CHICAGO, Illinois.— La visita del presidente Felipe Calderón a Washington se puede leer de muchas formas, pero indudablemente fue un triunfo que Barack Obama se interesara en entrevistarse con el líder de su vecino y socio comercial.México está en la mente de Obama, pero no lo está en la mente de los estadounidenses. La prensa cubrió la visita escuetamente resaltando la violencia que aqueja a nuestro país. El Chicago Tribune publicó una foto de Obama con Calderón. Irónicamente, el texto que circundaba el gráfico no era acerca de este tema, sino sobre asuntos domésticos en los que Obama toma el timón. El miércoles se publicaron dos columnas de opinión en el mismo diario que abordaron la reunión presidencial. Clarence Page, de la Junta Editorial del Tribune, relató la advertencia que recibió de que “había que estar loco para ir a Ciudad Juárez”, en una visita que hizo a El Paso, Texas. Pintó el panorama desolador de la violencia en su texto “Guerra contra las drogas en el vecino”. Describió cómo el enfrentamiento con el narco ocupa sólo espacios en algunos canales de tv por cable en los que, generalmente, se usa esta información para corroborar el fanatismo de aquellos que el embajador Arturo Sarukhán llama The anti-Mexican Crowd, (el grupo antimexicano). México tiene que ganar opinión pública más allá de California y Texas para enterar a los estadounidenses de los devastadores efectos que tiene en el país la demanda de drogas en el norte o el tráfico de armas que fortalece a los cárteles. El periodista escribió: “Los asesinatos en México se duplicaron el año pasado para llegar a más de 5 mil 600. Esto es más que el total de estadounidenses muertos en Irak (en casi seis años)”. Ilustrando con datos que ayuden a dimensionar el tamaño de la tragedia que se vive en México es la única forma de conseguir el soporte político que exige la cooperación contra el narcotráfico y otros pendientes. Y no sólo hay que ganar la atención de Obama; hay que lograr buenas relaciones con el Congreso, que es el que aprueba o niega el dinero de medidas como la Iniciativa Mérida. El otro comentario en el Tribune fue una alegoría ideológica que en su prisa por devastar al gobierno de Calderón, cosa que no me preocupa, no midió el perjuicio de reafirmar el pésimo estigma de un país. John M. Ackerman aseguró que Obama se equivocó en comenzar su diálogo con América Latina entrevistándose con Calderón, pues pudo escoger entre otros líderes “más creativos”, como Cristina Fernández de Kirchner, de Argentina. Quizá le parece creativo que Fernández haya llegado donde está de la mano del abuso del poder y el dinero del Estado que canalizó su predecesor y esposo Néstor Kirchner. Tal vez piensa que nacionalizar los fondos de retiro o encabezar un gobierno de confrontación con los sectores productivos es un modelo de la tierra prometida en la que le gustaría vivir. Si Ackerman se quiere comer vivo a Calderón no me importa; es más, si lo desea, yo le paso la sal. El asunto es que al descalificar al Presidente como un interlocutor válido para sentarse con Obama le cierra la puerta a la relación bilateral, no a un señor llamado Felipe. Es curioso: los radicales de derecha e izquierda son similares. Bush piensa que sentarse a negociar con sus adversarios es legitimarlos, por eso esconde la cabeza como avestruz para “no verlos ni oírlos”. Y Ackerman postula que debido a que la administración Calderón es un desastre, Obama no debió dirigirle la palabra. Lo dicho, se parecen. México tiene que comunicarse con los estadounidenses para hacerlos entender por qué somos corresponsables de los problemas mutuos. No sugiero mandar a una horda de paleros, pero sí a gente que entienda y explique los retos con una visión constructiva. Los reclamos y sombrerazos binacionales no sirven para nada. El hecho de que estos líderes hayan hablado no significa mucho, pero al menos es el principio de un cimiento sobre el que se puede partir. Alanda@Tribune.com Jefe de la página editorial del diario ‘Hoy’ |