienso que en finanzas es ampliamente conocido el postulado de la relación directa entre riesgo y rendimiento. Un caso extremo, para enfatizar mi punto, es buscar ser millonario comprando un billete de lotería. El riesgo de que pierda mi dinero es altísimo (cercano a uno), aunque si llego a pegarle al gordo, pues mi rendimiento es enorme. No es una trivialidad. La gente que participó en estos esquemas esperando altísimos (desproporcionados) rendimientos, pudo ser aquella que clasificamos en economía como “amantes del riesgo”, pero seguramente muchos lo hicieron por ignorancia y ahora ven esfumarse sus ahorros de toda su vida (fuerte caída en bienestar). En esta misma línea, cada día más y más individuos se involucran con el sistema financiero, y no sólo aquellos de altos impuestos. El trabajador promedio de una afore no llega a cuatro salarios mínimos. Pero pocos entienden la diferencia entre una variable nominal y una real, o qué es la tasa de interés simple o compuesto. ¿Entiende la mayoría cuánto le cobra realmente al final una tienda que le vende un electrodoméstico en 20 pesos semanales? Tampoco entiende qué es una comisión y cómo se calcula o por qué se paga, o sabe cómo leer un estado de cuenta. O cuál es la importancia de generar ahorros y diversificar la forma en cómo guardarlos. Cuando apareció el Sida, la reacción fue de pánico. En la medida en que se conoció más sobre el tema, a través de enormes campañas publicitaria, el pánico dejó su lugar sólo a la preocupación y prevención. Lo mismo podría ocurrir con los fenómenos económicos como el actual, pero hay que dedicarle enormes recursos y esfuerzos. Investigador del CIDE y de la EGAP-ITES-CCM |