No hay proyectos. Esta es la recurrente, preocupante y coincidente expresión de funcionarios públicos y dirigentes empresariales e industriales mexicanos. Los primeros, para tratar de explicar los subejercicios del gasto público en rubros estratégicos en los últimos años. Los segundos, para lamentar el hecho de que tengan que buscar y comprar tecnología en el extranjero. En el mejor de los casos, tecnología que muchas veces proviene del talento de investigadores mexicanos que emigraron a donde la educación, la ciencia y la tecnología sí tienen apoyo. En el peor, se trata de tecnología chatarra, inútil para poder competir en el mercado.Estamos expulsando talento. Hay datos según los cuales en México un ingeniero gana lo que un conserje en EU. De ahí que el flujo de profesionistas mexicanos hacia el norte vaya en rápido aumento. De acuerdo con los estudiosos del problema, EU pronto podrá beneficiarse de ello, con la importación de trabajadores especializados que sus universidades no están produciendo. Ocurre ya, desde hace años, en el sector de los oficios: un plomero o un electricista gana allá en una hora lo que aquí devenga en un día de trabajo. El problema es de suyo grave. Uno de cada siete mexicanos vive y trabaja en el vecino país del norte. Nuestros paisanos constituyen allá casi 5% de la fuerza laboral: más de 7 millones de personas nacidas en México trabajan en suelo estadounidense, lo que equivale a 14% de la fuerza laboral mexicana. En las áreas profesionales o especializadas está pasando lo mismo: un tercio de todos los mexicanos con educación superior deja México para irse a EU en busca de mejores salarios. ¿Qué nos pasa? En países como EU, Japón, Alemania y China, los empresarios invierten más de 60% de sus ingresos en ciencia y tecnología. Los nuestros sólo aplican, en términos generales, 30%. En numerosas naciones desarrolladas o en vías de desarrollo, ya se invierte más de 1% del PIB en investigación en ciencia y tecnología. En México no rebasamos ese índice. Lo anterior se refleja en nuestro virtual estancamiento en todos los órdenes: desarrollo económico, rezago social, desempleo, atraso científico, obsolescencia industrial, etcétera. En 2007, Pemex pagó 13 mil millones de pesos por tecnología, de la cual 80% tuvo que ser adquirida en el extranjero. Al Instituto Mexicano del Petróleo, que ha sido el alma mater de especialistas de México y del extranjero, le redujeron ese año un presupuesto previsto en 5 mil millones de pesos a únicamente 500 millones. Y lo mismo le sucede al Conacyt, a la UNAM y a otras universidades e instituciones públicas que concentran 80% de la actividad científica nacional. En la mayor parte de los países en desarrollo, es la ciudadanía la que impulsa, demanda, promueve la investigación científica y tecnológica. Aquí no. Por el contrario, las acciones públicas suelen ser unipersonales y aun parecen encaminadas a alentar el rezago tecnológico y a propiciar la indiferencia de la sociedad. Los jóvenes apuntan más hacia la administración que hacia el desarrollo científico y tecnológico. No hay proyectos. Tampoco hay una política definida de apoyo al desarrollo científico, con graves consecuencias para el desarrollo nacional. Y si no hay proyectos ni políticas públicas definidas en la materia, tampoco tenemos proyecto de país. luismaldonado@senado.gob.mx Senador y presidente del CEN de Convergencia |