Barack Obama es hoy el líder político que más entusiasmo genera en el mundo. Su toma de posesión tendrá una convocatoria sin precedente. En ese contexto, su reunión con Felipe Calderón no es, aunque así se diga, para cumplir con una convención. Más allá del éxito de la Cancillería y la embajada para gestionarla, si él la aceptó ahora es porque seguramente sus asesores le han mostrado la preocupación que existe en los altos círculos norteamericanos sobre un posible debilitamiento de la seguridad de la frontera y la estabilidad (económica y política) de México. Antes de proceder con otras iniciativas diplomáticas, Obama necesita tener segura su frontera.Obama llega en la cúspide de su popularidad, pero con un reto mayúsculo que pondrá a prueba su liderazgo político. Calderón llega en el momento más difícil de su gobierno, con una situación económica que aún no tiene horizonte de salida después de julio (a 2010) y una crisis de seguridad que está a punto de desbordarse en los medios y en la política norteamericana. La agenda ya no es la de las primeras reuniones de Salinas con Clinton, ni la del encuentro entre Fox y Bush. El tema ya no es el TLC, sino los riesgos de que la recesión norteamericana se vuelva expansiva en México. El tema no es hoy la gran reforma migratoria, aunque políticamente resulte redituable insistir. El punto es que para México y para ellos, la violencia está rebasando el umbral que resiste un Estado democrático. Si la reunión se convierte en un acto rutinario de revisión de la agenda bilateral, servirá únicamente como instrumento propagandístico para el consumo interno. Si ellos insisten en abordar los temas de fondo, con exigencias concretas, sin que Calderón tenga capacidad de respuesta, él será visto como un dirigente débil, rutinario, sin imaginación ni liderazgo. Por encima de los detalles técnicos, Obama y su equipo van a medir la capacidad política de Calderón para hacer frente a la coyuntura. La agenda es otra. El momento político es diferente. Quedarse en los temas de siempre es como ir a una guerra que ya pasó. Ser sorprendido con asuntos de fondo, sin tener una respuesta clarísima, sería tanto como ir a acrecentar los temores que allá están creciendo sobre la capacidad del Estado mexicano de enfrentar riesgos mayores. Calderón no la tiene fácil: su posición y su discurso están más cerca de un mundo que ya pasó (el de Bush). Un corrimiento discreto, pero verdadero, hacia una agenda progresista y un ejercicio de decoro, le permitirían colocarse en una posición menos comprometida y le ayudarían a encontrar una salida a una situación interna donde sus cartas se le agotarán después del primer semestre. Aunque eso le convendría y desde luego a nuestro país, lo más probable es que sea convencional: que se deje impresionar, presionar y que le baste con sacar provecho político de su visita; que no logre reciclarse con el discurso de cambio y de recuperación de la autoridad moral de Obama. Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista |