Este 2009 se cumplen 37 años del primer intento formal de reforma del Estado: la de Jesús Reyes Heroles en 1972, implementada hasta 1977. No obstante, sus avances son aún modestos. Durante los 80 y 90 se obtuvieron logros en materia electoral, de derechos humanos, de división de poderes. Pero en la actual década casi se ha dejado de avanzar. Incluso, en la mayoría de las áreas se ha retrocedido. Inercias inherentes al sistema político mexicano impiden su avance. Por eso, parece ser que la única que puede impulsar esta reforma es la sociedad civil. Esta debe iniciar por coordinarse participativamente consigo misma para definir su ideal de Estado. En función de ese ideal, el paso siguiente será construir mecanismos permanentes para dotar al servicio público de una visión de Estado de largo plazo. Parte crucial de lo anterior consiste en la formación y el desarrollo de personal de Estado. La receta usual para ello ha consistido en los Servicios Civiles de Carrera. Salvo en política exterior, éstos han fallado en su implementación en buena medida por la permanente reconstrucción de feudos burocráticos. Dada la desmedida petición-aceptación de favores electorales del sistema político mexicano, los puestos gubernamentales son cada vez más el medio de pago. Las democracias de Europa occidental no están, pese a la creencia común, exentas de lo anterior. Sin embargo, lo que nos distingue de ellas son las proporciones en que esto ocurre: allá es residual, aquí predomina; allá se pagan favores casi sólo con puestos adjetivos, acá se reparten ante todo los sustantivos; allá suele limitarse el reparto a niveles altos, acá ello alcanza hasta los más modestos puestos. Así, pocos son los que comprenden para qué debe usarse el puesto que reciben: son unos cuantos los que trabajan en la dirección correcta. Por eso encontramos a demasiado personal gubernamental jugando en contra del Estado y de la sociedad. En materia de seguridad pública, recién se ha ido organizando al menos una pequeña parte de la sociedad para atender rezagos. No obstante, todavía es necesario expandir esa organización a todos los niveles de la sociedad, a todo el país y a todos los temas. Aun logrando lo anterior, todavía se corre el riesgo de que la sociedad civil organizada pierda fuerza, como ya ha pasado en otras ocasiones después de efímeros avances. Lo sucedido luego del terremoto de 1985 nos da ejemplo de ello. En ese entonces, la sociedad se organizó solidariamente, aunque ello sólo después de haber tocado fondo. Meses después, esa organización se desvaneció. Parece ser que nuestra sociedad civil revive sólo ante choques críticos, entibiándose a los pocos meses para retornar a su estado inerte e individualista. Parece ser que los avances en materia de reforma del Estado mexicano sólo surgen en los lapsos transitorios de concientización de nuestra sociedad civil. Si, como la realidad nos lo sugiere, nuestra clase política es un espejo casi fiel de nuestra sociedad, sólo el permanente empuje de un ideal surgido de esta última es lo que posibilitará la reforma del Estado. Existen, sin embargo, dos factores claves que se oponen a que nuestra sociedad madure en esa dirección: el sistema educativo y las dos grandes televisoras. Por las conocidas prácticas sindicales corruptas en gran parte del sistema educativo mexicano, no sólo se nos están robando invaluables recursos para el desarrollo científico y tecnológico del país, sino además aquellos destinados a inculcar los valores necesarios para contrarrestar la mentalidad corrupta e ineficiente que prevalece en esta sociedad. En función de un público con esas características, las dos grandes televisoras del país se dedican a ofrecer una programación con contenidos que no hace más que reforzar la mediocridad. No sólo en el combate a la inseguridad hemos perdido el control, también en el combate a la pobreza; en materia social, México es el país más inequitativo de Latinoamérica, y ésta a su vez la región más inequitativa del mundo; en materia económica, la mexicana es la economía que menos crece de Latinoamérica; en materia agrícola, el campo está pauperizado; en materia comercial somos deficitarios; en materia democrática, se siguen desvaneciendo los avances de los 90. Por cuestión de espacio, no puedo continuar aquí con esta larga lista; de por sí son enormes las cantidades de papel ocupadas por muchos analistas criticando los fallos del Estado mexicano. Por eso necesitamos una mucho mayor ambición por parte de la sociedad civil, tal que logre empujar una agenda ampliada para la resolución simultánea de todas estas ecuaciones de grandes problemas nacionales; sin esa agenda, estamos condenados a profundizar nuestro subdesarrollo, a una mayor violencia y, a la larga, al desmantelamiento del Estado mexicano mismo. www.sergiosaldana.com Investigador de la UNAM |