Más que un Estado fallido, me parece que nos encontramos frente a una República patética. Patética en el sentido más literal de la palabra y República en el sentido etimológico de la misma. Carecemos, al parecer, de un cuerpo de valores que nos permitan articular algo que los teóricos del poder llaman la voluntad nacional. No existe posibilidad de desplegar grandeza en un país dominado por los intereses inmediatos o, como los llamaba Ortega y Gasset, el particularismo.Cada quien lo suyo. La sabiduría salomónica preconiza que frente al dilema de dividir a un hijo en dos mitades, la verdadera madre optará siempre por su sacrificio y la salvación del hijo. La capacidad de sacrificio es patrimonio de quienes tienen sentimientos superiores a sus intereses inmediatos. La constante en esta República ha sido la defensa de los particularismos y que parta el hijo. No quiero asumir el papel del “ciudadano impecable” que desde la columna periodística acusa a todos de no hacer lo que les corresponde, ya hay muchos (as) que juegan ese papel de plañideras profesionales. Lo que no puedo es evitar constatar que ante la crisis que vivimos y que amenaza con destruir el patrimonio de millones y hacer retroceder varios años la lucha contra la pobreza y la desigualdad, los diferentes grupos que integran las fuerzas económicas y políticas parecen más interesados en una combinación de “sálvese quien pueda, pero yo primero” y “me alegro de que sea una grave crisis porque ya se los había dicho”. No quiero detenerme en esa declaración de ultratumba de Joaquín Gamboa Pascoe, diciendo que la reforma laboral no pasa por la renovación del sindicalismo corrupto y vetusto. Tampoco me quiero detener en quienes hoy están especulando contra el poder adquisitivo del peso, pero tampoco puedo cerrar los ojos ante tamañas felonías. Más que un Estado fallido, somos una República de la que es lícito extraer, es decir mamar, lo que se pueda y hasta donde se pueda. No quisiera extenderme tampoco en la actitud desafiante de las televisoras que vuelven a demostrar que el único México que les preocupa es el suyo. Pregonan la cultura de la legalidad, pero cuando son llamadas a capítulo, entonces es lícito hacer escarnio de la autoridad. ¡Qué tiempos, qué costumbres! No quisiera tampoco extenderme en el patetismo de un sector empresarial acostumbrado a vivir en gran medida de las exenciones fiscales, pedir más apoyos: ¿en qué país del mundo los ciudadanos piden que se derogue un impuesto de control por el que pagan, en principio, menos de 10 puntos porcentuales que el Impuesto Sobre la Renta? La respuesta es simple y luminosa: siempre han pagado tipos inferiores o han utilizado el fisco para pagar sus coches, sus comidas, sus viajes, sus regalos. ¿De qué otra manera se podría entender el lloriqueo contra el IETU? Eso sí, todo revestido de un discurso de emergencia. ¿Qué hace una República cuando sus ciudadanos más acaudalados en vez de dar, exigen apoyo; en vez de innovar, reclaman subsidios al diesel? Allí no les preocupa la violación de las leyes del mercado. El drama de México estriba en la inveterada incapacidad para tener un propósito común. Son 200 años de vida independiente y nos comportamos como si fuéramos colonizadores recién llegados, no como ciudadanos de este país. Entiendo que un sector de las élites sigue pensando que su solución en el fondo es emigrar a Miami o San Diego, ¿pero acabarán aceptándonos a todos? Analista político |