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Editorial EL UNIVERSAL

El dogma de “la” familia

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los de...

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15 de enero de 2009

Tan cierto como que la evolución es el origen de la especie humana y que la Tierra gira alrededor del sol es que existen muchos tipos de familia y todos merecen ser reconocidos y respetados como tales. Lo contrario aseveran ministros del culto católico y el propio papa Benedicto XVI en el marco del VI Encuentro Mundial de las Familias que se realiza a partir de hoy en la ciudad de México. Cuando los dogmas —inherentes a la fe— van en contrasentido a la realidad, las instituciones religiosas ponen en riesgo el alcance de su propia influencia. Ahí está la historia.

En 1990, el INEG reportó que 75% de las familias mexicanas eran tradicionales (padre, madre e hijos); para 2000, la proporción se redujo a 69% y cinco años después a 68%. En cambio, los hogares unipersonales se incrementaron de 6.3% a 7.5% entre 2000 y 2005. En el mismo lapso hallamos que de 14.6% de hogares que eran monoparentales la cifra aumentó a 16%.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía se ha negado a incluir en los censos la diversidad sexual; aun así se puede inferir que de 10% de los hogares con familias sin parentesco una parte corresponde a aquel rubro. Hay, además, 25% de madres con hijos viviendo solas, lo cual implica también tías, abuelas, hermanas compartiendo la crianza.

El presidente del Consejo Pontificio para las Familias, el cardenal italiano Ennio Antonelli, inauguró el evento de cinco días —que reúne a cardenales, sacerdotes y fieles de todo el mundo— con estas palabras: la sociedad está “enferma de relativismo”. “Hay diferentes formas de convivencia pero no deben confundirse con la familia, conformada por un hombre, una mujer, unidos en matrimonio, con sus hijos”, dijo.

Suponen que es necesaria una cura para quien no se encuentre en el “ideal” familiar, pero desestiman que en la diversidad esa institución social puede, y lo ha hecho, encontrar también los valores que la hacen tan necesaria. Qué importa la forma si no se altera el fondo: la base del desarrollo de los individuos en sociedad.

En principio todos los puntos de vista están de acuerdo: no hay sociedades sanas cuyas familias no sean sanas. “Es la estructura que da sentido a la vida económica, política, social y cultural; la base sobre la que se construyen la identidad, los principios y valores de la persona, y la premisa básica para alcanzar un desarrollo humano sustentable”, dice el Papa, y no hay manera de estar en desacuerdo.

El problema es definir la “enfermedad”. Los síntomas son claros: violencia intrafamiliar, abuso sexual, abandono de hogar. Ninguno de ellos tiene como origen la diversidad. Simplemente no hay pruebas para decir que el origen de un violador tiene relación alguna con la orientación sexual de sus padres o la crianza monoparental. Es probable en todo caso que, forzadas a permanecer juntas en matrimonio, familias sin apego gestaran criminales en su interior, mientras que, en la diversidad, otras formaran seres humanos con sólidos lazos amorosos.

De lo que sí hay pruebas es de que la construcción afectiva y la calidad de la comunicación entre los miembros de una familia determinan la adquisición de los valores.

Tiene libertad todo culto de establecer sus propias normas; lo inaceptable es mandar el mensaje a la sociedad de que un niño de padre homosexual o madre soltera carece de familia o tiene parientes “enfermos”. La lección que aprendimos de la “Tierra como centro del universo” y la “creación mágica del hombre” es que los dogmas no sobreviven los golpes de la realidad.



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