Usted usó drogas. Usted vendió drogas. Entre sus conocidos, un familiar, un amigo o un vecino usaron o vendieron drogas. Está en el pasado, pero es parte de su vida. Usted vio cómo crecía el narcotráfico en el jardín de enfrente y no lo denunció. Pregunta: ¿es usted enemigo del Estado?Usted usa drogas. Un familiar, un amigo y un vecino venden drogas y no los ha denunciado, como pide el gobierno en su guerra contra el narco. Pregunta: ¿es usted enemigo de la causa del Estado? Las autoridades le juran que ya no es como hace unos cuantos meses, cuando la actividad era regulada por alguna policía corrompida local o federal. Le dicen, y usted cree, que esta vez sí va en serio. Usted, ¿considera que si no abandona el consumo y denuncia a los que conoce quedará del lado de los malos? Este debate ético y moral sobre la culpa se plantea desde el origen de nuestra civilización. En la tragedia griega, el Oráculo de Delfos condena a Edipo a su derrota cuando le pronostica que matará a su padre y que seducirá a su madre. Huyendo de su destino, entonces, Edipo se aleja de sus tutores sin saber que son adoptivos. En su camino encuentra a su verdadero padre, y lo ejecuta sin llegar a enterarse que era el rey de Tebas. Asume el reino y convierte a su madre, sin conocer la relación familiar, en su mujer. Tebas, la ciudad que gobierna, es azotada por una plaga que llena de muertos las calles. Edipo decide investigar las razones de tanta virulencia, y el Oráculo le entera de que es por su causa; sus malas acciones, que ni siquiera reconocía como tales, han condenado a su pueblo. Al enterarse de su derrota frente al destino; al conocer que es por su causa que los ciudadanos caen muertos en las calles, Edipo decide castigarse brutalmente. “Ni se sumará a las filas de los muertos, ni morará entre los vivos” (Oedipus, Séneca). Se arranca los ojos. Como Edipo, los mexicanos despertamos hoy a una realidad brutal: nuestra sociedad está postrada por una plaga. Y esta plaga, que acaba con nuestros hijos, es consecuencia de nuestra indolencia deliberada (a diferencia de la edípica, “el destino” inalterable): atentamos contra la representación del Estado, y nos acostamos con los narcotraficantes. Toleramos la impunidad, corrompimos a un agente de tránsito y cerramos los ojos durante años ante la fusión de las policías con los criminales. Somos culpables; por tanto, ¿estamos del lado de los malos? Al no plantear otra salida que la guerra, la estrategia del Estado contra el narco nos conduce a la tragedia. Se concentra en una acción armada y no asume sus propios errores (para trazar la expiación): permitió la corrupción social; no condujo una campaña efectiva contra las adiciones y no generó progreso para las comunidades, muy bien focalizadas hace unos cuantos años, que se estaban volcando hacia las actividades criminales. Y al no combatir el mal, ha condenado a esta Tebas a la plaga. La conduce, llena de culpas, a sacarse los ojos. El error de la lucha contra el narcotráfico está en el concepto de “guerra”. Pide que los vecinos denuncien a los suyos con la sentencia de que “o están con los buenos o están con los malos”. No estuvo acompañada de acciones contra los criminales de altos vuelos, como los que lavan los millones de dólares producto del crimen organizado a través del sistema financiero. No lanzó una acción masiva contra las adicciones, como tampoco se dio tiempo para presentar alternativas (el perdón o la amnistía) a los absorbidos por el narco, quienes de facto quedaron del lado equivocado. No ofreció empleo para esos miles y miles que, ahora nos damos cuenta, por 800, 900, mil pesos se convierten en sicarios. Las lamentaciones llegan siempre tarde porque se justifican en hechos, es decir, en el pasado. Por eso lamentarse ya no vale la pena. Lo que sigue, hoy que sabemos por el mismo gobierno que esta guerra armada llevará años, es revisar la estrategia en su conjunto (ya no será posible sacar al Ejército de las calles) para agregar los componentes que no consideró el gobierno federal, como la reconciliación social, como dar estatus de problema de salud al consumo y no como una falta moral, ética o, peor, civil. Como lanzar una cruzada contra la impunidad y la corrupción generadas desde el mismo gobierno. Nuestra Tebas se desangra y hemos decidido arrancarnos los ojos, unos a otros, en lugar de apostar por nuestra sanidad social. Las armas conducen inevitablemente a la tragedia. Asumamos que como sociedad perdimos la inocencia tiempo atrás y que el “castigo ejemplar” (sacarnos los ojos) no resuelve nada. Revisemos la estrategia, concentrada en la confrontación armada. Porque una nación que gasta más dinero en armas que en programas sociales, decía el doctor Marthin Luther King, va directo a su muerte espiritual. Subdirector editorial de EL UNIVERSAL |