Al comenzar 2009, sería deseable volver a las rutinas con una conciencia distinta. El año nace con amenazas de toda índole: hay una crisis económica en curso, la inseguridad y la violencia seguirán siendo parte de nuestro entorno y las batallas electorales entre partidos y dirigentes políticos darán noticias todos los días.Y en el resto del mundo, la pobreza y la violencia nos están recordando ya que los calendarios también pueden cambiar hacia atrás: en la Franja de Gaza, por ejemplo, hemos vuelto de lleno a los peores momentos del siglo XX. Por eso sería deseable cobrar una nueva conciencia de los problemas que afrontaremos y, sobre todo, de la forma y de los medios que tenemos para vencerlos. Sería absurdo suponer que las cosas pueden seguir igual. Si algo nos está diciendo ese conjunto ominoso de amenazas reunidas es que las soluciones que nos habíamos dado fallaron completamente. De un lado, el Leviatán aflojó los músculos y la mano invisible no consiguió regular el egoísmo rampante que construyó monopolios, favoreció la especulación y generó una acumulación depredadora. Durante 2008 quedó claro que la empresa privada es un motor poderoso que, sin embargo, necesita un vehículo y un conductor: frenos, volante y cinturón de seguridad. De lo contrario, su potencia puede matar y matarse. No obstante, dejamos al Estado en manos inexpertas, corruptas o ajenas. Tanto en el mundo, como en México, nos hemos equivocado creyendo que lo más importante es la fuerza para contener, detener y castigar a quienes se ponen violentos, y nada más. La pobreza intelectual del discurso de George W. Bush se volvió universal, pero responde a una vieja filosofía. Todavía esta semana, el presidente de Estados Unidos seguía diciendo que la guerra en la Franja de Gaza no se resolverá sino hasta que los palestinos estén totalmente inertes, rendidos y sometidos. Es decir, nunca. Y en México, tanto el Ejército como la PGR siguen diciendo que la clave para solucionar la violencia en las calles está en el poder de fuego de las Fuerzas Armadas. Esa filosofía afirma que quien dispare más, durante más tiempo y con mayor capacidad destructiva ganará la guerra e impondrá finalmente sus reglas. Es la misma lógica que condujo, en su propio terreno, a la quiebra de los mercados: destruir, imponer, someter. Que gane el más fuerte. En cambio, esa filosofía tiene muy poco que decir sobre la pobreza y la desigualdad. Casi nada sobre las condiciones sociales que han generado el caldo de cultivo de la violencia y que han empujado a miles de personas, arrinconadas, decepcionadas y sin expectativas de ninguna índole a responder con la misma lógica, en sus propios entornos. Y 2009 no promete nada que permita suponer que esas condiciones podrán cambiar. Excepto la conciencia que pueda cobrarse para impedir que la espiral de violencia social, política y económica siga convirtiéndose en violencia física, a secas. No será fácil, pero habrá que estar alerta y activos para impedir que esa filosofía del más fuerte, del mejor armado y del más poderoso siga imponiendo su impronta. La gran mayoría está del lado de los más débiles y su única defensa posible está en la recuperación del sentido completo de la democracia: derechos fundamentales garantizados, derechos sociales igualitarios y honestos, defensa de los espacios públicos, rendición pública y completa de cuentas y votos realmente libres. En 2009 ya no habrá alternativa: o cobramos conciencia de la capacidad de la democracia o nos hundimos en la inercia de la filosofía bélica. Profesor investigador del CIDE |