No es un destino funesto, sino la construcción de una geografía de territorios, culturas y agravios lo que genera que esa región del Medio Oriente tenga décadas en guerra. Israel y Palestina podrían ser dos estados divididos por la llamada línea verde que se planeó en 1947, pero otra realidad se ha impuesto: los duros y los fundamentalistas de ambos lados se alimentan y se reflejan en un espejo de muerte, terror y destrucción.Ya se contabilizan unos 800 muertos, de los cuales hay unos 220 que son niños. Una crisis humanitaria de proporciones descomunales que ha dejado sin asistencia médica a los habitantes de ese castigado territorio. Los antecedentes inmediatos de esta guerra son el retiro de Israel de Gaza en 2005; luego Hamas gana las elecciones en los territorios ocupados en 2006; sin embargo, Israel mantiene el control de la zona, todo lo que entra y sale de la Franja, y mantiene a un millón y medio de habitantes en la subsistencia; luego de un periodo en el que Hamas lanza cohetes artesanales en el sur de Israel, se firma una tregua que expira el pasado 19 de diciembre y ocho días después empieza —el pasado 27 de diciembre— la operación Plomo Endurecido en uno de los territorios más densamente poblados del mundo: 5 mil habitantes por kilómetro cuadrado (El País, 7/I/09). La dinámica de la política y las iniciativas diplomáticas han sido fatigosas y lentas, mientras las bombas siguen cayendo en Gaza. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas llegó por fin a una resolución, acuerdos a los que Israel ha sido históricamente sordo, porque desde la famosa resolución 242 del Consejo de Seguridad de noviembre de 1967, después de la guerra de los Seis Días, se han desconocido las resoluciones. En esta ocasión no ha sido la excepción; con la abstención de Estados Unidos, su aliado permanente, la resolución 1860 “insta a declarar un alto el fuego inmediato en Gaza, la retirada de las tropas israelíes y la entrada sin impedimento de ayuda humanitaria al territorio palestino” (EL UNIVERSAL, 9/I/09). Pero ambas partes la han ignorado y han decidido seguir con el conflicto. Mientras tanto Egipto sigue con un plan de paz y prepara las condiciones para que pueda finalizar el conflicto. Los primeros 12 días del conflicto Israel tuvo carta blanca para devastar Gaza, como lo hizo en Líbano en 2006, señala el corresponsal del diario El País, Juan Miguel Muñoz. Así, mientras la diplomacia hacía reuniones, el bombardeo sobre Gaza alcanzó una zona de refugio protegida por la ONU, una escuela que fue arrasada con decenas de inocentes refugiados, niños y mujeres. La justificación de los invasores fue que desde esa escuela se habían lanzado cohetes, pero al día siguiente Israel tuvo que aceptar su error y reconocer que se había equivocado (EL UNIVERSAL, 8/I/09). Esta fue sin duda una enorme derrota moral, para un país que repite como mantra que quiere la paz, pero parece que una paz a costa de la rendición completa del adversario. Algunos analistas han visto que el conflicto se puede leer como una trampa de Hamas a Israel, en la que la indignación por las muertes de civiles y la destrucción de Gaza le puede servir a los radicales en el complicado tablero político la región, con repercusiones en la reelección del presidente iraní o en la negociación entre Israel y Siria. Algunos escritores israelíes, como Amos Oz, establecieron que un conflicto de este tipo generaría —lo que ya hemos visto en estos días— una indignación internacional por la muerte de civiles inocentes y una radicalización de los grupos fundamentalistas (El País, 6/I/09). De cualquier forma, Israel decide ir a buscar la destrucción de Hamas y en el camino deja la matanza de Gaza. Una vez que se logre el alto el fuego, algunas preguntas son: ¿cuál diplomacia es posible? ¿Puede haber un nuevo entendimiento regional entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina? ¿Qué equilibrio habrá entre los países árabes? ¿Cuál será el papel de la Unión Europea? ¿Y qué hará Obama a partir del 20 de enero? Mientras tanto, las bombas siguen cayendo en Gaza... Investigador del CIESAS |