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México D.F., a 8 de enero de 2009 | 11:43 PM

Luis Maldonado Venegas
El legado de Pirro
08 de enero de 2009


Guerrero y belicoso rey de Epireo, decíase de Pirro en el siglo III a. de C. que tenía el espíritu y el talento de Alejandro Magno y la fuerza de Aquiles. Sin embargo, habría de pasar a la historia con otra triste fama.

En el 280 a. de C., los tarentinos, habitantes de una antigua colonia griega al sur de Italia, se sintieron amenazados por la Roma imperial y pidieron ayuda al rey de los epirotas. Ni tardo ni perezoso, Pirro cruzó el Adriático con 20 mil hombres de infantería, 3 mil caballeros, 2 mil arqueros, 500 honderos y 20 elefantes de guerra, dispuesto a acrecentar su fama.

El primer combate fue en Heraclea, al norte de Tarento, contra 35 mil romanos. Las tropas de Roma sufrieron 7 mil bajas y 4 mil las de Pirro. Pero el rey de los epirotas proclamó su triunfo.

Al año, Pirro fue sobre la plaza romana de Asculum. Allí, 45 mil soldados romanos intentaron romper el sitio de los epirotas. En el empeño perdieron 6 mil hombres y también la batalla, pero cayeron 3 mil combatientes del bravío y vapuleado aunque victorioso rey epirota.

Después de la sangrienta batalla, un zalamero jefe militar cercano a Pirro fue a la tienda del rey para felicitarlo por el triunfo. Pirro dio cumplidas gracias por la felicitación, pero comentó apesadumbrado: “Otra victoria así y estamos perdidos”. Debilitado por sus triunfos, en 275 a. de C., en la batalla de Beneventum, Pirro y sus aliados habrían de fracasar ante los romanos y se vieron obligados a salir de la península itálica.

Desde entonces son llamadas “victorias pírricas” las que se ganan con grandes pérdidas y enormes sacrificios, pero sin ninguna utilidad, porque no hacen sino ocultar estrepitosas derrotas.

Abundan los ejemplos de victorias pírricas. La prolongada guerra de 81 años (siglos XVI y XVII) de la España católica contra los protestantes holandeses en realidad constituyó una de las causas importantes de la ruina española, según algunos historiadores.

En 1775, rebeldes americanos que luchaban por su independencia se parapetaron cerca de Boston para aguardar la embestida de 2 mil soldados ingleses. En el encarnizado encuentro perdieron los rebeldes, aunque vendieron cara su derrota: 800 soldados británicos fueron heridos y 226 murieron; los americanos, granjeros y soldados improvisados, perdieron 140 hombres. El general Thomas Gage, comandante en jefe de los ingleses, hizo entonces suyas las palabras de Pirro: “Otra victoria así nos destruirá”.

Todos en la antigua Unión Soviética celebraron como una victoria el resultado de la célebre batalla de Borodino (1812) entre el ejército ruso y tropas napoleónicas francesas, no obstante que perdieron el combate. La pírrica victoria de Napoleón le significó la pérdida de 43 generales, 110 coroneles y 30 mil soldados. Ocupó Moscú, pero tuvo que abandonar la ciudad a causa de un incendio posterior. Regresaron a Francia solamente 10 mil de los 500 mil soldados que iniciaron esa desastrosa campaña.

Otro caso célebre fue la Operación Market-Garden, en 1944, concebida por el mariscal inglés sir Bernard Low Montgomery para liberar a Holanda de las tropas de Hitler. Murieron en ella más soldados británicos y estadounidenses que en el desembarco de Normandía, así como miles de civiles holandeses. El príncipe Bernardo de Holanda, parafraseando a Pirro, habría de señalar que su país “no podía permitirse el lujo de otra victoria de Montgomery”.

A 2 mil años de distancia, parece que el legado de Pirro sigue haciendo de las suyas; deambula por ahí, a la caza de víctimas ingenuas.

Senador de la República y presidente del CEN de Convergencia

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