A raíz de la crisis mundial y las acciones que algunos países están tomando ante la desesperación por la pérdida de empleos y la reducción en el crecimiento, ha vuelto a surgir el dilema de la globalización, la apertura comercial y sus beneficios. Incluso ahora salen algunos trasnochados a hablar de “capitalismo bueno” y “capitalismo malo”, como si eso fuera posible; como si la norma del sistema no fuera la maximización de los beneficios por encima de los intereses del ser humano. Si no, que pregunten a los honorables banqueros de todo el mundo.Las alarmas sonaron porque en el paquete de estímulos que se discute en el Congreso estadounidense había una cláusula que estipulaba que para recibir los beneficios había que comprar productos hechos en ese país. Ante las protestas mundiales la han modificado un poco, agregando que se debe cumplir con las obligaciones internacionales contraídas. Pero lo que sucede va más allá de las disposiciones sujetas a la aprobación del Congreso estadounidense. Muchos países ya están tomando medidas proteccionistas. Por ejemplo, en Francia el presidente Sarkozy aclaró que las ayudas a su industria automotriz son para que se gasten en Francia; los indios cerraron la frontera a los juguetes chinos por varios meses; los rusos elevaron las tarifas arancelarias a los automóviles importados; en Inglaterra se ha presentado un grave caso de xenofobia: los trabajadores han realizado algunas huelgas locas aduciendo que los empleos británicos son para los nacidos en ese país. Podríamos seguir con ejemplos en todos los países que tienen fabricación nacional de automóviles o bancos, sectores a los cuales se les ha hecho ver, por escrito o verbalmente, que las ayudas gubernamentales los obligan a gastar el dinero internamente. Estas noticias son muy graves para los amantes del libre comercio, la Ronda de Doha y la globalización. Incluso la revista The Economist en su último número arremetió contra los proteccionistas y se dio el lujo de “instruir” al presidente Obama para que vete el paquete de estímulos si no se quita la cláusula mencionada. El gran problema es que todavía no se dan cuenta de la magnitud de la crisis, que no sólo es financiera sino del sistema económico que ya no da más de sí. ¿Cómo harán para dar empleo a los millones de jóvenes que por primera vez intentan entrar al mercado de trabajo y a los miles que a diario están despidiendo en todo el mundo? Pretenden salir de esta crisis con los mismos trillados instrumentos del libre mercado y la globalización. ¿Cuántos automóviles se podrán comprar actualmente en el mundo para garantizar el empleo en las armadoras? ¿Cuántas personas podrán adquirir un crédito para construir sus casas y así desarrollar la industria de la construcción? Y así podríamos seguir con las preguntas. Los estados nacionales podrán gastar cifras multimillonarias pero no saldrán de la crisis si no es con una nueva mentalidad acerca del crecimiento económico, la distribución de la riqueza y la igualdad como los pilares del desarrollo de una sociedad armónica. Analista político y economista |