CHICAGO, Illinois.— La llegada al poder de Barack Obama fue particularmente emotiva. El avance social fue gráfico al ver asumir la Presidencia a un hombre con herencia étnica de una minoría racial, aquella que luchó ferozmente para ser tratada con igualdad hace apenas 40 años. Pero el ambiente festivo simplemente se sumó a la gran civilidad y el respeto con que ocurren las transmisiones del Poder Ejecutivo en Estados Unidos.Los ideales liberales y democráticos estadounidenses han inspirado a muchas naciones a diseñar sus estructuras a su imagen y semejanza; es el caso de México. Las constituciones de 1857 y 1917 trataron de emular la ingeniería legal del vecino del norte en busca del escurridizo progreso y la concreción de libertades. Algunos de los resultados que con los años deberían lograrse serían el apego al estado de derecho y una civilidad democrática como la mostrada el 20 de enero en Washington, DC. Revisé con la ayuda de YouTube la toma de posesión de Felipe Calderón el 1 de diciembre de 2006. Ocurrió entre gritos, silbatinas, legisladores atrincherados en la tribuna para que pudiera asumir el cargo, etcétera. Fue un número vergonzoso para una nación que en el discurso tiene ideales altos. A pesar de haber edificado su campaña a costillas del ahora ex mandatario, Obama agradeció al presidente George W. Bush su servicio al país. Ambos no pueden ser más opuestos; son acérrimos rivales políticos y sus diferencias ideológicas son montañas separadas por un profundo abismo. No obstante, el traspaso de poder no sólo fue ordenado, sino que dio la oportunidad para impartir la clase de civismo con más audiencia de la historia. Ya sé que aquí es donde los admiradores de López Obrador me van a acusar de panista y chacotero. Dirán que en México les robaron la Presidencia, que la derecha perversa es entreguista y que ellos en nombre de los nobles principios nacionales se permitieron “resistir civilmente” con desacatos, bloqueos ilegales y chantajes interminables. Siento decepcionar a los pejistas; no tengo afiliación ni simpatía partidista, no estoy ni he estado en ninguna nómina gubernamental en México ni en EU. A la prehistórica izquierda, al despreciable moralismo de la ultraderecha y al oportunismo revolucionario priísta les digo que la ley y los principios nacionales, en efecto, deberían estar por encima de las personalidades y ambiciones particulares. En 2000 también fui testigo de una elección desaseada y controvertida que tuvo un final infeliz. Albert Gore perdió la Presidencia con Bush hijo no en las urnas, sino cuando la Corte Suprema de Justicia de EU decidió detener el reconteo de votos en Florida, el estado que inclinó la balanza y que entonces era gobernado nada menos que por el hermano del candidato republicano. Esa elección quedará en la historia estadounidense como un capítulo que no enorgullecerá a esta nación. A pesar de las irregularidades en ambos bandos (igual que en México), no hubo bloqueos de avenidas principales ni se secuestraron plantas nucleares para forzar la Corte a que se tragara sus palabras y permitiera el voto por voto. Las preocupaciones de la gente sí eran las deficiencias de sus sistemas electoral y judicial, pero al final se esperaba una solución civilizada al entuerto. Sin duda hubo pasión entre los participantes en las campañas; la decepción de los derrotados se plasmó en una película y la historia de los vencedores ya es un oscuro episodio en la memoria de este país. Dos elecciones discutidas, dos países, dos culturas distintas en las que las instituciones y el estado de derecho tienen un valor muy distinto. Si a los ciudadanos no nos gustan las normas ni las entidades que las aplican, debemos demandar a los legisladores cambiarlas para que respondan a las necesidades nacionales. El chantaje chillón de un lado y el cinismo seudoinstitucional del otro sólo han fomentado que México se hunda más en una crisis de legitimidad. Aquí una lección para los que se dicen políticos en México: “La política es el arte de llegar a acuerdos de manera civilizada”. No todos los acuerdos son concertacesiones ni chaqueteos impúdicos. Para entenderse hay que hablar, negociar, aun en las más álgidas circunstancias. Cuando el diálogo se rompe, lo que sigue se llama guerra. El presidente Obama llamó a una “nueva época de responsabilidad personal”. Es tiempo de entender los errores cometidos y trabajar para sacar al país adelante. No se logra mucho señalando a los culpables de las desgracias, pues los líderes dejan un legado de lo que construyen. Quizá en México se debe entender que una elección no se pierde con fraudes sin evidencia y que un sexenio no fracasa sólo por factores ajenos a su control. El presidente de EU dio una lección cívica que trasciende fronteras. Espero que en México estén escuchando. Alanda@Tribune.com Jefe de la página editorial del diario ‘Hoy’ |