Pocos momentos han sido tan difíciles para la izquierda electoral mexicana como los que ahora transcurren. Trágicamente fracturados por mezquindades y visiones divergentes, sus líderes y militantes se están labrando un oscuro futuro de minusvalía política.Después de las elecciones federales de 2006, en que las izquierdas lograron representar a más de un tercio de la ciudadanía, de cara a los próximos comicios las preferencias electorales de esta fuerza han decaído vertiginosamente. Así lo registran la gran mayoría de las encuestas: el PRD dejaría de ser la segunda minoría en la Cámara de Diputados, para convertirse en una quinta parte del parlamento. Más allá de los costos políticos que esta corriente ha debido pagar por su enfrentamiento con el gobierno de Felipe Calderón, la caída en su prestigio social también se debe, y mucho, a un amplio rosario de errores propios. Aunque breve, queda todavía tiempo para que sus líderes reconsideren la ruta que juntos se han trazado hacia su próximo encuentro con las urnas. Desde ahí, cabe valorar como alentadora la convocatoria que Andrés Manuel López Obrador lanzara para unir de nuevo al PRD con el movimiento social que él encabeza, así como para vincular a los partidos del Trabajo y Convergencia con este complicado esfuerzo. Diera la impresión de que AMLO ya tomó conciencia de la debilidad en la que quedará su movimiento si éste no cuenta con la fuerza material que le aportan las curules en el parlamento. Su pretendida fuerza moral requiere de asideros dentro de la Cámara de Diputados. La evidencia reciente así lo demuestra. Esta fuerza ha tenido voz —pero sobre todo voto— en los temas energético, fiscal, electoral y de seguridad, gracias a su representación congresional. La fuerza de su movimiento no puede ya menospreciar uno solo de los espacios políticos con los que puede construir sinergia. Renunciar a la pista formal de representación se ha traducido en el debilitamiento de su propia fuerza política. Los logros de la izquierda mexicana se han dado, y se seguirán dando, si ésta existe dentro del perímetro de las instituciones y no fuera de él. Y ésta es una virtud —que no una tragedia— del actual régimen democrático mexicano. Para lo que ya no queda mucho tiempo es para confeccionar un aparato electoral unitario entre tantas facciones infectadas por el resentimiento y la desconfianza: ¿cómo lograr que el nuevo liderazgo perredista, encabezado por Jesús Ortega, acepte a los detractores de Convergencia o del Partido del Trabajo? ¿De qué manera asegurar que los más radicales en cada corriente del sol azteca reconsideren los costos de la división y la esquizofrenia? ¿Cómo obtener que los líderes del movimiento lopezobradorista se sometan a la lógica de campaña? Declara AMLO que su llamado a la unidad no trata de satisfacer ambiciones personales, sino fortalecer un movimiento social que privilegia principios y valores. Si lo que se quiere es asegurarle a la izquierda una robusta bancada parlamentaria, AMLO va a tener que hacer algo más que declaraciones. Una solución que permitiría bordar rápidamente la unidad, al mismo tiempo que se atenúan las desconfianzas, implicaría que López Obrador se presentara a las próximas elecciones como candidato a liderar su propia bancada parlamentaria. En cambio, de mantenerse personalmente fuera del juego institucional, no estaría él en condiciones de ofrecer ninguna certidumbre; ni a su electorado, ni a sus seguidores, mucho menos a sus detractores. Ahora bien, si no está dispuesto a renunciar a sus ambiciones personales, tales como seguir siendo “el presidente legítimo” —con el objeto de convertirse en el principal líder de la oposición dentro del parlamento—, su llamado a la unidad pierde mucho de su pretendida sinceridad. Analista político |