Es un poco extraño, pero México tiene enfrente dos destinos totalmente diferentes. Uno, que se convirtió en tema en los últimos días, es el paulatino pero constante deterioro que nos transformaría en un Estado fallido. Con diferentes grados de avance, América Latina tiene un catálogo de estas naciones que celebrarán dos siglos de independencia sin presente ni futuro. La otra posibilidad es que México se convierta en la quinta economía mundial, algo que hace un par de años logró colocarse en la agenda, pero que se fue diluyendo en medio de nuestro acostumbrado derrotismo.Reitero que suena muy extraño que la decisión sea entre estas dos opciones, tan diferentes entre sí. Pero es el caso: no hay frente a nosotros términos medios en este momento. Sea que decidamos transformar este país en algo de lo que nos podamos sentir orgullosos, o que insistamos en destruirlo, lo que no podremos lograr es escapar de la decisión. No hacer nada es, precisamente, seguir haciendo lo que nos lleva al precipicio. Hay sólo un pequeño grupo de naciones que puede apostar por los lugares de privilegio. Y la crisis ha cambiado mucho las posibilidades de cada una de ellas. En este momento, México puede tomar ventaja con relativa facilidad. Pero esto exige pensar las cosas de manera muy diferente. Implica abandonar, de manera definitiva, ese cúmulo de creencias que durante el siglo XX nos llevó al fracaso. Implica olvidarnos de ese falso nacionalismo que nos deja fuera del mercado mundial. Hemos perdido miles de millones de dólares por no tener suficientes profesionistas que hablen inglés, por darle un ejemplo rayando en el ridículo. Implica romper los privilegios de empresarios oligopólicos, sindicatos corporativos y universidades pobristas. Implica quitarnos de encima esa idea de “entidades federativas libres y soberanas” que son incapaces de recaudar impuestos y garantizar la seguridad pública, condiciones indispensables de cualquier sociedad humana. Si rompemos con eso, este país será una potencia económica en una generación. Si no podemos hacerlo, continuaremos el camino que ya conocemos. Los virreyes que llamamos gobernadores seguirán usando el dinero público para mantener el control político; las ciudades serán campo de batalla contra un crimen organizado que ya no sólo se dedica al narco; las finanzas del gobierno serán insuficientes para cubrir sueldos y pensiones, provocando una crisis inflacionaria que reduzca su valor real; nuestra gente seguirá, como hasta ahora, prefiriendo el sueño americano, así sea por la puerta trasera, frente a la miseria nacionalista. En menos de una generación, efectivamente México será un Estado fallido. La decisión no es difícil de plantear: reconocer que fallamos por un siglo entero, no buscar culpables, y ponernos a trabajar hacia delante. Lo difícil es tener el coraje de tomarla. www.macario.com.mx Profesor de Humanidades del ITESM-CCM |