Hay algo tragicómico en la polémica sobre el probable crecimiento de la economía mexicana en 2009. En el medio rural, una situación análoga —en este caso por pérdida de cosechas— suele representarse en una viñeta: el campesino optimista pronostica “vamos a comer estiércol”; y el pesimista replica “no va a alcanzar”.De hecho, desde el cataclismo financiero de Wall Street, que trajo consigo los espectros de la Gran Depresión, los pronósticos de crecimiento para la economía mexicana se han venido abajo sistemáticamente. De acuerdo con la Encuesta sobre las Expectativas de los Especialistas en Economía del Sector Privado, que mensualmente levanta el Banco de México, el pronóstico promedio de crecimiento del PIB para 2009 cayó bruscamente de 2.89% en agosto de 2007, a 0.99% en octubre y a -0.11% en diciembre de 2008; desplomándose hasta -1.16% en enero de 2009, según la encuesta publicada esta semana. Previamente, el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado había ajustado a la baja su pronóstico de crecimiento del PIB a -1.3% en 2009 (el 18/I/09); una semana después (el 26/I/09), investigadores del ITESM-Campus Estado de México pronosticaron una caída de -1.5% del PIB en 2009; y el mismo día JP Morgan bajó a -1.6% su previsión de crecimiento para 2009. Por eso, cuando el Banco de México dio a conocer la reducción de su pronóstico desde un rango positivo de 0.5% a 1.5%, que proyectó en su Informe sobre la Inflación Julio-Septiembre de 2008, hasta un rango negativo de -0.8 a -1.5% proyectado en su Informe sobre la Inflación Octubre-Diciembre 2008 (publicado el 27/I/09), tal ajuste no sorprendió a los especialistas. Si acaso, la novedad consistió en que sus proyecciones incorporaban expresamente “el efecto atenuante” de las políticas macroeconómicas instrumentadas, incluyendo el Programa para Impulsar el Crecimiento y el Empleo (PICE) y el Acuerdo Nacional a Favor de la Economía Familiar y del Empleo. Al parecer, el único sorprendido fue el presidente Calderón, quien cuestionó las “expectativas cada vez más negativas y deterioradas”, aunque dos días después admitió que “probablemente a nosotros también nos va a dar pulmonía” (véase EL UNIVERSAL, 29/I/09 y 31/I/09). En realidad, nuestra economía tiene ya pulmonía. De hecho, la profundidad de la recesión podría dejar cortas las caídas del PIB pronosticadas hasta ahora. Por ejemplo, el ejercicio de prognosis del Banco de México peca de corto porque asume que “las menores perspectivas de la economía mexicana en 2009 obedecen, fundamentalmente, al severo deterioro que ha registrado el entorno externo”, cuyos efectos se transmiten a través de reducciones de las exportaciones manufactureras, de las remesas familiares, de los precios del petróleo y del financiamiento externo. Sin embargo, hay factores internos que están insuficientemente considerados. Por una parte, una reducción del consumo privado en una proporción mayor de 1% es altamente probable a causa de la reducción de la masa salarial (provocada, a su vez, por el crecimiento de los salarios nominales en porcentajes menores que los precios de la canasta básica, y por la caída del empleo), así como a causa de la contracción del crédito, la insolvencia en que han caído millones de hogares sobreendeudados y la caída de las remesas. Por otra parte, la creciente aversión al riesgo, la contracción de las exportaciones y de las ventas en el mercado interno, el sobreapalancamiento previo de numerosas empresas, la caída de las ganancias y la restricción interna de liquidez podrían generar un desplome de la inversión privada muy superior al 5.6% observado en 2001. En consecuencia, los pronósticos de crecimiento económico para México durante 2009 continuarán ajustándose a la baja. Hay que remarcarlo: el único camino para escapar del círculo vicioso de las expectativas decrecientes consiste en reactivar la economía mediante enérgicas acciones de política fiscal expansiva y agresivas políticas contracíclicas de banca central. La clase política tiene la palabra. Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |